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9 may 2011

Made in USSA

En diciembre del año 2000 estaba leyendo las pruebas de la autobiografía de Arthur Schlesinger y me sentí especialmente atraído por su descripción de los acontecimientos que tuvieron lugar entre finales de los años ’30 y principios de los ’40, sucesos que incidieron en su juventud, primero durante sus viajes por Europa y, también más tarde, de regreso a Cambridge, Massachusetts.

A mí también me habían afectado aunque, por aquel entonces, apenas era un niño. El ancho mundo penetraba en nuestro hogar a diario a través de los boletines radiofónicos que mi padre escuchaba con regularidad, de los periódicos que traía a casa al final del día y de las conversaciones que mantenía con amigos y familiares –que mostraban su tremenda preocupación por lo que tenía lugar en Europa y aquí, en Norteamérica–. Antes incluso de ir al colegio, algo sabía ya acerca del antisemitismo nazi y del norteamericano, atizado, de una u otra manera, por figuras eminentes como Henry Ford y Charles Lindbergh, quienes, por aquellos años, junto con estrellas de cine como Chaplin o Valentino, se contaban entre las mayores celebridades del siglo a escala internacional. El genio del motor a combustión, Ford, y el as de la aeronáutica, Lindbergh –y el pastor nacional de la propaganda antisemita, el cura locutor Charles Coughlin-eran anatemas para mi padre y su círculo de amistades. Prácticamente nadie en nuestro barrio judío poseía un Ford, pese a ser el coche más popular del país.

Me topé con una frase en la que Schlesinger comentaba que hubo algunos republicanos aislacionistas deseosos de promover a Lindbergh como candidato a la presidencia en 1940. Eso era todo cuanto había, esa única frase sobre Lindbergh y un hecho del que no tenía conocimiento. Esto me hizo pensar qué habría pasado si lo hubieran hecho, y anoté la pregunta en el margen. Entre la escritura de ese interrogante y el libro finalizado transcurrieron tres años de trabajo, pero así nació la idea.

LA RESPONSABILIDAD INELUDIBLE
Sin embargo, la mayor recompensa al escribir la historia y lo que le otorga su pathos no fue la resurrección de mi familia hacia 1941 sino la invención de la familia que vive en el piso de abajo, los trágicos Wishnow, en quienes el peso del antisemitismo recae con toda su fuerza. La invención, particularmente, del benjamín de los Wishnow, Seldon, ese niño agradable, solitario y menudo de tu clase al que siempre evitabas, cuando tú también eras niño, porque exigía de ti una forma de amistad que alguien de su misma edad no podía soportar. El es la responsabilidad de la que no te puedes desprender. Cuanto más deseas perderlo de vista, menos puedes, y cuanto menos puedes, más lo deseas. Y que el pequeño de los Roth quiera sacárselo de encima es lo que conduce a la tragedia del libro. Seldon Wishnow no es, como Philip, el pequeño de los Roth, un simple niño de 9 años que se enfrenta demasiados problemas, sino la figura más trágica del libro, un confiado niño norteamericano que sufre una experiencia cercana a la de los judíos europeos. No es el chico que sobrevive a la confusión para contar el relato sino aquel cuya infancia es destruida. Es quien enlaza lo trivial con lo trágico en el libro; lejos de limitarme, su presencia me brindó la latitud.

ORWELL Y YO
El libro arrancó de manera inadvertida, al modo de un experimento improvisado. No lo tenía en la cabeza ni era el tipo de obra que pretendía escribir. El tema, por no hablar del método, jamás se me habría ocurrido por mí mismo. Con frecuencia escribo sobre cosas que no acontecieron, pero nunca sobre hechos históricos que no tuvieron lugar. En aquellos tiempos existieron la institucionalizada discriminación antisemita de la jerarquía protestante; el virulento odio hacia los judíos del Bund germano-norteamericano y del Frente Cristiano; la repugnante supremacía cristiana predicada por Henry Ford, el padre Coughlin y el reverendo Gerald L.K. Smith; el ocasional desprecio a los judíos expresado por periodistas como Westbrook Pegler y Fulton Lewis, y el antisemitismo ciegamente narcisista y ario del propio Lindbergh. Pero en Estados Unidos no triunfaron, si bien muchas de las cosas que no acontecieron aquí sí lo hicieron en otros lados. El y si... de Norteamérica fue la realidad de otros. Todo lo que he hecho ha sido despojar el pasado de su fatalidad, mostrando cómo las cosas podrían haber sido diferentes.

Pero no disponía de modelos literarios para recrear el pasado. Estaba familiarizado con títulos que imaginaban el futuro, sobre todo con 1984, pero, por mucho que lo admire, no me tomé la molestia de releerlo. En 1984 –escrito en 1948 y publicado un año después–, Orwell presupone una gigantesca catástrofe histórica que vuelve su mundo irreconocible. Tanto la Alemania hitleriana como la Rusia stalinista brindaban modelos anclados en el siglo XX para semejante catástrofe. Sin embargo, mi talento no está hecho para fabular sobre eventos a gran escala. Proyecté algo pequeño, lo suficientemente pequeño para ser creíble, o al menos eso esperaba; algo que hubiese podido ocurrir en las elecciones a la presidencia norteamericana de 1940, momento en que el país estaba ferozmente dividido entre republicanos aislacionistas –quienes, no faltos de razón, no querían formar parte de una segunda guerra europea, y que con probabilidad representaban a una ligera mayoría de la población– y demócratas intervencionistas –que no necesariamente deseaban ir a la guerra, mas pensaban que Hitler debía ser detenido antes de que invadiera y conquistara Inglaterra, y Europa acabara siendo por entero fascista en sus manos–. Willkie no era el republicano llamado a vencer a Roosevelt en 1940, porque él mismo era intervencionista. Pero, ¿y si Lindbergh se hubiese presentado? Con su aura joven y varonil. Con todo su glamour y su celebridad, encarnación práctica del primer gran héroe norteamericano que deleitó al país en el marco de la emergente sociedad del espectáculo. Y con unas inamovibles convicciones aislacionistas que lo comprometían a mantener nuestra nación fuera de esa horrible contienda... No creo inverosímil un resultado electoral como el que propongo en el libro: Lindbergh privando a Roosevelt de su tercer mandato. Orwell estaba lejos de la plausibilidad al dibujar el mundo como lo hizo, pero era consciente de ello. Su libro no era una profecía. Era una historia futurista de terror que contenía, por descontado, una advertencia política. Orwell divisó un enorme cambio en el futuro con consecuencias horrendas para todos; yo intenté fabular sobre un pequeño cambio en el pasado con consecuencias horrendas para unos pocos. El imaginó una distopía; yo, una ucronía.

EL ANFITRION DE VON RIBBENTROP
¿Por qué elegí a Lindbergh? Reitero que no era descabellado verlo como candidato y vencedor electoral. Pero lo postulé como líder político en una novela en la que deseaba que los judíos norteamericanos sintiesen la presión de una genuina amenaza antisemita. Lindbergh se distinguió no sólo por su aislacionismo sino por su actitud racista hacia los judíos –que se refleja de forma nada ambigua en sus discursos, diarios y correspondencia–. En el fondo de su corazón, Lindbergh creía en la supremacía blanca y –dejando a un lado casos aislados de amistad con judíos sueltos, por ejemplo Harry Guggenheim– no consideraba a los judíos, tomados como grupo, en un mismo plano de igualdad genética, moral o cultural que los nórdicos blancos como él, y tampoco ciudadanos norteamericanos deseables, si no era en pequeñas cantidades. Todo esto no significa que, si hubiera llegado a la presidencia, se habría vuelto contra ellos y los habría perseguido abiertamente, pero el caso es que tampoco procede así en mi novela. En ella no importa tanto lo que hace (que es muy poco: firmar el pacto de no agresión con Hitler pocas semanas después de la toma de posesión, dar luz verde a una embajada nazi en Washington y, un año después, ejercer de anfitrión junto a su esposa en una cena oficial en honor de Von Ribbentrop, ministro de Asuntos Exteriores de Hitler) como lo que los judíos norteamericanos sospechan, con acierto o no, que sería capaz de hacer, a la luz de sus declaraciones públicas, más concretamente su vilipendio de los judíos, en el transcurso de una intervención radiofónica nacional, cuando los definió como belicistas extranjeros indiferentes a los intereses de Estados Unidos. Este discurso lo ofreció en Des Moines el 11 de septiembre de 1941 en el marco de un mitin de la campaña América Primero; en mi libro lo adelanté un año, pero no alteré su contenido ni su impacto.

KAFKA Y YO
Algunos lectores van a desear tomarse este libro como un roman à clef sobre el momento actual que atraviesa Norteamérica. Eso sería un error. Me propuse hacer exactamente lo que he hecho; reconstruir cómo podrían haber sido los años que van de 1940 a 1942 en el caso de que Lindbergh, en vez de Roosevelt, hubiese sido escogido presidente en las elecciones de 1940. No estoy fingiendo estar interesado en aquellos dos años, realmente lo estoy. Resultaron turbulentos en Estados Unidos porque fueron catastróficos en Europa. Todos mis esfuerzos imaginativos se encaminaron a reflejar esa realidad con plena intensidad, y no tanto para iluminar el presente a partir del pasado sino para iluminar el pasado a partir del pasado. Quise situar a mi familia frente a esta contingencia, imaginar precisamente cómo habría reaccionado en el caso de que la historia hubiese salido de la forma desviada en que la he presentado en el libro, y se hubiese visto superada por las fuerzas que he dispuesto contra ella. Fuerzas dispuestas contra ella entonces, no ahora.

Los libros de Kafka jugaron un papel relevante en la imaginación de los escritores checos que se opusieron al gobierno títere de Rusia en la Checoslovaquia comunista de los años ’60 y ’70, un fenómeno que alarmó al gobierno y lo llevó a prohibir la venta y la discusión de sus obras, que retiró de los estantes de las librerías. Obviamente no había sido con la intención de inspirar a esos futuros escritores que Kafka había escrito El proceso y El castillo a principios del siglo XX. La literatura da lugar a todo tipo de usos, tanto públicos como privados, pero uno no debe confundir esos usos con la realidad que un autor ha conseguido esforzadamente verter en una obra de arte. Dicho sea de paso, aquellos escritores praguenses eran bien conscientes de estar violando con plena voluntad la integridad de la implacable imaginación de Kafka, pese a lo cual siguieron adelante –y con toda su energía– con la explotación de sus libros, y se sirvieron de ellos para sus propósitos políticos durante una terrible crisis nacional.

El libro incluye un epílogo de veintisiete páginas con condensada información histórica y biográfica, lo que yo llamo la "verdad cronológica" de aquellos años. Ninguna otra de mis obras ha adjuntado nada que se parezca a este furgón de cola, pero me sentí obligado a señalar dónde las vidas y hechos auténticos habían sido claramente manipulados en pro de mis intenciones ficcionales. No deseo que en la mente del lector se produzca confusión alguna acerca de dónde acaban los hechos históricos y empieza la imaginación, de forma que, en el epílogo, ofrezco un breve informe de aquella época tal y como fue. Quiero dejar claro que no he arrastrado a figuras históricas reales, bajo sus propios nombres, a mi relato, atribuyéndoles puntos de vista gratuitos o forzándolos a comportarse de forma reprobable (sí inesperada, sorpresiva, bella, chocante, pero no reprobable). Charles Lindbergh, Anne Morrow Lindbergh, Henry Ford, el alcalde La Guardia, Walter Winchell, Franklin Delano Roosevelt, el senador de Montana, Burton Wheeler; el secretario de Interior, Harold Ickes; el gángster de Newark, Longy Zwillman; el rabino de Newark, Joachim Prinz... Yo tuve que creer que, dadas las circunstancias que había imaginado, cada uno de ellos bien podría haber hecho o dicho algo muy similar a lo que les hice hacer o decir; de lo contrario, no podría haber escrito el libro. Presento 27 páginas de evidencia documental que respaldan una irrealidad histórica de 362, con la esperanza de alejar al libro de la fábula.

CUANDO LA EPICA ES DESASTRE
La historia pide cuentas a todos, lo sepan o no, les guste o no. En libros recientes, incluyendo el presente, he tomado este simple hecho de la vida y lo he magnificado, a la luz de los momentos críticos que he atravesado como norteamericano del siglo XX. Nací en 1933: el año en que Hitler llegaba al poder, Roosevelt inauguraba su presidencia, Fiorello La Guardia era escogido alcalde de Nueva York y Meyer Ellenstein se convertía en alcalde de Newark –el primer y único alcalde judío de mi ciudad–. De niño, en el aparato de radio de la sala de estar de mi casa, escuchaba las voces del Führer y del norteamericano padre Coughlin lanzando sus diatribas antisemitas. Combatir y ganar la Segunda Guerra Mundial fue el gran tema nacional entre diciembre de 1941 y agosto de 1945, en el corazón de mis años escolares. La Guerra Fría y la cruzada anticomunista ensombrecieron mis años de instituto y universidad, de la misma forma que el descubrimiento de la monstruosa verdad sobre el Holocausto y el inicio del terror de la era atómica. La guerra de Corea, que acabó poco antes de que fuera llamado a filas, y la de Vietnam, con todo el revuelo doméstico que desencadenó –junto con los asesinatos de líderes políticos norteamericanos– monopolizaron mi atención cada uno de los días en que estuve en la treintena.

Y ahora Aristófanes, que seguramente debe ser Dios, nos ha dado a George W. Bush, un hombre incapacitado para llevar adelante una ferretería y mucho menos una nación como ésta. El me ha reafirmado en la máxima que ha sobrevolado la escritura de todos mis libros y que ha convertido nuestras vidas como norteamericanos en tan precarias como las de cualquiera: todas las garantías son provisionales, incluso aquí, en una democracia con doscientos años de vida. Pese a contar los norteamericanos con una poderosa república armada hasta los dientes, estamos en una emboscada tendida por la imprevisibilidad de la historia.

¿Puedo concluir con una cita de mi libro? "Lo implacablemente imprevisto, que había dado un vuelco erróneo, era lo que en la escuela estudiábamos como historia, una historia inocua, donde todo lo inesperado en su época está registrado en la página como inevitable. El terror de lo imprevisto es lo que oculta la ciencia de la historia, que transforma el desastre en épica." Al escribir estos libros he intentado reconvertir la épica en desastre, tal y como lo padecieron –sin conocimiento previo, sin preparación– personas cuyas expectativas como norteamericanos, si bien ni inocentes ni ilusorias, se encaminaban a algo muy diferente de lo que obtuvieron.


10 may 2010

Solamente me siento joven cuando escribo

Su nueva novela, La humillación (editada por Mondadori en castellano, La Magrana en catalán), habla de la crisis creativa, de la depresión, y ofrece perturbadoras escenas de sexo sin tabúes. Con el morbo añadido de saber que, como siempre, las ficciones de Roth son altamente autobiográficas.

¿Qué es este nuevo libro suyo?
Hace unos años, me contaron el caso real de un gran actor que había perdido de golpe sus habilidades interpretativas. Me intrigó esa idea, y me puse a escribir. Y así empieza el libro: con un actor que ha perdido su magia. Encima, su mujer le abandona, lo que, tras ser internado por depresión, le abrirá la puerta a otras aventuras sexuales.
Este es el tercer libro de un cuarteto temático, junto con Elegía e ­Indignación...
Solamente quería escribir una serie de libros cortos, pero no preví que iban a tener tanta semejanza en el tema. En todos aparece la muerte, ya se puede imaginar el porqué. He acabado el cuarto, se titula Némesis, una palabra que podría funcionar como el nexo común a los cuatro libros. Némesis era la diosa griega de la justicia retributiva, la venganza y la fortuna, sanciona la desmesura y no permite que los hombres sean demasiado afortunados, va compensando los éxitos con fracasos; es una palabra que se utiliza también con el significado de enemigo al que nos enfrentamos y que nos supone un reto. Y en estos libros míos hay siempre un enemigo acechando a los personajes, catástrofes imprevistas.

¿Es también un ciclo sobre la vejez?
¿Sobre el deterioro físico? No, porque Indignación y Némesis no hablan de la decadencia del cuerpo. En Indignación hay un hombre joven que se enfrenta a la muerte, y en Némesis hay jóvenes enfermos de poliomielitis. En La humillación, Simon Axler, el actor, está deprimido y hace inventario de sus defectos porque no es capaz de salir de ahí.
Cuando tenía 35 años ya le preocupaba la idea de la muerte, ¿no?
Sí, entonces me dije: “Estás muy lejos de eso. Preocúpate cuando llegues a los 70”. Y aquí estamos.
Si en Sale el espectro, su mítico álter ego, Zuckerman, no puede hacer el amor por razones físicas, aquí, el sexo es una vía de escape para Simon.
Es una vía de placer, sobre todo. Si comparamos ambos libros, este es sobre alguien que vive la agonía de perder su vocación, mientras que Zuckerman sufrió cirugía prostática, con serias consecuencias, pues se quedó a la vez incontinente e impotente. Ese es un tipo de pérdida. En cambio, Simon mantiene la actividad sexual, pero pierde otra cosa: su oficio, un oficio que llenaba su vida y le definía.

Su personaje es un artista que ya no puede seguir creando. Es actor, pero podría ser escritor. ¿Siente usted limitaciones como escritor?
¿Yo? ¡Cada día! Esto no es nada fácil. Escribir, para mí, es una lucha, algo duro, me cuesta, muchas de las sensaciones del personaje son las mías, aunque en toda mi vida jamás he llegado al punto en el que está él, yo jamás he parado de escribir. Esa es la diferencia, que no es pequeña: nunca me he enfrentado al vacío o al bloqueo… todavía. Es la pesadilla de cualquiera que se dedique a esto, y también la mía. Pero, puestos a ser positivos, hacerme viejo me da, como escritor, una perspectiva histórica, es decir, puedo ver cosas que no veía cuando tenía 30 o 40 años. Veo mi propio pasado con claridad. A mi edad la gente pierde la memoria a corto plazo e incluso olvida palabras. Y, ciertamente, eso es algo que me sucede en la vida cotidiana, pero jamás cuando escribo. Es milagroso, pero me concentro tanto que todas las distracciones desaparecen. Solamente me siento joven cuando escribo.
Simon ingresa en un psiquiátrico, donde le someten a terapia con escaso éxito. Usted estuvo también en un centro psiquiátrico cuando se sintió cerca del suicidio. ¿Se debe concluir que, para recuperarse de un mal trago, es mejor una novia que otra cosa?
No es una mala experiencia la del hospital, no quise criticar las terapias antidepresión sino mostrar lo lento de estos procesos. Ya veo por dónde va la pregunta, pero diría que, para vencer la depresión, no es necesariamente mejor una cosa que otra. Tener al alcance de uno a la pareja nunca perjudica, parece ser que incluso sin depresión.

¿Actuar en una obra de teatro es como escribir?
Ambas cosas son actuaciones. Escribir es una interpretación, te metes en un papel, no lo haces ante un público sentado que te mira mientras escribes, pero requiere la misma concentración y estado de ánimo, salir de uno mismo y meterse en la piel de otros. El actor de mi libro actuaba por instinto, pero ahora piensa demasiado, todo lo analiza e interpreta, y eso le paraliza, ha matado su espontaneidad

¿Usted escribe por instinto o es un proceso más cerebral?
Ambas cosas. Empiezo siempre por instinto, espontáneamente, me pongo a seguir una historia que me ha seducido y, a medida que avanzo, noto como dentro de mí se activa la imaginación, el cerebro piensa, pero siempre después del chispazo instintivo.
En la novela hay sexo explícito y no demasiado convencional: lesbianas que se enamoran de hombres, cambios de sexo, tríos… ¿Qué papel tiene el sexo en esta obra?
No surgió así inicialmente, todos esos episodios del último capítulo... Para mí, lo que es central en la trama es el extraño juego al que se entregan ellos dos como pareja. Ambos vienen de haber vivido un momento personal dramático que ha revolucionado su vida cotidiana. Ella, además, era lesbiana y nunca antes había estado con un hombre como él, tan mayor. Él no sabe si va recuperar su talento y está saliendo de una depresión. Aquí el sexo es el desencadenante de una serie de cosas. Él lo utiliza para llevar la relación a su lado más perverso, con el fin de domesticarla y tener una relación convencional. Pero no le sale bien, y la humillación del título es la que él sufre por los desplantes de la muchacha. Coquetear con un hombre mayor puede ser una forma perfecta de humillarlo. El amor y la lujuria son tan maravillosos como peligrosos, pues su naturaleza es obsesiva y restrictiva.

John Updike dijo que veía demasiado Philip Roth en los personajes de sus libros. ¿Está de acuerdo con la etiqueta que le cuelgan de ficción autobiográfica?
No del todo. Introduzco elementos autobiográficos en mi ficción, cierto, pero incluso cuando empiezo un libro a partir de elementos exclusivos de mi vida, en el desarrollo siempre surgen cosas nuevas, la historia se transforma en otra cosa.

Escribe sobre affaires de gente mayor con chicas jóvenes. ¿Qué le fascina de este tipo de relaciones, también tan autobiográficas?
Que sucedan. Porque suceden, según constato en mi papel de observador de la realidad. Eso me interesa como narrador: ver qué atrae al uno y al otro.

¿Y aprende algo al escribir, sobre estos temas u otros?
¿Cuando escribo? No, no aprendo nada sobre la vida, pero sí aprendo algo muy valioso: cómo escribir ese tipo de historia de un modo eficaz y verosímil. Aprendo cómo ocuparme de ese tema de una manera literaria, cómo tratarlo y ordenarlo, cómo darle sentido. Por ejemplo, hay millones de parejas que viven juntas pero que son infelices. Pues convertir la vida de los matrimonios en material literario ha sido uno de mis trabajos.

¿Le gustan las cinco películas que se han hecho sobre sus libros?
¿Cinco? A ver… Se han filmado Complicidad sexual –de 1969, basada en Goodbye, Columbus–, El lamento de Portnoy (1972), El escritor fantasma (1984, para televisión), La mancha humana (2003) y Elegy (2008), de Isabel Coixet, que en realidad está basada en El animal moribundo y crea confusión porque en español han traducido otro libro mío, Everyman (cada hombre) como Elegía. Lo de Coixet fue un cambio de título realmente estúpido, sólo se me ocurre como razón que tuvieran miedo de que la palabra moribundo fuera poco comercial…

¿Cuál es la peor?
¿La peor? Bueno, eso es difícil de decir… Me resulta más fácil constatar que el mejor filme, sin duda, fue el de Goodbye, Columbus, la trama está muy bien llevada, y hay actuaciones memorables de los actores, como Richard Benjamin y Ali MacGraw. Las otras películas no son buenas.

¿Qué va a escribir tras Némesis?
No lo sé. ¿Alguna idea?
Hombre, así de pronto…
Antes mi cantera de temas era enorme, pero con 30 libros publicados me pregunto cuántas historias me deben de quedar por explicar. No sé yo si es un buen negocio esto de hacerse mayor…

¿Cómo es un día normal en su vida?
Desayuno y me voy a la piscina, a un gimnasio que hay aquí en la calle 59. Nado al menos cinco días a la semana. Salgo de la piscina, me seco, me visto, y a las diez y media ya estoy de vuelta aquí, ante mi escritorio, y empiezo a trabajar, un par de horas, hasta la hora de comer. Como, leyendo el periódico. Después, trabajo dos horas más, hasta las cuatro. Luego salgo a dar un paseo, pienso cosas mientras camino, vuelvo a casa… Vaya, me estoy dando cuenta de que mi vida suena muy aburrida, ¿no? No sé si parecerá una buena vida a sus lectores. Bueno, tras el paseo vuelvo a casa, miro las noticias en la televisión durante una hora. Y por las noches salgo con amigos, voy al cine, a cenar o a un concierto, pero siempre paso al menos tres noches a la semana en casa. ¿Qué más? Duermo muy bien y veo béisbol, me encanta ver los partidos de béisbol por la tele. Todo esto cambia radicalmente cuando estoy viviendo en mi casa de campo, a la que me traslado cada mes de mayo, con la llegada del calor, y que abandono en octubre para volver aquí a Nueva York. Allí vivo totalmente aislado, no hay gente, no hay nadie, no hay sitios adonde ir, así que trabajo más horas.
 
¿Qué son esos libros sobre deportes que tiene en aquella mesa?
Son sobre lanzamiento de disco, de jabalina, submarinismo… cosas que aparecen en Némesis, la novela sobre una epidemia de poliomielitis que se desarrolló durante el verano de 1944 en mi ciudad, Newark. Explico cómo afectó al vecindario. Hay una cancha de deportes, con pista de atletismo, y el protagonista del libro es el joven que la dirige. La epidemia va afectando a los chicos, deportistas aficionados. Él abandona su puesto y se va a un campamento de verano para niños, donde es el instructor de natación y submarinismo. Así que he tenido que investigar sobre la naturaleza de los deportes que enseña.

¿Es verdad que usted ha predicho el fin de la novela en tan sólo 25 años?
Bueno, mi profecía, exactamente, es que los lectores de novelas se van a reducir muy notablemente en 25 años, como si una epidemia los fuera matando. Y la lectura va a caer en picado. Está todo listo para que ese cambio se produzca de modo inevitable. Lo observo cada día, en los detalles de la vida cotidiana, incluso en mí mismo. Leer novelas será una especie de culto minoritario, como una secta distinguida.

¿Por qué?
Mire sus bolsillos: ¿cuántos gadgets lleva? ¿Cuántos dispositivos electrónicos? ¿Cuánto tiempo les dedica? Vivimos la era de las pantallas…
Bueno, también hay los e-books…
Sí, pero las pantallas de su e-book le van a permitir muchas otras opciones que van más allá de descargarse una novela. Y las otras opciones van a ser más espectaculares. Cuantos más dispositivos salen, más llamativos son. La concentración necesaria para leer una novela se da en unas circunstancias que no son las de la vida de hoy. Es la era de los artefactos electrónicos.

Su productividad como escritor se ha incrementado: publica casi un libro cada año…
Nooo, bueno, sí, pero son libritos muy cortos. Es una cuestión de tamaño. Tengo el mismo ritmo productivo que antes, siempre he escrito de manera apremiante. Cuando empiezo un libro, trabajo en él todos los días de la semana. Mi amigo Saul Bellow me decía que ningún escritor debería morir mientras tuviese un libro entre manos. Ojalá tenga razón...
Sigue recibiendo críticas de las feministas...

¿Aún siguen?
En internet, una reseñista se refería a usted como “el gran macho novelista”.
¿Dónde ha visto eso? ¿Gran macho novelista? Ah, pues está bien, no me suena mal.

¿Cuáles han sido sus mayores errores como escritor?
De 1962 a 1967 no pude escribir. En esos cinco años empecé varios libros que jamás acabé, podría usted llamarlo error, pero por otro lado era muy joven y estuve probando diferentes tonos y modalidades, iba encontrando mi voz como escritor. Así que mis errores fueron muy útiles. Pasaba meses leyéndome y exclamando: “¡Esto está mal! ¿Pero por qué?”. Al final empecé a usar un truco que aún me resulta práctico: pienso en lo que escribo como si fuera algo que realmente ha sucedido y, para hacerlo creíble, me pregunto: “¿Esto cómo sucedió? Intenta recordar…”. Y así me sale.

¿Lo mismo le sucede en la vida? ¿Da gracias a sus errores?
Aprender es bueno. Si no fuera por mis equivocaciones, seguiría en el porche de la casa donde crecí.

Como lector, ¿qué prefiere leer, los últimos diez premios Pulitzer o los últimos diez premios Nobel?
Esa pregunta es muy fácil: ¡ninguno de ellos!

¿Cómo le sienta ser eterno candidato al Nobel?
No espero nada de la Academia Sueca. Y ellos, cada año, satisfacen mis expectativas.

¿Le molestaron los comentarios despectivos de Horace Engdahl, el dimitido secretario de la Academia Sueca, sobre usted y la literatura norteamericana?
No comento eso. Pero la literatura de EE.UU. es la más fuerte del mundo. Mire mi generación: Ed Doctorow, Reynolds Price, Joyce Carol Oates, Toni Morrison… Son bastante buenos, ¿verdad? Y acabamos de perder a tres gigantes: Saul Bellow, Norman Mailer y John Updike. Todos son nombres de primera fila. No todos los países tienen eso.

¿Qué está leyendo?
He acabado Doctor Zhivago, de Boris Pasternak, a quien precisamente le dieron el Nobel pero nunca pudo recibirlo. Hay una serie de libros que quiero releer antes de morirme, y ahora he empezado uno de ellos, los Cuentos de Canterbury, de finales del siglo XIV; yo estudié inglés antiguo en la universidad para poder leer ese libro. Ahora he olvidado lo que aprendí y lo releo en una traducción al inglés moderno, y me estoy dando cuenta de la cantidad de cosas que me perdí por mis defectuosos conocimientos lingüísticos. Me he hecho una lista de autores que voy a releer antes de irme de este mundo, que incluye a Dostoyevski, Faulkner, Turguenev o Conrad.

¿No lee a escritores vivos?
Sí, a mi amigo Don DeLillo, y a Salman Rushdie.

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