La palabra se estira con cada movimiento de quien lee. Doblándote subrayas la longitud del verbo. Cuando elevas el libro, la atención se sostiene igual que un músculo. Me tienta imaginar el personaje al que te abrazas, en cuáles adjetivos te detienes. Celebro tus rodeos de asombro o de pregunta. Quién pudiera de ti recibir esos ojos con idéntica hondura. Eres lo que hace falta. Gramática en acción. Un cuerpo de sintaxis. Esa última línea donde se hacen un nudo temblor e inteligencia.
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23 abr 2013
20 may 2012
Seis perplejidades
Una bonita revista chilena me ha pedido, horror, seis consejos para escritores principiantes. Mi perpleja respuesta podría ser la siguiente:
1. No consentir las actitudes paternalistas de los autores mayores. Ellos también fueron jóvenes y, con toda probabilidad, mucho más indocumentados.
2. La tradición no pesa, sino invita. Escribimos mientras leemos: la escritura es una forma suprema de relectura.
3. Ensayar, errar y repetir. Un manuscrito malo es mucho más valiente que un supuesto genio que se abstiene por si acaso.
4. Corregir hasta el límite de la impaciencia.
5. Recordar que todos somos principiantes: la escritura es un arte inaugural y carece de expertos.
6. No aceptar seis consejos de nadie. Uno ya es un abuso.
1. No consentir las actitudes paternalistas de los autores mayores. Ellos también fueron jóvenes y, con toda probabilidad, mucho más indocumentados.
2. La tradición no pesa, sino invita. Escribimos mientras leemos: la escritura es una forma suprema de relectura.
3. Ensayar, errar y repetir. Un manuscrito malo es mucho más valiente que un supuesto genio que se abstiene por si acaso.
4. Corregir hasta el límite de la impaciencia.
5. Recordar que todos somos principiantes: la escritura es un arte inaugural y carece de expertos.
6. No aceptar seis consejos de nadie. Uno ya es un abuso.
4 may 2011
La ciudad sin libros
Todo estaba escrito. Eso dicen los crédulos.
Los escépticos replican: Entonces nadie lo leyó.
Los diplomáticos proponen: Estaba escrito, pero lo reescribimos entre todos.
Era la hora exacta. Aquella mañana transcurría conforme a lo previsto, si es que la transcurrencia puede preverse. El cielo radiaba un sol tridimensional. El viento subrayaba la energía. Los teleféricos hidráulicos cruzaban con puntualidad el horizonte. Los ciudadanos reiniciaban sus conciencias y actualizaban sus índices de cafeína. Las mascotas virtuales desplazaban sus rabos. Las librerías telepáticas empezaban a confirmar los pedidos. Los lectores intercambiaban sus bibliotecas. Los editores las retraducían. Los críticos comentaban las traducciones en tiempo real. El público corregía las críticas. La prensa entrevistaba al público. Nada nuevo, nada viejo.
Pero era la hora exacta. Agazapados en línea, ocultos tras sus nicks, listos para sembrar suavemente la desgracia, los terroristas invisibles acariciaban sus ratones.
De repente, sin demora, sin estruendo, las luces se apagaron. Todas las luces del mundo. Así. Haciendo un leve clic. Se fugaron las luces en cada comunidad económica, en cada ciudad flotante, en cada hogar del planeta. Los monitores anochecieron. La noche entera fue un solo monitor. Los buscadores se vaciaron de inmediato, como un balde boca abajo. Las cuentas personales se borraron todas al mismo tiempo. Los entretenimientos de los niños quedaron suprimidos, como si nunca nadie hubiera jugado a nada. Los amantes cesaron sus descargas sin poder despedirse. Los microteléfonos extraviaron la señal, los saludos, las discusiones, los nombres. La actividad bursátil se esfumó. Todas las transacciones quedaron abortadas. Los medios de transporte frenaron de golpe o aterrizaron a ciegas o colisionaron entre sí. Los puentes entre mares se llenaron de gritos.
La civilización entera quedó temblando al aire, igual que ropa limpia.
A partir de aquel instante, nada repararía nada. Las células deliberantes podrían convocar asambleas extraordinarias con presencia física. Las centrales intercomunicativas podrían empezar a reinstalar lentamente sus recursos, o al menos a intentarlo, en espera de los rescates técnicos. Las unidades de vigilancia podrían recuperar bases de datos y emprender los oportunos escaneos policiales. Los circuitos judiciales asociados podrían desarrollar implacables medidas simultáneas. Los causantes del mal podrían ser quizá detectados, analizados y eliminados. Sí. Pero el daño inmediato, la devastación sistemática, la catástrofe global, ya estaban consumados. Por lo demás, de poco habrían servido las represalias: milésimas después de cometer su pulcra fechoría, los terroristas invisibles habían desconectado sus propios órganos, entregando sus cuerpos al vacío.
El resto de la historia es bien conocido por todos. O debería serlo, si es que las escuelas han funcionado correctamente, lo cual, a juzgar por las últimas encuestas entre las juventudes humanas, resulta cuando menos dudoso.
Al respecto, los apocalípticos opinan: Los estudiantes han dejado de existir. Ahora sólo tenemos internautas. El conocimiento es una disciplina arqueológica.
Los integrados responden: Los estudiantes han dejado de hacer falta. Ahora necesitamos participantes. El conocimiento es un trabajo en equipo.
Los diplomáticos resumen: Los estudios no se crean ni se destruyen, sólo se transforman. Cada alumno es una escuela.
¿Y el resto de la historia, por si acaso? Las federaciones geopolíticas, de la primera a la última, volvieron a fundarse en un orden diferente, reseteando sus mapas. Las menguantes reservas alimentarias fueron subastadas al mejor postor, provocando la comúnmente llamada Tercera Hambruna Mundial, la cual exterminó (“seleccionó”, matizaría al año siguiente el coordinador general de las Federaciones Unidas) a dos tercios de las clases bajas (“clases débiles”, las denominaría el coordinador). Para cuando los núcleos hospitalarios lograron controlar la vertiginosa cadena de epidemias virales, ya eran escasas las familias que no tuviesen bajas que llorar. Las eminencias científicas acordaron celebrar un histórico foro unitario en BA-8, por entonces núcleo urbano equidistante de los grandes servidores, trasladándose en persona hasta él de las maneras más insospechadas y riesgosas.
La cultura global transposmoderna, según narran los códices, no corrió una suerte menos drástica. Inutilizados todos los programas básicos, incapaces de leer un solo archivo de texto, despojados por lo tanto de cualquier testimonio escrito, los ciudadanos supervivientes, incluidos los más cultos, debieron enfrentarse a una inédita certeza: en términos prácticos, volvían a ignorarlo todo. Se habían quedado, por así decirlo, sofisticadamente en blanco.
Tal como puede apreciarse en los rudimentarios dibujos que se conservan de aquel devastador período, la escena más frecuente en los círculos intelectuales era la siguiente: hombres y mujeres con un rictus de extrema seriedad, con la vista perdida, rodeados de pavorosas montañas de reproductores estériles, dispositivos de lectura vacíos, artilugios impotentes, fulgurante chatarra, insoportables soportes, memoria sin recuerdos.
Ancestralmente inhábiles para la caligrafía, poca y confusa literatura nos legaron esos años. Acaso un puñado de leyendas rimadas, algún que otro estribillo. Durante cierto tiempo, la humanidad apenas conoció otro placer que el de los trovadores, los cuentacuentos y el sexo conyugal.
Para los pesimistas, aquella fue una segunda y fugaz Edad Media.
Para los optimistas, aquella fue la Edad de Plata de la cultura oral en Occidente.
Para los teóricos, se trató del final del final de la historia.
Cuando los comités de alerta comenzaron a emitir obsoletos comunicados radiofónicos con las primeras estimaciones oficiales (una década más, como mínimo, para reconstruir las bases tecnológicas prioritarias; tres o quizá cuatro décadas para alcanzar un rendimiento satisfactorio), algunos visionarios comprendieron que la humanidad no podía permitirse una espera tan larga.
Fue así, no de otro modo, como aquel memorable grupo de poetas concibió la luminosa idea a la que hoy tanto le seguimos debiendo. Poetas, como a menudo se ha señalado, sin escuela dominante: los había barrockers, hiporrealistas, intrafantásticos, minimetals, ultracoloquiales, transpop, retroclásicos, hipervanguas, principiantes. Solamente los unía la voluntad del verbo permanente.
Y fue así como doce o quince valientes decidieron peregrinar a los desguaces, talleres y plantas de reciclaje. Juntaron maderas, cristales, hierros, plásticos, engranajes. Reunieron desechos orgánicos, restos químicos, líquidos tóxicos, repuestos digitales. Trabajaron día y noche como obreros, como hormigas, como náufragos, para ofrecerle al mundo un pequeño salvavidas. Al cabo de unos meses obtuvieron la extraña maravilla, el ingenio que alteraría para siempre nuestra noción de la lectura. Lo llamaron imprenta.
12 abr 2010
Blog, blog
La palabra blog me suena, y no puedo evitarlo, a regurgitación. O sea, y disculpen ustedes, al acto de expeler por la boca sustancias sólidas o líquidas. Si uno hace la prueba de exclamar ‘blog’ en voz alta, el sonido resultante es el de estar atragantándose o ahogándose por dentro. Sin embargo esta palabrita cada vez más en boga proviene de una contracción, muy propia de la económica lengua inglesa, entre ‘web’ (red) y ‘logbook’ (diario de abordo). Así que un blog sería, literalmente, un diario de navegación internauta. Y la etimología nos recuerda que un internauta es alguien que navega de un sitio a otro. Los viejos marinos indómitos, esos que la literatura aventurera imaginó desde Ulises a Hemingway, desde Espronceda a Salgari, soñaron siempre con la libertad de movimientos. Internet no ha hecho otra cosa que prolongar ese sueño desde la quietud del hogar.
Cualquiera que haya consultado con asiduidad los infinitos blogs que flotan en la Red, habrá podido comprobar que en ese mar nadan toda clase de especies: raras, convencionales, electrizantes, mediocres, movedizas, aburridas, bobas o muy brillantes. Ciertamente la facilidad de creación y acceso de los blogs propicia que, como en los diarios íntimos de toda la vida, puedan hablar mucho quienes tienen muy poco para decir. Igual que en las conversaciones de café, tres de cada cuatro discursos no aportan conocimiento alguno a quien tenga la paciencia de prestarles atención. Pero al mismo tiempo, y esa es la gran conquista y la novedad de este vehículo, el estallido bloguero hace posible una nueva modalidad de palabra pública, distinta y alejada de los condicionantes de los grandes medios de comunicación.
El blog ha supuesto, por así decirlo, la fundación de un peldaño intermedio entre los dos niveles de opinión que hasta ahora convivían en nuestra sociedad. Antes del advenimiento masivo de la cultura cibernética, durante dos siglos largos, la libertad de expresión se manifestaba por medio de dos cauces demasiado alejados entre sí. Uno era la expresión individual del ciudadano de a pie (siempre que un régimen autoritario no lo persiguiera). El otro se manifestaba a través de los medios de comunicación, en un principio con la prensa escrita a la cabeza. La limitación de esta dualidad consistía en que, al margen del mayor o menor compromiso de la prensa por recoger las inquietudes de la ciudadanía, la opinión periodística tendía y tiende a funcionar como un circuito restringido. En los medios de comunicación de masas los que opinan no son los ciudadanos, que como mucho se conforman con ser consultados fugazmente por algún reportero o aparecer alguna vez en su vida en los diminutos recuadros destinados a las cartas al director. En los últimos años, sin embargo, la proliferación del blog ha abierto un creciente espacio de expresión que en cierto modo participa de los dos cauces antes mencionados: por un lado, el autor de un blog es alguien con la potestad de manifestar sus puntos de vista privados sin limitaciones de espacio u oportunidad, ni censuras previas más o menos sutiles relacionadas con los intereses de tal o cual grupo empresarial informativo; por otro lado, son cada vez más frecuentes las citas, alusiones y noticias blogueras que aparecen en los medios de comunicación tradicionales, que han comenzado a hacerse eco de sus contenidos.
Este intercambio entre periodismo profesional y ciudadanía bloguera constituye, a mi juicio, la mayor aportación de este nuevo espacio. A ello hay que añadir la interactividad propia del medio: todo blog muy visitado incorpora una buena cantidad de comentarios, réplicas y contrarréplicas que enriquecen (y, la verdad sea dicha, a veces también enturbian) la información inicial. Ciertamente esta dinámica interactiva ha sido incorporada (para bien) por la prensa digital, aunque con un importante hándicap: salvo excepciones, a diferencia del responsable de un blog, el redactor de la noticia o el autor de la columna de opinión no entra en diálogo directo con los comentarios de sus lectores.
Esta semana la joven filóloga cubana Yoani Sánchez, autora de un visitadísimo y celebrado blog (www.desdecuba.com/generaciony), se ha visto envuelta en una triste polémica por la negativa de las autoridades cubanas a dejarla desplazarse a España para recoger el premio Ortega y Gasset a la mejor labor de periodismo digital. En el mejor estilo del ‘nuevo’ castrismo del anciano hermano del anciano Castro, el permiso de migración no le fue denegado de manera explícita: simplemente, jamás contestaron a sus reiteradas peticiones de viajar. Al contrario que el trono castrista, siempre bien ocupado por posaderas antaño revolucionarias, la ceremonia en Madrid se celebró con un asiento vacío. Como muchas otras, la bitácora digital de Yoani Sánchez vuelve a recordarme las sensaciones iniciales de la palabra ‘blog’: regurgitar, por puro cansancio, los pensamientos atragantados durante años; expeler palabras sólidas que, con la participación de sus lectores, esta vez no se perderán en el líquido del silencio que ciertos regímenes tratan de inyectar en las gargantas de sus ciudadanos.
Cualquiera que haya consultado con asiduidad los infinitos blogs que flotan en la Red, habrá podido comprobar que en ese mar nadan toda clase de especies: raras, convencionales, electrizantes, mediocres, movedizas, aburridas, bobas o muy brillantes. Ciertamente la facilidad de creación y acceso de los blogs propicia que, como en los diarios íntimos de toda la vida, puedan hablar mucho quienes tienen muy poco para decir. Igual que en las conversaciones de café, tres de cada cuatro discursos no aportan conocimiento alguno a quien tenga la paciencia de prestarles atención. Pero al mismo tiempo, y esa es la gran conquista y la novedad de este vehículo, el estallido bloguero hace posible una nueva modalidad de palabra pública, distinta y alejada de los condicionantes de los grandes medios de comunicación.
El blog ha supuesto, por así decirlo, la fundación de un peldaño intermedio entre los dos niveles de opinión que hasta ahora convivían en nuestra sociedad. Antes del advenimiento masivo de la cultura cibernética, durante dos siglos largos, la libertad de expresión se manifestaba por medio de dos cauces demasiado alejados entre sí. Uno era la expresión individual del ciudadano de a pie (siempre que un régimen autoritario no lo persiguiera). El otro se manifestaba a través de los medios de comunicación, en un principio con la prensa escrita a la cabeza. La limitación de esta dualidad consistía en que, al margen del mayor o menor compromiso de la prensa por recoger las inquietudes de la ciudadanía, la opinión periodística tendía y tiende a funcionar como un circuito restringido. En los medios de comunicación de masas los que opinan no son los ciudadanos, que como mucho se conforman con ser consultados fugazmente por algún reportero o aparecer alguna vez en su vida en los diminutos recuadros destinados a las cartas al director. En los últimos años, sin embargo, la proliferación del blog ha abierto un creciente espacio de expresión que en cierto modo participa de los dos cauces antes mencionados: por un lado, el autor de un blog es alguien con la potestad de manifestar sus puntos de vista privados sin limitaciones de espacio u oportunidad, ni censuras previas más o menos sutiles relacionadas con los intereses de tal o cual grupo empresarial informativo; por otro lado, son cada vez más frecuentes las citas, alusiones y noticias blogueras que aparecen en los medios de comunicación tradicionales, que han comenzado a hacerse eco de sus contenidos.
Este intercambio entre periodismo profesional y ciudadanía bloguera constituye, a mi juicio, la mayor aportación de este nuevo espacio. A ello hay que añadir la interactividad propia del medio: todo blog muy visitado incorpora una buena cantidad de comentarios, réplicas y contrarréplicas que enriquecen (y, la verdad sea dicha, a veces también enturbian) la información inicial. Ciertamente esta dinámica interactiva ha sido incorporada (para bien) por la prensa digital, aunque con un importante hándicap: salvo excepciones, a diferencia del responsable de un blog, el redactor de la noticia o el autor de la columna de opinión no entra en diálogo directo con los comentarios de sus lectores.
Esta semana la joven filóloga cubana Yoani Sánchez, autora de un visitadísimo y celebrado blog (www.desdecuba.com/generaciony), se ha visto envuelta en una triste polémica por la negativa de las autoridades cubanas a dejarla desplazarse a España para recoger el premio Ortega y Gasset a la mejor labor de periodismo digital. En el mejor estilo del ‘nuevo’ castrismo del anciano hermano del anciano Castro, el permiso de migración no le fue denegado de manera explícita: simplemente, jamás contestaron a sus reiteradas peticiones de viajar. Al contrario que el trono castrista, siempre bien ocupado por posaderas antaño revolucionarias, la ceremonia en Madrid se celebró con un asiento vacío. Como muchas otras, la bitácora digital de Yoani Sánchez vuelve a recordarme las sensaciones iniciales de la palabra ‘blog’: regurgitar, por puro cansancio, los pensamientos atragantados durante años; expeler palabras sólidas que, con la participación de sus lectores, esta vez no se perderán en el líquido del silencio que ciertos regímenes tratan de inyectar en las gargantas de sus ciudadanos.
24 mar 2010
Utilidad de la Ficción
Este miércoles tuve la ocasión de vivir una curiosa experiencia literaria en Córdoba, gracias al estupendo festival Eutopía. El encargo era tan sencillo como original: cuatro escritores (Elena Medel, Joaquín Pérez Azaústre, Marta Sanz y yo) fuimos invitados a participar en ‘Escritores a sueldo’, actividad que consistía en sentarse frente a un ordenador en distintos lugares del centro y, por un euro y en el acto, escribir cualquier cosa que a los transeúntes se les ocurriera encargarnos. ¿Pero no es muy difícil enfrentarse así, de pronto, a la página en blanco?, me preguntó alguien. Y, aunque visto así pareciera difícil, en realidad no lo era. Porque, más que lectores, nuestros clientes eran los verdaderos personajes. El argumento solían darlo ellos o estar en ellos, en sus palabras, gestos y preocupaciones. Si me atascaba o perdía fluidez, no tenía más que hacerle un par de preguntas a mi lector-personaje, y gracias a su respuesta yo podía seguir escribiendo. En esta provechosa relación de vampirismo doble, no sé cuál de las dos partes era Scherezade.
Gracias a esta oportuna actividad, tuve la fortuna de sentir claramente algo que siempre he defendido: la literatura es útil. Hay una artesanal nobleza en la utilidad de las cosas, en sentir su beneficio entre las manos. Detesto que se diga que el arte es sólo belleza y por lo tanto inútil. Siempre hay un para qué en lo que hacemos, ya se trate de hacer la compra, llamar por teléfono o escribir un relato. Siempre nos alimentamos de algo o nos defendemos de algo, y eso vale para el pan y el poema. «Yo pediría en cambio medio pan y un libro», dijo Lorca en su alocución de Fuente Vaqueros. Es evidente que nadie podrá jamás comerse un libro. Pero tampoco nos basta con comer para vivir. Por lo demás, la belleza –como fenómeno que estimula nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad– ya de por sí es útil.
Me tocó sentarme frente a la puerta de la Diputación, bajo un intenso sol que acabó haciendo hervir el portátil que me proporcionaron. Menos mal que, a media mañana, tuvieron la misericordia de desplazar mi escritorio bajo techo. Las peticiones fueron tan variopintas como los clientes, todos ellos amables en el trato y precisos en sus requerimientos: todos tenían claro ‘para qué’ querían un poema, un cuento, un aforismo. Una señora separada, llena de entusiasmo y de segunda juventud, fue mi primera clienta. Me encargó un poema en homenaje a su grupo de amigas, que según me explicó eran como su familia. ¿Mencionamos a alguien?, le pregunté. No, no, contestó ella muy convencida, quiero que sea así, en general, un poema dedicado a la amistad, sin alusiones personales. Es que son muchas, dijo la señora, y no quiero olvidarme de nadie.
La segunda petición fue peculiar: un señor extranjero (aunque hablaba un español impecable) que declaró llamarse Pepe y preferir que le dijeran Domingo, me entregó la moneda por adelantado y me contó que tenía una amiga que cantaba en un coro. Me hizo un breve retrato de ella, y después me pidió que escribiera lo que quisiese, siempre y cuando fuera un texto reflexivo y que invitase al optimismo. Al cabo de un rato, le entregué una serie de aforismos para ser cantados por un coro. La tercera petición fue la de un simpático estudiante de informática muy enamorado de su novia, Lola, que a su vez estudia química. También quería un poema, esta vez de amor. La siguiente fue una chica que quería un cuento, y convinimos que la historia versaría sobre el dibujo de su camiseta. Y así fueron desfilando los lectores, o sea los personajes: un periodista que quería un cuento que sucediese en su periódico, un chico que deseaba un haiku para Lilian, varias felicitaciones de cumpleaños, otro compañero de la prensa que deseaba la historia de un perro extraviado contada por él mismo, una dedicatoria en verso, una prosa para alguien que buscaba una brújula, una carta de agradecimiento a los padres. Fue una mañana inolvidable para mí, que aprendí de las palabras de cada uno de mis clientes. La escritura no es el retrato del ombligo del autor sino todo lo contrario: es la observación de lo desconocido, el conocimiento de los otros, el roce con la materia viva, urgente, que hay al otro lado del escritorio.
Gracias a esta oportuna actividad, tuve la fortuna de sentir claramente algo que siempre he defendido: la literatura es útil. Hay una artesanal nobleza en la utilidad de las cosas, en sentir su beneficio entre las manos. Detesto que se diga que el arte es sólo belleza y por lo tanto inútil. Siempre hay un para qué en lo que hacemos, ya se trate de hacer la compra, llamar por teléfono o escribir un relato. Siempre nos alimentamos de algo o nos defendemos de algo, y eso vale para el pan y el poema. «Yo pediría en cambio medio pan y un libro», dijo Lorca en su alocución de Fuente Vaqueros. Es evidente que nadie podrá jamás comerse un libro. Pero tampoco nos basta con comer para vivir. Por lo demás, la belleza –como fenómeno que estimula nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad– ya de por sí es útil.
Me tocó sentarme frente a la puerta de la Diputación, bajo un intenso sol que acabó haciendo hervir el portátil que me proporcionaron. Menos mal que, a media mañana, tuvieron la misericordia de desplazar mi escritorio bajo techo. Las peticiones fueron tan variopintas como los clientes, todos ellos amables en el trato y precisos en sus requerimientos: todos tenían claro ‘para qué’ querían un poema, un cuento, un aforismo. Una señora separada, llena de entusiasmo y de segunda juventud, fue mi primera clienta. Me encargó un poema en homenaje a su grupo de amigas, que según me explicó eran como su familia. ¿Mencionamos a alguien?, le pregunté. No, no, contestó ella muy convencida, quiero que sea así, en general, un poema dedicado a la amistad, sin alusiones personales. Es que son muchas, dijo la señora, y no quiero olvidarme de nadie.
La segunda petición fue peculiar: un señor extranjero (aunque hablaba un español impecable) que declaró llamarse Pepe y preferir que le dijeran Domingo, me entregó la moneda por adelantado y me contó que tenía una amiga que cantaba en un coro. Me hizo un breve retrato de ella, y después me pidió que escribiera lo que quisiese, siempre y cuando fuera un texto reflexivo y que invitase al optimismo. Al cabo de un rato, le entregué una serie de aforismos para ser cantados por un coro. La tercera petición fue la de un simpático estudiante de informática muy enamorado de su novia, Lola, que a su vez estudia química. También quería un poema, esta vez de amor. La siguiente fue una chica que quería un cuento, y convinimos que la historia versaría sobre el dibujo de su camiseta. Y así fueron desfilando los lectores, o sea los personajes: un periodista que quería un cuento que sucediese en su periódico, un chico que deseaba un haiku para Lilian, varias felicitaciones de cumpleaños, otro compañero de la prensa que deseaba la historia de un perro extraviado contada por él mismo, una dedicatoria en verso, una prosa para alguien que buscaba una brújula, una carta de agradecimiento a los padres. Fue una mañana inolvidable para mí, que aprendí de las palabras de cada uno de mis clientes. La escritura no es el retrato del ombligo del autor sino todo lo contrario: es la observación de lo desconocido, el conocimiento de los otros, el roce con la materia viva, urgente, que hay al otro lado del escritorio.
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