Como autor de Las horas , Die Stunden y De Uren –que pasan por ser las traducciones al castellano, alemán y holandés de mi libro The Hours , pero que en realidad son trabajos únicos por derecho propio–, he llegado a entender que toda la literatura es producto de la traducción. La traducción no es sólo una tarea que se le asigna a un traductor que domina una lengua extranjera, sino una serie larga, compleja y hasta profunda de transformaciones que comprenden tanto al escritor como al lector. La “traducción” como acto humano es –como tantos actos humanos– una propuesta mucho más complicada de lo que puede parecer en un primer momento.
Tomemos como ejemplo una de las frases más famosas de la literatura, “Call me Ishmael” (Llámenme Ismael). Se trata, como sospecho que ya saben, de la primera frase de Moby Dick , de Herman Melville. Seguimos reconociendo esa frase después de más de ciento cincuenta años.
Sí. “Call me Ishmael”. Tres palabras simples. ¿Qué tienen de importante? Poseen la más fundamental y esquiva de las categorías literarias: autoridad. Como escritores, desde la primera frase debemos hablarles a nuestros lectores con autoridad. Es como bailar un vals por primera vez con una nueva pareja. Todo el que sepa bailar vals o foxtrot o tango o cualquier tipo de danza que exija contacto físico con una pareja receptiva sabe que hay un primer momento en la pista de baile en que se evalúa, de forma automática, si esa nueva persona puede bailar y, si puede hacerlo, qué tan bien. Sabemos de forma casi instantánea si tenemos entre los brazos a una persona inexperta, y también que en ese caso tendremos que trabajar bastante para que las cosas salgan bien.
La autoridad es una característica misteriosa, y es casi imposible descomponerla en los elementos que la integran. La primera tarea del traductor, por lo tanto, es volver a presentar cierta contundencia que no puede describirse ni explicarse del todo.
Si bien las palabras “Call me Ishmael” tienen fuerza y seguridad, no basta sólo con la fuerza y la seguridad.
“Idiotas, lean esto” también tiene fuerza y seguridad, pero es menos probable que produzca el efecto deseado. ¿Qué más tienen las palabras de Melville que le falta a la frase “Idiotas, lean esto”? Tienen música. Es ahí donde el trabajo de traducción se hace más difícil.
En la ficción, el lenguaje está compuesto de sentido y música por partes iguales. Las frases deben tener ritmo y cadencia, deben apelar al oído interno y deleitarlo. Lo ideal es que una frase leída en voz alta en una lengua extranjera siga teniendo resonancia por más que el oyente no tenga idea de lo que se le está diciendo.
Tratemos de olvidar que las palabras “Call me Ishmael” significan algo y pensemos en cómo suenan. Escuchemos los sonidos de las vocales: ah, ee, i suave, aa. Son cuatro, todas diferentes, y cada una es una nota suave y tranquilizadora. Escuchemos también la forma en que la frase está envuelta en consonantes. Abrimos con la c fuerte,
llegamos a la l al final de “call” y luego, en un encantador acto de simetría, llegamos a la l final de “Ishmael”. “Call me Arthur” o “Call me Bob” son adecuadas, pero no satisfactorias por razones musicales.
La mayor parte de los lectores, por supuesto, no sabría decir que responde a esas tres palabras porque son tranquilizadoras y simétricas, pero la mayoría de los lectores registra el hecho de forma inconsciente. Tal vez podría decirse que el significado es la fuerza que empleamos y que la música es la seducción. La tarea del traductor es reproducir tanto la fuerza como la música.
“Chiamami Ismaele.” Esta es la versión italiana de la frase de Melville, y el traductor ha hecho un buen trabajo. En mi condición de lector que no habla italiano, puedo decirles que esas dos palabras sin duda tienen un sonido atractivo, independiente de su significado. Si bien difiere del inglés, tenemos una progresión nueva e igualmente encantadora de sonidos vocálicos –ee-a, ah, ee, a, ee– y tres emes bien distribuidas. Si alguien está traduciendo Moby Dick , esa es una sola frase, y le quedan aproximadamente un millón más.
Aliento a los traductores de mis libros a tomarse todas las libertades que crean necesarias. No se trata de un gesto heroico, ya que de mi trabajo de años con traductores he aprendido que, en cierto sentido, la novela original es también una traducción. No está traducida a otra lengua, por supuesto, pero es una traducción de las imágenes que el autor tiene en la cabeza a lo que logra poner en papel.
Les voy a contar un secreto. Si se los presiona y son honestos, muchos novelistas admitirán que el libro terminado es una traducción bastante burda del libro que querían escribir. Es una de las cosas más descorazonadoras de escribir ficción. Durante meses o años se tiene en la cabeza la idea de una novela trascendente, de una comicidad brillante y en extremo trágica, que contiene todo lo que uno sabe y todo lo que puede imaginar sobre la vida humana en el planeta
Tierra. Es vasta, misteriosa e inspira admiración. Es una catedral de fuego.
Sin embargo, incluso si el libro en cuestión sale bien, no es nunca el libro que uno había querido escribir. Es menor que el libro que se quería escribir. Es un objeto, una colección de frases, y dista mucho de parecer una catedral de fuego. Para decirlo en pocas palabras, parece una traducción mediocre de un gran trabajo mítico.
El traductor, entonces, no hace más que llevar el libro un paso más allá en el continuum de traducción. El traductor traduce una traducción.
Un traductor también traduce un trabajo en progreso, algo que tiene un principio, una parte media y un fin, pero que no está del todo terminado por más que esté en proceso de publicación. Si es buena, una novela, toda novela, no es sólo una traducción levemente decepcionante de las grandes intenciones del novelista, sino también el borrador más trabajado que éste pudo producir antes de desplomarse agotado. Lo más que puedo hacer es no ir de librería en librería con una lapicera sacando mis libros de las estanterías para tachar ciertas líneas de las que me he arrepentido e incorporar otras mejores. Para muchos de nosotros, no existe lo que podría llamarse un “texto definitivo”.
Eso nos lleva al tema de la relación entre los escritores y sus lectores, donde tiene lugar otro acto de traducción.
Doy clases de escritura, y una de las primeras preguntas que les hago a mis alumnos es para quién escriben. Nueve de cada diez veces, la respuesta es que escriben para ellos mismos. Les digo que entiendo, que todas las noches me voy a casa, preparo una torta elaborada y me la como toda solo. Con eso quiero decir que las tortas y los libros tienen por objeto su presentación a otros. Por otra parte, los libros (a diferencia de las tortas) son interacciones profundas y elaboradas entre escritores y lectores, si bien separadas en espacio y tiempo.
Les recuerdo también que nadie quiere leer sus relatos. Hay muchos otros relatos, y en el siglo XXI, hay tal acumulación de literatura que pocos de nosotros viviremos lo suficiente para leer todos los relatos, para no hablar del hecho de que, como lectores, estamos ocupados.
Tenemos vidas atareadas y difíciles. Tenemos trabajos que hacer, cónyuges e hijos que atender, trámites que realizar, amigos que ver; tenemos que mantenernos al día con lo que pasa; buscamos pruebas de que nuestra pareja nos engaña; nos preguntamos por qué habremos aceptado cuarenta visitantes el sábado por la noche; nos preocupan el dinero y el calentamiento global; vemos nuestros programas de televisión favoritos.
Lo que el escritor dice, básicamente, es: hagan lugar en todo eso para esto. Suspendan lo que están haciendo y lean esto. Es mejor que parezca, desde la primera frase, que estamos ofreciendo a los lectores algo que vale la pena.
Debo admitir que cuando era tan joven como lo son ahora mis alumnos, también pensaba que escribía para mí, para algún vago lector ideal o, en mis momentos más pomposos, para las generaciones futuras. Mi trabajo sufría las consecuencias de ello.
No fue sino hasta hace unos años, cuando trabajaba en un bar de Laguna Beach, California, que descubrí un método mejor. Una de las camareras era una mujer llamada Helen, que en aquel momento tenía cuarenta y tantos años, por lo que yo consideraba que era apenas menor que el Viejo Marino. Helen era una mujer encantadora y generosa que tenía cuatro hijos y a la que el marido había abandonado de forma abrupta, sin aviso alguno. Tenía que trabajar. Y trabajar y trabajar. Trabajaba en una panadería por la mañana, pasaba manuscritos a máquina para escritores por la tarde y atendía a los comensales en el restaurante por la noche.
Helen era una ávida lectora, y su mayor alegría, al final de sus largas y duras jornadas, era meterse en la cama y leer durante una hora antes de las escasas horas de sueño que le estaban permitidas. Leía mucho y con voracidad. Cuando nos conocimos, estaba leyendo una novela de misterio barata y yo, como sólo los jóvenes y pretenciosos podrían hacerlo, le sugerí que, dado que le gustaban las historias de detectives, probara con Crimen y castigo de Dostoievski.
La leyó en menos de una semana. Cuando la terminó, me dijo: “Maravillosa”. “Pensé que le gustaría”, contesté. Agregó: “Dostoievski es mucho mejor que Ken Follett.” “Sí.” Hizo una pausa. “Pero no es tan bueno como Scott Turow.” Si bien no necesariamente estaba de acuerdo con ella respecto de Dostoievski versus Turow, me gustaba, y mucho, que Helen no tuviera un sentido académico de lo que se suponía que debía gustarle más, o menos. Sólo necesitaba lo que cualquier buen lector necesita: absorción, emoción, dinamismo y la sensación de verse transportada del mundo en el que vivía y trasladada a otro.
Empecé a pensar en mí en el acto de escribir un libro que le interesara a Helen. Tengo que decirles que eso cambió mi escritura. De pronto había visto que escribir no es sólo un ejercicio de autoexpresión, sino que es también, y eso es más importante, un regalo que como escritores intentamos hacer a los lectores. Escribir un libro para Helen, o para alguien como Helen, es un objetivo alcanzable. También me ayudó a darme cuenta de que el lector representa el paso final en la vida de traducción de un libro.
Uno de los aspectos más notables de escribir y publicar es que no hay dos lectores que lean el mismo libro. Todos pensaremos diferente sobre una película, una obra, una pintura o un tema, pero sin duda habremos visto o escuchado la misma película, obra, pintura o tema. Son entidades físicas.
Una pintura de Velázquez sólo consiste en sí misma, al igual que “Blue”, de Joni Mitchell. Si se visita la galería adecuada del Museo del Prado, o si alguien pone un disco de Joni Mitchell, se verá la pintura o se escuchará la música. No hay otra opción.
La ESCRITURA, sin embargo, no existe sin un lector activo y dispuesto. Escribir exige un grado de participación diferente. Las palabras sobre papel son abstracciones, y todo el que lee palabras sobre papel les incorpora una serie distinta de asociaciones e imágenes. Tengo vívidas imágenes mentales de Don Quijote , Ana Karenina y Huckleberry Finn , pero estoy seguro de que no son idénticas a las imágenes que se han formado los demás.
Era evidente que Helen no leía la misma Crimen y castigo que yo. No buscaba un trabajo existencial genial. Buscaba un buen misterio, y leyó a Dostoievski con eso en mente. No la culpo. Me gusta imaginar que tampoco lo habría hecho Dostoievski.
Lo que el lector hace, entonces, es traducir las palabras de las páginas a su propio léxico imaginario privado de acuerdo con sus intereses, necesidades y niveles de comprensión.
Ese es el proceso completo de traducción. En un punto tenemos a un escritor que, en una habitación, se esfuerza por acercarse a la visión imposible que ronda su cabeza. Termina su tarea, pero con dudas. Un tiempo después, tenemos a un traductor que se esfuerza por acercarse a la visión, para no hablar de los detalles del lenguaje y la voz, del texto que tiene ante sí. Lo hace lo mejor que puede, pero nunca queda satisfecho. Por último, tenemos luego al lector. El lector es el menos torturado de ese trío, pero también puede sentir que se está perdiendo algo del libro, que por una cuestión de simple ineptitud no logra ser un receptor adecuado de la visión central del libro.
No es mi intención sugerir que escritor, traductor y lector participan en un ejercicio colectivo de desilusión. Eso sería deprimente. Y falso.
De todos modos, como especie, buscamos siempre catedrales de fuego, y parte de la emoción de leer un gran libro es la promesa de que habrá otro, un libro que pueda conmovernos y elevarnos aún más. Uno de los consuelos de escribir libros es la convicción aparentemente inagotable de que el siguiente libro será mejor, más grande y audaz, más abarcador y fiel a la vida que hacemos. Existimos en un estado de esperanza, amamos la belleza y la verdad que llega a nosotros, y hacemos todo lo posible por evitar dudas y desilusiones.
Nos encontramos en una búsqueda, y no nos desalienta la sospecha colectiva de que la perfección que buscamos en el arte tiene tantas posibilidades de aparecer como el Santo Grial. Esa es una de las razones por las que los seres humanos no sólo somos los creadores, traductores y consumidores de literatura, sino también su tema.
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5 jun 2012
22 nov 2011
Entrevista - Michael Cunningham:
—En su nueva pieza Las horas, observamos una gran influencia de la obra de Virginia Woolf. ¿Es ella su escritora modelo, su artista favorita?
Virginia Woolf es una gran escritora, mi escritora favorita. Yo la leí por primera vez cuando tenía quince años, estaba en el colegio, en California del Sur, no era un colegio bueno, ni era yo un buen estudiante, y para aquel entonces quería ser cantante de rock and roll, en realidad, no me importaban mucho los libros.
De pronto, en una ocasión, mientras me fumaba un cigarro, me encontré al lado de la chica más bella de la escuela, cada colegio tiene una chica así… Ella era una senior y tenía quizá unos diecisiete años, era alta, con un pelo largo liso, todos los muchachos estábamos enamorados de ella, y en ese momento me encontraba justo a su lado, así que quería decir algo que la impresionara, y comencé a hablarle de la poética de Bob Dylan, y ella me contestó : “Oh claro, Bob Dylan es interesante, pero ¿has oído sobre T.S. Eliot o Virginia Woolf…?” .
La chica resultó ser muy inteligente, así que para impresionarla, fui a la biblioteca del colegio a buscar algo sobre alguno de los dos autores, no tenían nada de T.S. Elliot, y tenían solo un libro de Virginia Woolf, se trataba de Mrs. Dalloway, lo compré y traté de leerlo, de alguna forma no le presté mayor atención, yo tenía sólo quince años y era demasiado complicado para mí, pero por otro lado, sentí algo muy especial por el lenguaje, por esa especie de música de los sentidos, yo no sabía que la gente podía hacer eso con el lenguaje, que la gente podía producir algo así, y cambió todo para mí, dentro de mi cabeza.
Mrs. Dalloway fue mi primer gran libro, creo que la mayoría de la gente ha tenido un primer gran libro que recuerda; así como se hace con el primer beso, pienso que todos tenemos en la vida ese primer libro con el que “conectamos”, y el mío definitivamente fue Mrs. Dalloway de Virginia Woolf.
Mi libro Las horas, es una especie de variación de la obra de Virginia Woolf, algo así como lo que pasa en el jazz, es decir, a veces en este tipo de música, se toma una gran pieza musical como base, y sobre esta se realiza, se crea una nueva pieza. En Las horas, me baso en una gran obra para hacer otro tipo de pieza, de arte.
—La hora la protagonizan mujeres de psicologías claramente diferenciadas…
En la obra hay tres personajes principales, todas son mujeres. Mrs. Dalloway, la obra de Virginia Woolf, trata sobre un día en la vida de una mujer relativamente común, que vive durante los años veinte en Londres, eso fue parte del genio de Woolf, una de sus grandes innovaciones. Una gran novela puede tratar sobre guerras, disertaciones sobre Dios, paz, etc., y también puede ser escrita en base a un día ordinario en la vida de una persona, eso no suena muy revolucionario ahora, pero Virginia Woolf lo hizo hace muchos años atrás [y para aquel entonces sí era bastante revolucionario]. En La hora, yo narro tres días diferentes en la vida de tres mujeres que viven en lugares y tiempos diferentes y que tienen también edades distintas.
—Ahondemos sobre el tema de las mujeres y sus días.
Uno de los casos es un día en la vida de Mrs. Dalloway, el personaje de Virginia Woolf, pero en Nueva York, en el presente, y esta mujer en el libro es libre de hacer lo que quiere, así que es libre para ser lesbiana y vivir con su amante, es libre para tener un trabajo, para cuestionar el orden social y también lo es para tener un amor platónico hacia un hombre. Es el personaje de Mrs Dalloway de Virginia Woolf, el cual hace cosas que en “su época” no pudo hacer.
La segunda mujer es una ama de casa en Los Ángeles, está casada, tiene un hijo pequeño y otro “en camino”, tiene 30 años, y es muy infeliz, muy inteligente e inquieta como para ser solo ama de casa, ella trata de ser una buena madre y esposa, pero esa no es la vida acorde a una personalidad como la de ella. Esta mujer es una gran lectora, y un día comienza a leer Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf, pero se le dificulta mucho concentrarse en ésta, pues debe encargarse de su esposo, de sus hijos, y es así como un buen día decide alquilar un cuarto de hotel por un par de horas, para así estar sola y leer, algo así como si estuviera con una especie de amante.
En cuanto a la última mujer, “su día” transcurre en 1923, en Inglaterra, lugar en el que Virginia Woolf se imaginó por primera vez el personaje de Mrs. Dalloway, es escritora. Entonces, esta escritora es Virginia Woolf, que está escribiendo el libro, el primer personaje que cité, es el personaje de Mrs. Dalloway pero transportado en el tiempo, y el ama de casa es el lector del libro…
—¿Cómo recibe el Pulitzer?
Yo soy el primer hombre homosexual que ha ganado el Pulitzer, y Las horas, es el primer libro con caracteres homosexuales en ganarlo. El Pulitzer en particular, se supone que debe recaer sobre un libro que de alguna manera reflexione sobre lo que llaman “la esencia de la experiencia americana”, y la idea de que una obra donde aparezcan personajes de sexualidad ambigua como la de Virginia Woolf “entre” dentro del concepto de lo que es la esencia de la experiencia americana, pienso que es algo positivo.
Con estas palabras selló Cunningham nuestro encuentro, y tras un estrechar de manos intercambiamos un “que te vaya bien” tácito y taciturno.
Virginia Woolf es una gran escritora, mi escritora favorita. Yo la leí por primera vez cuando tenía quince años, estaba en el colegio, en California del Sur, no era un colegio bueno, ni era yo un buen estudiante, y para aquel entonces quería ser cantante de rock and roll, en realidad, no me importaban mucho los libros.
De pronto, en una ocasión, mientras me fumaba un cigarro, me encontré al lado de la chica más bella de la escuela, cada colegio tiene una chica así… Ella era una senior y tenía quizá unos diecisiete años, era alta, con un pelo largo liso, todos los muchachos estábamos enamorados de ella, y en ese momento me encontraba justo a su lado, así que quería decir algo que la impresionara, y comencé a hablarle de la poética de Bob Dylan, y ella me contestó : “Oh claro, Bob Dylan es interesante, pero ¿has oído sobre T.S. Eliot o Virginia Woolf…?” .
La chica resultó ser muy inteligente, así que para impresionarla, fui a la biblioteca del colegio a buscar algo sobre alguno de los dos autores, no tenían nada de T.S. Elliot, y tenían solo un libro de Virginia Woolf, se trataba de Mrs. Dalloway, lo compré y traté de leerlo, de alguna forma no le presté mayor atención, yo tenía sólo quince años y era demasiado complicado para mí, pero por otro lado, sentí algo muy especial por el lenguaje, por esa especie de música de los sentidos, yo no sabía que la gente podía hacer eso con el lenguaje, que la gente podía producir algo así, y cambió todo para mí, dentro de mi cabeza.
Mrs. Dalloway fue mi primer gran libro, creo que la mayoría de la gente ha tenido un primer gran libro que recuerda; así como se hace con el primer beso, pienso que todos tenemos en la vida ese primer libro con el que “conectamos”, y el mío definitivamente fue Mrs. Dalloway de Virginia Woolf.
Mi libro Las horas, es una especie de variación de la obra de Virginia Woolf, algo así como lo que pasa en el jazz, es decir, a veces en este tipo de música, se toma una gran pieza musical como base, y sobre esta se realiza, se crea una nueva pieza. En Las horas, me baso en una gran obra para hacer otro tipo de pieza, de arte.
—La hora la protagonizan mujeres de psicologías claramente diferenciadas…
En la obra hay tres personajes principales, todas son mujeres. Mrs. Dalloway, la obra de Virginia Woolf, trata sobre un día en la vida de una mujer relativamente común, que vive durante los años veinte en Londres, eso fue parte del genio de Woolf, una de sus grandes innovaciones. Una gran novela puede tratar sobre guerras, disertaciones sobre Dios, paz, etc., y también puede ser escrita en base a un día ordinario en la vida de una persona, eso no suena muy revolucionario ahora, pero Virginia Woolf lo hizo hace muchos años atrás [y para aquel entonces sí era bastante revolucionario]. En La hora, yo narro tres días diferentes en la vida de tres mujeres que viven en lugares y tiempos diferentes y que tienen también edades distintas.
—Ahondemos sobre el tema de las mujeres y sus días.
Uno de los casos es un día en la vida de Mrs. Dalloway, el personaje de Virginia Woolf, pero en Nueva York, en el presente, y esta mujer en el libro es libre de hacer lo que quiere, así que es libre para ser lesbiana y vivir con su amante, es libre para tener un trabajo, para cuestionar el orden social y también lo es para tener un amor platónico hacia un hombre. Es el personaje de Mrs Dalloway de Virginia Woolf, el cual hace cosas que en “su época” no pudo hacer.
La segunda mujer es una ama de casa en Los Ángeles, está casada, tiene un hijo pequeño y otro “en camino”, tiene 30 años, y es muy infeliz, muy inteligente e inquieta como para ser solo ama de casa, ella trata de ser una buena madre y esposa, pero esa no es la vida acorde a una personalidad como la de ella. Esta mujer es una gran lectora, y un día comienza a leer Mrs. Dalloway, de Virginia Woolf, pero se le dificulta mucho concentrarse en ésta, pues debe encargarse de su esposo, de sus hijos, y es así como un buen día decide alquilar un cuarto de hotel por un par de horas, para así estar sola y leer, algo así como si estuviera con una especie de amante.
En cuanto a la última mujer, “su día” transcurre en 1923, en Inglaterra, lugar en el que Virginia Woolf se imaginó por primera vez el personaje de Mrs. Dalloway, es escritora. Entonces, esta escritora es Virginia Woolf, que está escribiendo el libro, el primer personaje que cité, es el personaje de Mrs. Dalloway pero transportado en el tiempo, y el ama de casa es el lector del libro…
—¿Cómo recibe el Pulitzer?
Yo soy el primer hombre homosexual que ha ganado el Pulitzer, y Las horas, es el primer libro con caracteres homosexuales en ganarlo. El Pulitzer en particular, se supone que debe recaer sobre un libro que de alguna manera reflexione sobre lo que llaman “la esencia de la experiencia americana”, y la idea de que una obra donde aparezcan personajes de sexualidad ambigua como la de Virginia Woolf “entre” dentro del concepto de lo que es la esencia de la experiencia americana, pienso que es algo positivo.
Con estas palabras selló Cunningham nuestro encuentro, y tras un estrechar de manos intercambiamos un “que te vaya bien” tácito y taciturno.
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