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28 nov 2011

Poema - Marcel Proust

…Mi lámpara, en una mesilla al lado de mi cama, en medio de vasos, de frascos, de bebidas frescas, de librillos 
preciosamente encuadernados, de cartas de amistad o de amor, ilumina vagamente en
 el fondo mi biblioteca. ¡La hora divina! A las cosas usuales, como a la naturaleza, las he
 hecho sagradas por no poder vencerlas. Las he revestido con mi alma y con imágenes
 íntimas o espléndidas. Vivo en un santuario, en medio de un espectáculo. Soy el centro de
 las cosas y cada una me procura sensaciones y sentimientos magníficos o melancólicos,
que disfruto. Ante los ojos tengo visiones espléndidas. Se está bien en esta cama… Me
 duermo.

13 sept 2011

Poema



Mi lámpara, en una mesilla al lado de mi cama, en medio de vasos, de frascos, de bebidas frescas, de librillos preciosamente encuadernados, de cartas de amistad o de amor, ilumina vagamente en el fondo mi biblioteca. ¡La hora divina! A las cosas usuales, como a la naturaleza, las he hecho sagradas por no poder vencerlas. Las he revestido con mi alma y con imágenes íntimas o espléndidas. Vivo en un santuario, en medio de un espectáculo. Soy el centro de las cosas y cada una me procura sensaciones y sentimientos magníficos o melancólicos, que disfruto. Ante los ojos tengo visiones espléndidas. Se está bien en esta cama… Me duermo.



25 ene 2011

APELLIDOS DE PERSONAS

Si YO PUDIESE liberarlo delicadamente de la usura de la costumbre y volver a ver en su frescor primero este apellido de Guermantes, cuando únicamente mi sueño le prestaba su color, encararlo a esa Mme. de Guermantes que yo conocí y cuyo nombre significa para mí ahora la imaginación que materializó su conocimiento, es decir, que destruyó, de la misma forma que la villa de Pont-Aven estaba construida con los elementos completamente imaginativos que evoca la sonoridad de su nombre, Mme. de Guermantes estaba igualmente formada de la sustancia toda color y leyenda que yo veía al pronunciar su apellido. Era también una persona de hoy, mientras que su apellido me la presentaba a la vez en el día de hoy y en el siglo XIII, simultáneamente en la mansión que parecía una vitrina y en la torre de un castillo solitario que recibía siempre el último rayo del poniente, imposibilitada por su rango de dirigir la palabra a nadie. En París, en la mansión-vitrina, pensé que hablaba a otras personas que también estaba en el siglo XIII y en el nuestro, que tenían también melancólicos castillos y que tampoco hablaban con otras personas. Pero estos nobles misteriosos debían tener apellidos que jamás había oído yo, los apellidos célebres de la nobleza, La Rochefoucauld, La Trémoille, que se han convertido en nombres de calles, nombres de obras que me parecían demasiado públicas, convertidos en nombres demasiado vulgares para eso.
Los distintos Guermantes permanecerán reconocibles en la extraña piedra de la sociedad aristocrática, en donde se los veía aquí y allá, como esos filones de una materia más dorada, más preciosa que vetean un fragmento de jaspe. Se los distinguía, se seguía en el seno de ese mineral al que estaban mezclados las ondulaciones de sus crines de oro, como esa cabellera casi luminosa que corre despeinada al borde del ágata esponjosa. Y mi vida también había sido atravesada o acariciada por su hilo luminoso en varios lugares de su superficie o de su profundidad. En efecto, había olvidado que en las canciones que mi vieja criada me cantaba había una Gloria a la señora de Guermantes de la que se acordaba mi madre. Pero con el tiempo, de año en año, esos Guermantes surgían de un lado o de otro entre los azares y las sinuosidades de mi vida, como un castillo que desde el ferrocarril se percibe siempre, ya sea a la derecha o a la izquierda.
Y a causa de eso mismo, de los rodeos especiales de mi vida, que me situaban en su presencia de una forma cada vez distinta, acaso no había pensado yo, en ninguna de aquellas circunstancias particulares, en la raza de los Guermantes, sino sólo en la anciana señora a la que mi abuela me había presentado y que era preciso preocuparse de saludar, en lo que podría pensar Mme. de Quimperlé viéndome con ella, etc. Mi conocimiento de cada Guermantes había surgido de circunstancias tan contingentes y cada uno había sido conducido tan materialmente ante mí por las imágenes plenamente físicas que mis ojos y mis oídos me habían facilitado, por la tez rojiza de la vieja dama, estas palabras "Venga a verme antes de cenar", que no pude tener la impresión de un contacto con aquella raza misteriosa, como podía suceder a los antiguos con una raza por cuyas venas corriera una sangre animal o divina. Pero a causa de eso mismo, dando quizá, cuando yo pensaba en ello, algo más poético a la existencia, pensando que las circunstancias solas habían ya acercado tantas veces a mi vida bajo pretextos diversos lo que había constituido la imaginación de mi infancia. En Querqueville me había dicho Montargis un día que hablábamos de Mlle. de Saint-Etienne: "¡Ah!, es una verdadera Guermantes, es como mi tía Septimia, son sajonas, figurillas de Sajonia". Al llegar estas palabras a mis oídos, traen consigo una imagen indeleble que se convierte en mí en una necesidad de tomar al pie de la letra lo que se me dice y que me lleva más lejos de lo que llevaría la más estúpida ingenuidad. Desde aquel día no puedo ya pensar en las hermanas de Mlle. de Saint-Étienne y en la tía Septimia más que como en figurillas de Sajonia puestas en fila en una vitrina en donde no hubiera más que objetos preciosos, y cada vez que se hablaba de una mansión Guermantes en París o en Poitiers, la veía como un frágil y puro rectángulo de cristal intercalado entre las casas como una flecha gótica entre los tejados, y tras cuya vidriera las señoras Guermantes, ante las cuales ninguna de las personas que integrasen el resto del mundo tenía derecho a insinuarse, brillaban con los más suaves colores de las figurillas de Sajonia.

CUANDO vi a Mme. de Guermantes sufrí la misma ligera decepción al descubrirle las mejillas de carne y un traje sastre allí donde yo imaginaba una estatuilla de Sajonia, que cuando fui a ver la fachada de San Marcos que Ruskin había descrito como de perlas, zafiros y de rubíes. Pero yo seguía creyendo que su mansión era una vitrina y de hecho lo que veía se le parecía un poco y por lo demás no podía ser más que un embalaje protector. Pero incluso el lugar en donde ella habitaba tenía que ser también distinto al resto del mundo, tan impenetrable e imposible de hollar por pies humanos como los anaqueles de cristal de una vitrina. A decir verdad, los Guermantes reales, aunque difirieran sustancialmente de mi sueño, eran sin embargo, una vez admitido que eran hombres y mujeres, bastante particulares. Yo no sé bien cuál era la raza mitológica que había nacido de una diosa y de un pájaro, pero sé con seguridad que eran los Guermantes.
Altos, los Guermantes no lo eran generalmente, por desgracia, de una forma simétrica, y como para dar una media constante, una especie de línea ideal, de armonía que es preciso trazar constantemente por sí mismo como con el violín, entre sus hombros demasiado prolongados, su cuello demasiado largo que hundían con gesto nervioso sobre un hombro, como si se les hubiese besado junto al otro oído, sus cejas desiguales, sus piernas muchas veces también desiguales debido a accidentes de caza, se levantaban continuamente, se retorcían, no se les veía nunca más que de lado, o erguidos, cogiendo un monóculo, llevándolo hasta las cejas, rodeando la rodilla izquierda con su mano derecha.
Tenían, al menos todos los que habían mantenido el tipo familiar, una nariz demasiado aguileña (aunque sin ninguna relación con la curva judía), demasiado larga, que en seguida, sobre todo en las mujeres cuando eran bonitas, y más que en ninguna otra en Mme. de Guermantes, se grababa la primera vez en la memoria como algo casi desagradable, como el ácido de los grabadores; por debajo de aquella nariz que despuntaba, el labio demasiado fino, demasiado poco carnoso, daba a la boca algo de sequedad y una voz ronca, como el graznido de un ave, un poco agrio pero que embriagaba. Los ojos eran de un azul profundo que de lejos brillaba como la luz, y te miraban fijamente, con dureza, pareciendo clavar en ti la punta de un zafiro inalterable, más con un aspecto de profundidad que de dominio, no tanto queriendo dominarte como escrutarte. Los más tontos de la familia recibían por su madre y perfeccionaban luego por educación ese aire de sicología a la que nada se resiste y de dominio de los seres, pero al que su estupidez o su debilidad habrían conferido una cierta comicidad, si aquella mirada no hubiese sido de por sí de una inefable belleza. El pelo de los Guermantes era habitualmente rubio tirando a pelirrojo, pero de una especie singular, una especie de esponja de oro mitad copo de seda, mitad piel de gato. Su tez que había sido ya proverbial en el siglo XIX era de una rosa malva, como el de algunos ciclaminos, y se granulaba muchas veces en la vertiente de la nariz debajo del ojo izquierdo con una espinilla seca, siempre situada en el mismo sitio, pero que a veces abultaba la fatiga. Y en algunos miembros de la familia, que no se casaban más que entre primos, había adquirido un tono violáceo. Había algunos Guermantes que iban poco a París y que, contoneándose como todos los Guermantes por debajo de su nariz prominente entre sus mejillas grana y sus pómulos amatista, tenían el aspecto de un cisne majestuosamente tocado con plumas purpúreas, que se ensaña aviesamente con las matas de lirios o de heliótropos.
Los Guermantes tenían los modales de la alta sociedad, aunque no obstante aquellos modales reflejaban más bien la independencia de los nobles a quienes siempre les había gustado resistirse a los reyes, antes que la vanidad de otros nobles tan nobles como ellos a quienes les gustaba verse distinguidos por ellos y servirles. Así cuando otros decían de buena gana, incluso hablando entre ellos: "He estado en casa de la señora duquesa de Chartres", los Guermantes decían incluso a los criados: "Llamad al coche de la duquesa de Chartres". Para concluir, su mentalidad la configuraban dos rasgos: desde el punto de vista moral por la importancia capital reconocida a los buenos instintos. Desde Mme. de Villeparisis al último vástago Guermantes, poseían la misma entonación de voz para decir de un cochero que los había llevado una vez: "Se nota que es un hombre de buenos instintos, de natural recto, y buen fondo". Y entre los Guermantes, lo mismo que en todas las familias humanas, los había buenos, y los había despreciables, mentirosos, ladrones, crueles, libertinos, falsarios, asesinos: éstos más encantadores, por otra parte, que los otros, sensiblemente más inteligentes, más afables que por el aspecto físico, la mirada azul escrutadora y el zafiro compacto no presentaban más que un rasgo común con los otros, esto es, en los momentos en que salía a la luz el fondo permanente, el natural que aparece, que es decir: "Se nota que tiene buenos instintos, de natural recto, un gran corazón, ¡todo eso!"
Los otros dos rasgos constitutivos de la mentalidad de los Guermantes eran menos universales. Decididamente intelectuales, no se mostraban más que en los Guermantes de inteligencia, es decir, creyendo serlo, e imbuidos entonces de la idea de que lo eran en grado sumo, puesto que estaban extremadamente contentos de sí mismos. Uno de esos rasgos consistía en la creencia de que la inteligencia, así como la bondad y la piedad consistían en cosas exteriores, en conocimientos. Un libro que hablaba de cosas conocidas les parecía insignificante. "Este autor no te habla más que de la vida del campo, de los castillos. Pero todo el mundo que ha vivido en el campo sabe esas cosas. Tenemos la debilidad de que nos gustan los libros que nos enseñan alguna cosa. La vida es corta, y no vamos a perder una hora preciosa leyendo L'Orme du Mail, en donde nos cuenta Anatole France cosas de la provincia que sabemos tan bien como él".
Pero esta originalidad de los Guermantes, que la vida me brindaba como compensación, como motivo de disfrute, no era la originalidad que perdí en cuanto los conocí y que los hacía poéticos y dorados como su apellido, legendarios, impalpables como las proyecciones de la linterna mágica, inaccesibles como su castillo, de tonos vivos en una casa transparente y clara, en un saloncillo de vidrio, como estatuillas de Sajonia. Por lo demás, cuántos apellidos nobles tienen ese encanto de ser nombres de los castillos, de las estaciones de ferrocarril en las que se ha soñado tan a menudo, al leer una guía de ferrocarril, bajar en un atardecer de verano, cuando en el norte las enramadas pronto solitarias y profundas, entre las que se intercala y pierde la estación, están ya enrojecidas por la humedad y el frescor, como en otros sitios con la llegada del invierno.

TODAVÍA constituye hoy uno de los grandes encantos de las familias nobles el que parezcan afincadas en un confín de tierra particular, que su nombre, que siempre es un nombre de lugar, o que el nombre de su castillo (que muy a menudo el mismo) dé en seguida a la imaginación la sensación de residencia y el deseo del viaje. Cada apellido noble contiene en el espacio coloreado de sus sílabas un castillo, en donde tras un camino difícil, la llegada la endulza una alegre velada de invierno, y en derredor la poesía de su estanque, y de su iglesia, que repite por su parte tantas veces el apellido, con sus armas, en sus lápidas sepulcrales, al pie de las estatuas pintadas de los antepasados, en el rosa de las vidrieras heráldicas. Me diréis que esa familia que mora desde hace dos siglos en su castillo cerca de Bayeux, que da la sensación de haberse construido en las tardes de invierno por los últimos copos de espuma, prisionero, en la niebla, vestido interiormente de tapicería y de encaje, que su apellido es en realidad provenzal. Eso no le impide que me evoque la Normandía, como muchos árboles, llegados de las Indias y del Cabo, se han aclimatado tan bien a nuestras provincias que nada nos produce una impresión menos exótica y más francesa que su follaje y sus flores. Si el hombre de esa familia italiana se yergue altivamente desde hace tres siglos sobre un profundo valle normando, si desde allí, cuando el terreno se hace llano, se divisa la fachada de pizarra roja y de piedra grisácea del castillo, al mismo nivel que las campanas de púrpura de Saint-Pierre-sur-Dives, es normando como los manzanos que... y que no llegaron del Cabo más que... (laguna en el manuscrito). Si esta familia provenzal tiene su mansión desde hace dos siglos en una esquina de la gran plaza de Falaise, si los invitados que vinieron a jugar su partida por la noche, al dejarlos después de las diez, corren el riesgo de despertar a los burgueses de Falaise, y se oyen sus pasos repercutir indefinidamente en la noche, hasta la plaza de la torre, como en una novela de Barbey d'Aurevilly, si el tejado de su mansión se divisa por entre dos campanarios, en donde está encajado como en una playa normanda un guijarro entre dos conchas caladas, entre las torrecillas rosáceas y nerviadas de dos cangrejos ermitaños, si los invitados que llegan antes de cenar pueden al bajar del salón lleno de preciosas piezas chinas adquiridas en la época del gran comercio de los marinos normandos con el Extremo Oriente, pasearse con los miembros de las diferentes familias nobles que viven desde Coutances a Caen, y de Thury Harcourt a Falaise, por el jardín en pendiente, bordeado por las fortificaciones de la ciudad, hasta el río rápido en donde, esperando la cena, se puede pescar en el recinto de la propiedad, como en un relato de Balzac, ¿qué importa que esta familia haya venido de Provenza a establecerse aquí, y que su nombre sea provenzal? Se ha hecho normando, como esas bellas hortensias rosa que se observan de Honfleur a Valognes, y desde Pont-L'Eveque a Saint-Vaast, como una obra añadida, pero que caracteriza ahora al campo que embellece, y que llevan a una casa solariega normanda el color delicioso, añoso y fresco de una loza china traída desde Pekín, pero por Jacques Cartier.
Tienen otros un castillo perdido en los bosques y es largo el camino hasta llegar a ellos. En la Edad Media no se oía en su contorno más que el sonido del cuerno y el ladrido de los perros. Hoy, cuando un viajero llega por la noche a hacerles una visita, es el bocinazo del automóvil lo que ha reemplazado a uno y otro y lo que se auna como el primero con la atmósfera húmeda que atraviesa bajo el follaje, saturado luego del olor a rosas en el parterre principal, y emotivo, casi humano como el segundo, advierte a la castellana que se asoma a la ventana que no cenará ni jugará sola esta noche frente al conde. Sin duda, cuando oigo el nombre del sublime castillo gótico que hay cerca de Ploérmel, cuando pienso en las largas galerías del claustro, y en las alamedas por las que se camina entre las retamas y las rosas sobre las tumbas de los abades que vivían ahí, bajo esas galerías, a la vista de este vallecillo desde el siglo VIII, cuando aún no vivía Carlomagno, cuando no se alzaban las torres de la catedral de Chartres ni abadía sobre la colina de Vézelay, por encima del Cousin profundo y rico en peces, sin duda, si en uno de esos momentos en que el lenguaje de la poesía resulta aún demasiado preciso, demasiado henchido de palabras, y en consecuencia de imágenes conocidas, para no turbar esa corriente misteriosa que el Apellido, ese algo anterior al conocimiento derrama, que en nada se parece a lo que conocemos, como sucede a veces en nuestros sueños, sin duda después de haber llegado a la escalinata y haber visto aparecer algunos criados, el uno cuyo aire melancólico, la nariz de larga curva, cuyo graznido ronco y raro inclina a pensar que se ha encarnado en él uno de los cisnes del estanque, que ha sido desecado, el otro, en cuyo rostro terroso la mirada vertiginosamente atemorizada hace adivinar un topo astuto acorralado, hallaremos en el gran vestíbulo los mismos percheros, los mismos abrigos que en todas partes, y en el mismo salón la misma Revue de Paris y Comoedia. E incluso, si todo oliese aún a siglo XIII, incluso los invitados inteligentes ante todo inteligentes, dirían allí cosas inteligentes de estos tiempos. (Quizá tendrían que no ser tan inteligentes, ni su conversación tener relación con las cosas del lugar, como esas descripciones que sólo son evocadoras si hay imágenes precisas y ninguna abstracción).
Lo mismo ocurre con la nobleza extranjera. El apellido de este o aquel señor alemán está cruzado como por un soplo de poesía fantástica en el seno de un olor a cerrado, y la repetición burguesa de las primeras sílabas puede hacer pensar en caramelos de colores comidos en una pequeña tienda de ultramarinos de una vieja plaza alemana, mientras que en la sonoridad versicolor de la última sílaba se oscurece la vidriera de Aldgrever en la vieja iglesia gótica de enfrente. Y tal otro es el nombre de un riachuelo nacido en la Selva Negra al pie de la antigua Wartbourg y atraviesa todos los valles frecuentados por los gnomos y está dominado por todos los castillos en donde reinaron los antiguos señores, donde soñó Lutero; y todo aquello está en las posesiones del señor y puebla su nombre. Pero yo cené con él ayer, su figura es de hoy, sus ropas son de hoy, sus palabras y sus ideas son de hoy. Y por elevación y franqueza, si se habla de nobleza, o de Wartbourg, dice: "¡Oh! hoy, ya no quedan príncipes".
Ciertamente, nunca los hubo. Pero en el único sentido imaginativo en el que pueden existir, no hay hoy más que un largo pasado que ha llenado los apellidos de sueños (Clermont-Tonnerre, Latour y P..., los duques de C. T.). El castillo, cuyo nombre aparece en Shakespeare y en Walter Scott, de esa duchess corresponde al siglo XIII escocés. En sus tierras está la admirable abadía que tantas veces ha pintado Turner, y son sus antepasados cuyas tumbas están colocadas en la catedral destruida donde los bueyes, entre los arcos ruinosos, y las zarzas en flor, y que nos impresiona todavía más por pensar que es una catedral porque estamos obligados a imponer su idea inmanente a cosas que sin eso serían otras y llamar pavimento de la nave a ese prado y entrada del coro a ese bosquecillo. Esta catedral la construyeron sus antecesores y le pertenece todavía, y se halla en sus tierras ese torrente divino, hecho todo frescor y misterio bajo un tejadillo apuntado con el infinito de la llanura y el sol descendiendo en un gran espacio de cielo azul rodeado de dos vergeles, que señalan como un cuadrante solar, a la inclinación de la luz que los toca, la hora feliz de una tarde ya avanzada; y la ciudad entera escalonada a lo lejos y el pescador de caña tan feliz que conocemos por Turner y que recorreríamos toda la tierra para hallar, para saber que la belleza, el encanto de la naturaleza, la dicha de la vida, la insigne belleza de la hora y del lugar existen, sin pensar que Turner —y tras él Stevenson— no han hecho más que presentarnos como especial y deseable en sí mismo tal lugar escogido lo mismo que cualquier otro en donde su cerebro haya sabido poner su deseable belleza y su singularidad. Pero la duquesa me ha invitado a cenar con Marcel Prévost; y Melba vendrá a cantar, y yo no atravesaré el estrecho.
Pero aunque me invitase en compañía de señores de la Edad Media, mi decepción sería la misma, pues no puede existir identidad entre la poesía desconocida que puede existir en un apellido, es decir una urna de cosas desconocidas, y las cosas que la experiencia nos muestra y que corresponden a palabras, a las cosas conocidas. Se puede deducir, de la decepción inevitable, tras nuestro encuentro con las cosas cuyos nombres conocemos, por ejemplo con el que ostenta un gran apellido territorial e histórico, que al no corresponder ese encanto imaginativo a la realidad, es una poesía de carácter convencional. Pero aparte de que yo no lo creo, y pienso demostrar un día todo lo contrario, teniendo sólo en cuenta el realismo, este realismo sicológico, esa exacta descripción de nuestros sueños sería preferible al otro realismo, puesto que tiene por objeto una realidad que es mucho más vivaz que la otra, que tiende perpetuamente a reformarse en nosotros, que, desertando de los países que hemos visitado, alcanza todavía a todos los demás, y recubre de nuevo aquéllos a los que hemos conocido una vez que están algo olvidados y que han vuelto a ser para nosotros nombres, puesto que ella nos acosa incluso en sueños, y da a los países, a las iglesias de nuestra infancia, a los castillos de nuestros sueños, la apariencia de tener la misma naturaleza que los nombres, la apariencia hecha de imaginación y de deseo que no volvemos a encontrar una vez despiertos, o en el momento en que, dándonos cuenta de ella, nos dormimos; puesto que nos produce infinitamente más placer que la otra que nos molesta y nos decepciona, y es un principio de acción y pone siempre en movimiento al viajero, ese amante siempre decepcionado y que siempre vuelve a ponerse en marcha con más ánimo, puesto que son solamente las páginas que llegan a darnos esa impresión las que nos dan la sensación del genio.
No sólo los nobles tienen un apellido que nos hace soñar, sino al menos respecto a un gran número de familias, los apellidos de los padres, de los abuelos y así sucesivamente, son también de esos hermosos apellidos, de modo que ninguna sustancia no poética impide este injerto constante de apellidos coloreados y sin embargo transparentes (porque no se le adhiere ninguna materia indigna), que nos permiten ascender durante mucho tiempo de brote en brote de cristal coloreado, como por el árbol de Jessé de una vidriera. Las personas adquieren en nuestro pensamiento esa pureza de sus apellidos que son totalmente imaginativos. A la izquierda un clavel rosa, luego el árbol sigue ascendiendo, a la izquierda un lirio, el tallo continúa, a la derecha una neguilla azul; su padre se había casado con un Montmorency, rosa de Francia, la madre de su padre era una Montmorency-Luxembourg, clavel coronado, rosa doble, cuyo padre se había unido a una Choiseul, neguilla azul, luego una Charost, clavel rosa. Por momentos, un apellido muy local y antiguo, como una flor rara que no se ve más que en los cuadros de Van Huysum, parece más triste porque la hemos mirado con menos frecuencia. Pero inmediatamente tenemos el regocijo de ver que a los lados de la vidriera en donde florece este tallo de Jessé, comienzan otras vidrieras de colores que cuentan la vida de los personajes que no eran al principio más que neguilla y lirio. Pero como estas historias son antiguas y pintadas también sobre vidrio, el conjunto se armoniza de maravilla. "Príncipe de Wurtemberg, su madre nació María de Francia, cuya madre procedía de la familia de Dos Sicilias". Pero entonces, ¿sería su madre la hija de Luis-Felipe y de María Amelia que se casó con el duque de Wurtemberg? Y entonces divisamos a la derecha en nuestro recuerdo la pequeña vidriera, la princesa en traje de jardín en las fiestas de la boda de su hermano el duque de Orleáns, para dar fe de su disgusto por haber visto rechazar a sus embajadores que habían ido a pedir para ella la mano del príncipe de Siracusa. Luego tenemos a un bello joven, el duque de Wurtemberg que va a pedir su mano, y ella se muestra tan dichosa de marchar con él que besa sonriendo en el umbral a sus padres que lloran, lo que juzgan severamente los criados inmóviles al fondo; pronto vuelve enferma, da a luz a un niño (precisamente ese duque de Wurtemberg, caléndula amarilla, que nos ha hecho ascender a lo largo de árbol de Jessé hasta su madre, rosa blanca, de donde hemos saltado a la vidriera de la izquierda), sin haber visto el único castilllo de su esposo, Fantasía, cuyo solo nombre la había decidido a casarse con él. E inmediatamente, sin esperar los cuatro acontecimientos de la base de la vidriera que nos representan en Italia a la pobre princesa moribunda, y a su hermano Nemours acudiendo junto a ella, mientras que la reina de Francia manda preparar una flota para ir junto a su hija, miramos ese castillo Fantasía en donde ella fue a alojar su vida desordenada, y en la vidriera siguiente percibimos, pues los lugares tienen su historia como las razas, en esa misma Fantasía, a otro príncipe, también fantasioso, que también había de morir joven y tras tan extraños amores, Luis II de Baviera; y en efecto, por debajo de la primera vidriera habíamos leído sin ni siquiera prestar atención estas palabras de la reina de Francia: "Un castillo cerca de Barent". Pero es preciso que volvamos al árbol de Jessé, príncipe de Wurtemberg, caléndula amarilla, hijo de Luisa de Francia, neguilla azul. ¡Cómo! ¿Vive aún su hijo, que ella apenas conoció? Y cuando habiendo preguntado a su hermano cómo estaba, le dijo: "No muy mal, pero los médicos están inquietos", ella respondió: "Nemours, te comprendo", y luego se mostró dulce con todos, pero ya no volvió a pedir que se le enseñara su hijo, ante el temor de que sus lágrimas la traicionaran. ¡Cómo! ¿Vive aún este niño, vive el príncipe real Wurtemberg? Quizá se le parezca, quizá ha heredado de ella algo de sus gustos por la pintura, por el sueño, por la fantasía, que ella creía alojar tan bien en su castillo Fantasía. Cómo recibe su figura en la pequeña vidriera un sentido nuevo desde que lo sabemos hijo de Luisa de Francia. Pues esos bellos apellidos nobles, o están sin historia y oscuros como un bosque, o, históricos, siempre la luz de los ojos, bien conocidos por nosotros, de la madre, ilumina toda la figura del hijo. El rostro de un hijo que vive, ostensorio en que ponía toda su fe una sublime madre muerta, es como una profanación de aquel recuerdo sagrado. Pues es aquel rostro al que esos ojos suplicantes han dirigido un adiós que ya no iba a poder olvidar un solo segundo. Pues es con la línea tan bella de la nariz de su madre con la que se ha hecho la suya, pues es con la sonrisa de su madre con la que incita a la perdición a las muchachas, pues es con el movimiento de cejas de su madre para mirarle con más ternura con lo que miente, pues queda esa expresión que su madre adoptaba cuando hablaba de todo lo que le resultaba indiferente, es decir, de todo lo que no era él, la tiene él ahora cuando habla de ella, cuando dice con indiferencia "mi pobre madre".
Junto a estas vidrieras se hallan vidrieras secundarias, en donde sorprendemos un apellido oscuro, entonces, apellido del capitán de la guardia que salva al Príncipe, del patrón del navio que lo lanza al mar para que escape la princesa, apellido noble pero oscuro y que se llegó a conocer después, nacido entre circunstancias trágicas como una flor entre dos adoquines, y que lleva para siempre en él el reflejo de la abnegación que lo ilustra y lo hipnotiza todavía. Por mi parte, hallo más enternecedores todavía a esos apellidos nobles, todavía querría penetrar mucho más en el alma de los hijos que no ilumina más que la sola luz de ese recuerdo, y que de todas las cosas posee la visión absurda y deformada que da ese resplandor trágico. Me acuerdo de haberme reído de ese hombre encanecido, que prohibía a sus hijos que hablaran a un judío, rezando sus oraciones en la mesa, tan correcto, tan avaro, tan ridículo, tan enemigo del pueblo. Y su apellido se ilumina ahora para mí cuando vuelvo a verlo, apellido de su padre, que hizo escapar a la duquesa de Berri en un barco, alma en donde ese resplandor de la vida inflamada por el que vemos enrojecer el agua en el instante en que apoyada sobre él la duquesa va a hacerse a la vela, ha sido la única luz que queda. Alma de naufragio, de antorchas encendidas, de felicidad no razonada, alma de vidriera. Quizás encontrase yo bajo esos apellidos algo tan diferente a mí que en la realidad resultaría aquello casi de la misma sustancia que un Apellido. Pero, ¡cómo se burla la naturaleza de todos! He aquí que entro en relación con un joven infinitamente inteligente y más bien como si se tratara de un hombre importante del mañana que de un gran hombre de hoy, que no sólo ha llegado y comprendido, sino que ha superado y renovado el socialismo, el nietzcheismo, etc. Y me doy cuenta de que es el hijo del hombre que yo veía en el comedor de la mansión tan sencillo con sus adornos ingleses que parecía como la habitación del Rêve de sainte Ursule, o la habitación en donde la reina recibe a los embajadores que le suplican en la escena de la vidriera que huya, antes de que se haga a la mar, cuyo reflejo trágico esclarecía para mí su silueta, como sin duda, desde el interior de su pensamiento, le iluminaba el mundo.

16 feb 2010

El tiempo recobrado (fragmento)

¿Qué valor puede tener la literatura de notas, si la realidad está contenida en pequeñas cosas como las que anota (la grandeza en el ruido remoto de un aeroplano, en el perfil del campanario de San Hilario, el pasado en el sabor de una magdalena, etc.) y carecen de significado por sí mismas si no lo deducimos de ellas? Lo que constituía para nosotros nuestro pensamiento, nuestra vida, la realidad, es la cadena de todas esas expresiones inexactas, conservada por la memoria, donde, poco a poco, no va quedando nada de lo que realmente hemos sentido, y esa mentira no haría más que reproducir un arte que llaman «vivido», simple como la vida, sin belleza, doble empleo tan aburrido y tan vano de lo que nuestros ojos ven y de lo que nuestra inteligencia comprueba que nos preguntamos dónde encuentra el que se entrega a ello la chispa gozosa y motriz, capaz de ponerle en movimiento y de hacerle adelantar en su tarea. En cambio, la grandeza del arte verdadero, del que monsieur de Norpois hubiera llamado un juego de dilettante, estaba en volver a encontrar, en captar de nuevo, en hacernos conocer esa realidad lejos de la cual vivimos, de la que nos apartamos cada vez más a medida que va tomando más espesor y más impermeabilidad el conocimiento convencional con que sustituimos esa realidad que es muy posible que muramos sin haberla conocido, y que es ni más ni menos que nuestra vida. La verdadera vida, la vida al fin descubierta y dilucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida es la literatura; esa vida que, en cierto sentido, habita a cada instante en todos los hombres tanto como en el artista. Pero no la ven, porque no intentan esclarecerla. Y por eso su pasado está lleno de innumerables clichés que permanecen inútiles porque la inteligencia no los ha «desarrollado». Nuestra vida es también la vida de los demás; pues, para el escritor, el estilo es como el color para el pintor, una cuestión no de técnica, sino de visión. Es la revelación, que sería imposible por medios directos y conscientes, de la diferencia cualitativa que hay en la manera como se nos presenta el mundo, diferencia que, si no existiera el arte, sería el secreto eterno de cada uno. Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro, y cuyos paisajes nos serían tan desconocidos como los que pueda haber en la luna. Gracias al arte, en vez de ver un solo mundo, el nuestro, lo vemos multiplicarse, y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales hay, unos mundos más diferentes unos de otros que los que giran en el infinito y, muchos siglos después de haberse apagado la lumbre de que procedía, llamárase Rembrandt o Ver Meer, nos envía aún su rayo especial.
Ese trabajo del artista, ese trabajo de intentar ver bajo la materia, bajo la experiencia, bajo las palabras, algo diferente, es exactamente el trabajo inverso del que cada minuto, cuando vivimos apartados de nosotros mismos, el amor propio, la pasión, la inteligencia y también la costumbre, realizan en nosotros cuando amontonan encima de nuestras impresiones verdaderas, para ocultárnoslas enteramente, las nomenclaturas, los fines prácticos que llamamos falsamente la vida. En suma, ese arte tan complicado es precisamente el único arte vivo. Sólo él expresa para los demás y nos hace ver a nosotros mismos nuestra propia vida, esa vida que no se puede «observar», esa vida cuyas apariencias que se observan requieren ser traducidas y muchas veces leídas al revés y penosamente descifradas. Ese trabajo que hizo nuestro amor propio, nuestra pasión, nuestro espíritu de imitación, nuestra inteligencia abstracta, nuestros hábitos, es el trabajo que el arte deshará, es la marcha que nos hará seguir, en sentido contrario, el retorno a las profundidades donde yace, desconocido por nosotros, lo que realmente ha existido. Y era sin duda una gran tentación recrear la verdadera vida, rejuvenecer las impresiones. Pero hacía falta valor de todo género, hasta sentimental. Pues era, ante todo, renunciar a las más caras ilusiones, dejar de creer en la objetividad de lo que uno mismo ha elaborado, y, en lugar de recrearse por centésima vez en esas palabras: «Era muy simpática», leer al través: «Me gustaba mucho besarla». Cierto que lo que yo sentí en aquellas horas de amor lo sienten también todos los hombres. Se siente, pero lo que se ha sentido es como ciertos clichés en los que, mientras no se les acerca a una lámpara, no se ve más que negro, y que también hay que mirar al revés: no se sabe lo que es mientras no se acerca a la inteligencia. Sólo entonces, cuando la inteligencia la ilumina, cuando la intelectualiza, se distingue, y con cuánto trabajo, la figura de lo que se ha sentido.

20 ene 2010

CONCLUSIÓN

En cuanto leía a un escritor, distinguía muy pronto bajo las palabras la tonada de la canción, que es diferente en cada autor a la que existe en los demás, y leyendo, sin darme cuenta, la canturreaba, aceleraba las notas, las moderaba, o las interrumpía, para señalar su compás y su repetición, como se hace cuando se canta, y se espera a veces mucho tiempo según el compás de la música, antes de pronunciar el final de una palabra.
Sabía muy bien que si, al no haber podido trabajar nunca, no sabía escribir, tenía el oído más fino y más entonado que muchos otros, lo que me ha permitido hacer pastiches, pues en un escritor, cuando se tiene la música, las palabras llegan pronto. Pero este don no lo he utilizado, y de vez en cuando, en períodos diferentes de mi vida, ese, como el de descubrir una relación profunda entre dos ideas, dos sensaciones, siempre lo siento vivo en mí, pero no fortalecido, y que pronto estará debilitado y muerto. Sin embargo, será difícil, pues con frecuencia al estar más enfermo, cuando ya no me acuden ideas a la mente y se me van las fuerzas, cuando ese yo que a veces reconozco percibe esos vínculos entre dos ideas, como suele ocurrir en otoño, cuando no quedan ya flores ni hojas, que es cuando se oyen en los paisajes los acordes más profundos. Y este muchacho que juega así en mi interior, sobre las ruinas, no necesita ningún alimento, se nutre sólo del placer que la visión de la idea que descubre le proporciona, él la crea, ella lo crea, él muere, pero una idea lo resucita, como esas semillas que interrumpen su germinar en una atmósfera demasiado seca, que se mueren: pero un poco de humedad y calor basta para hacerlas renacer.

Y creo que el muchacho que en mí se entretiene en eso debe ser el mismo que tiene también el oído fino y entonado para percibir entre dos impresiones, entre dos ideas, una armonía muy delicada que otros no advierten. Lo que es este ser no lo sé. Pero si crea de algún modo estas armonías, vive de ellas, se agita al instante, germina, crece, con todo lo que ellas le dan de vida, y muere en seguida no pudiendo vivir más que de ellas. Mas, por muy prolongado que sea el sueño en que se sume pronto (como las semillas de Becquerel), no muere, o mejor muere pero para renacer si otra armonía se presenta, incluso si tan sólo entre dos cuadros de un mismo pintor percibe una misma sinuosidad de perfiles, una misma pieza de tela, una misma silla, que muestra algo de común entre los dos cuadros: la predilección y la esencia del alma del pintor. Lo que hay en el cuadro de un pintor no puede alimentarlo, ni tampoco en un libro ni en un segundo cuadro del pintor ni en un segundo libro del autor. Pero si en el segundo cuadro o en el segundo libro percibe algo que no está en el segundo ni el primero, pero que está de alguna forma entre los dos, en una especie de cuadro ideal que ve modelarse en sustancia espiritual fuera del cuadro, ha recibido su alimento y comienza a existir y a ser dichoso. Pues para él existir y ser dichoso no es más que una sola cosa. Y si entre ese cuadro ideal y ese libro ideal, cada uno de los cuales basta para hacerle feliz, descubre un vínculo más excelso todavía, su gozo aumenta también. Pues muere instantáneamente en lo individual, y empieza inmediatamente a flotar y a vivir en lo general. No vive más que de lo general, lo general lo anima y le nutre, y muere al instante en lo particular. Pero mientras vive, su vida no es más que un éxtasis y una felicidad. Sólo él debería escribir mis libros. ¿Pero serían realmente más bellos?

Qué importa que se nos diga: con ello pierde usted su habilidad. Lo que nosotros hacemos es volver a la vida, romper con todas nuestras fuerzas el cristal de la costumbre y del razonamiento que se prende inmediatamente en la realidad y hace que no la veamos nunca, es hallar el mar libre. ¿Por qué esta coincidencia entre dos impresiones nos devuelve la realidad? Acaso porque ella resucita entonces con lo que omite, mientras que si razonamos, si tratamos de acordarnos, añadimos o quitamos.
Los libros bellos se escriben en una especie de lengua extranjera. En cada palabra vierte cada uno de nosotros su sentido o su imagen al menos, que suele ser un contrasentido. Pero en los libros bellos, los contrasentidos en que se incurre son bellos. Cuando leo el pastor de L'Ensorcelée, veo un hombre a la manera de Mantegna, y con el color de la T... de Botticelli. Pero quizá no es en absoluto lo que ha visto Barbey. Ahora bien, hay en su descripción un conjunto de relaciones que, supuesto el punto de partida falso de mi contrasentido, le confieren la misma progresión en belleza. Por eso las variantes, las correcciones, las mejores ediciones, no revisten tanta importancia. Varias versiones del soneto de Verlaine Tite el Bérenice.

Parece que la originalidad de un hombre de genio no sea más que como una flor, una cima superpuesta al mismo yo que el de las personas de talento mediocre de su generación; pero ese mismo yo, ese mismo talento mediocre, existe en ellos. Creemos que Musset, Loti, Régnier, son seres aparte. Pero cuando Musset chapuceó la crítica de arte, vemos con espanto aparecer bajo su pluma las frases más vacías de Villemain, quedamos estupefactos al descubrir en Régnier un Brisson; cuando Loti tiene que pronunciar un discurso académico, y cuando Musset tiene que proporcionar un artículo sobre la mano de obra para una revista de poca importancia, careciendo del tiempo de horadar su yo trivial para hacer que salga el otro y se superponga, vemos que su pensamiento y su lenguaje están llenos... (Se interrumpe el manuscrito).

Es tan personal, tan único, el principio que actúa en nosotros cuando escribimos y crea poco a poco nuestra obra, que dentro de la misma generación los temperamentos de la misma especie, de la misma familia, de la misma cultura, de la misma inspiración, del mismo medio, de la misma condición, toman la pluma para escribir casi de la misma forma, la misma cosa descrita, y añade cada uno la fioritura particular suya que hace de la misma cosa algo completamente nuevo, en donde todas las proporciones de las cualidades de los otros quedan desplazadas. Y así continúa el género de los escritores originales, cada uno dejando oír una nota esencial que no obstante, en un intervalo imperceptible, es irreductiblemente distinta de la que la precede, de la que la sigue. Mirad, uno junto al otro, a todos nuestros escritores: sólo los originales así como los grandes, que son también escritores originales, y que por eso no cabe aquí distinguirlos. Mira cómo se parecen y cuántos difieren. Sigúelos con la mirada el uno a continuación del otro, como en una guirnalda enlazada al alma y hecha flores innumerables, pero diferentes todas, en una hilera, France, Henri de Régnier, Boylesve, Francis Jammes, en una misma fila, mientras que en otra verás a Barrès y en otra a Loti.

Sin duda cuando Régnier y France empezaron a escribir tenían la misma cultura, la misma concepción del arte, trataron de describir lo mismo. Y esos cuadros que trataban de pintar tenían poco más o menos el mismo concepto de su realidad objetiva. Para France la vida es el sueño de un sueño, para Régnier las cosas tienen el semblante de los sueños. Pero esta similitud de nuestros pensamientos y de las cosas. Régnier, meticuloso y honrado, se atormenta inmediatamente por no olvidarse nunca de comprobarla, en demostrar la coincidencia; vierte en su obra su pensamiento, su frase se alarga, se precisa, se retuerce, oscura y minuciosa como una aguileña, mientras que la de France, resplandeciente, abierta y lisa, es como una rosa de Francia.

Y como esa realidad verdadera es interior, puede derivarse de una impresión conocida, frivola incluso, o mundana, cuando se halla a una cierta profundidad y liberada de esas apariencias, no establezco ninguna diferencia entre el arte elevado, que no se ocupa más que del amor, de las nobles ideas, y el arte inmoral o fútil, los que retratan la psicología de un sabio o de un santo y no la de un hombre de mundo. Por lo demás, en todo lo que se refiere al carácter y las pasiones, los reflejos, no existe diferencia; el carácter es el mismo en los dos, como los pulmones y los huesos, y el fisiólogo, para demostrar las grandes leyes de la circulación de la sangre, no se preocupa de que las visceras se hayan extraído del cuerpo de un artista o de un tendero. Quizá cuando nos veamos ante un verdadero artista, que habiendo roto las apariencias baje a la profundidad de la verdadera vida, podamos entonces, al haber obra de arte, interesarnos en una obra planteando problemas de mayor amplitud (no dejar este horrible estilo). Pero primero, que haya profundidad, que se hayan alcanzado las regiones de la vida espiritual en donde pueda crearse la obra de arte. Ahora bien, cuando veamos que un escritor en cada página, en cada situación en la que se encuentra su personaje, no la profundiza nunca, no lo vuelve a replantear en función de sí mismo, si no que se sirve de expresiones ya hechas, que a su propósito nos sugiere lo que debemos a los demás —a los peores de entre ellos— cuando queremos hablar de algo; si no descendemos a esa calma profunda donde el pensamiento escoge las palabras en que se reflejará por entero; un escritor que no ve su propio pensamiento, invisible entonces para él, sino que se contenta con la grosera apariencia, que lo oculta a cada uno de nosotros en cada momento de nuestra vida, con el que el vulgo se contenta en su perpetua ignorancia, y que el escritor aleja, tratando de ver lo que hay en el fondo; cuando por la selección o más bien la ausencia absoluta de selección de sus palabras, de sus frases, la banalidad trillada de todas sus imágenes, la ausencia de ahondamiento en cualquier situación, comprenderemos que un libro semejante, incluso si en cada página infama al arte amanerado, al arte inmoral, al arte materialista, es él mismo mucho más materialista, pues no desciende a la región espiritual de donde han salido las páginas que no han hecho quizá más que describir cosas materiales, pero con ese talento que es la prueba innegable de que proceden del espíritu. Por más que nos diga que el otro arte no es arte popular, sino arte para unos cuantos, pensaremos nosotros que ese arte es el suyo, pues no hay más que una manera de escribir para todos, y es escribir sin pensar en nadie, para lo que hay en uno de esencial y de profundo. Mientras que él escribe pensando en algunos, en esos artistas llamados amanerados, y sin intentar ver cuál es su pecado, sin profundizar hasta hallar lo eterno de la impresión que le producen, eternidad que esa impresión contiene como lo contiene el temblor de un espino, o cualquier otra cosa en la que se sepa penetrar; pero en esto, como en todo, ignorando lo que pasa en su fondo, contentándose con fórmulas trilladas y con su mala disposición, sin tratar de ver el fondo: "Aire viciado de capilla, sal pues afuera. Qué me importan sus ideas, pues bien, qué importa que se sea clerical. Usted me desagrada, a esas mujeres habría que azotarlas. Ya hay, pues, sol en Francia. No puede usted, por tanto, componer una música ligera. Hace falta que usted lo ensucie todo, etc." Por lo demás, está de alguna manera obligado a esa superficialidad y a esa mentira, puesto que escoge por héroe a una persona de mal genio cuyas ocurrencias terriblemente banales son exasperantes, pero podrían encontrarse en un hombre de talento. Desgraciadamente, cuando Jean Christophe, pues es a él a quien me refiero, deja de hablar, Romain Rolland sigue amontonando trivialidad tras trivialidad, y cuando busca una imagen más precisa es una obra de investigación y no un hallazgo, y en donde se muestra inferior a cualquier escritor de hoy día. Los campanarios de sus iglesias, que son como grandes brazos, son inferiores a todo lo que descubrieron Renard, Adam y quizás el mismo Leblond.

Por eso ese arte es el más superficial, el más insincero, el más material (incluso si su tema es el alma, pues la única manera de que en un libro haya alma no consiste en que tenga por tema al alma, sino que ésta lo haya creado. Hay más en Curé de Tours de Balzac, que en su personaje del pintor Steinbock), y también el más común. Pues sólo las personas que no saben qué es la profundidad y que, viendo en todo momento banalidades, falsos razonamientos, fealdades, no las perciben, sino que se embriagan con el elogio de la profundidad, que dicen: "¡Ahí está el arte profundo!", lo mismo que cuando alguien dice sin cesar: "¡Ah!, yo soy franco, no necesito que nadie diga en mi lugar lo que pienso, todos estos grandes señores son unos aduladores, yo soy un zafio", y alude a las personas que no saben, un hombre educado sabe que esas declaraciones nada tienen que ver con la verdadera franqueza en el arte. Sucede en esto como en la moral: la pretensión no puede sustituir al hecho. En el fondo toda mi filosofía se resume, como toda filosofía verdadera, en justificar, en reconstruir, lo que es. (En moral, en arte, ya no se juzga sólo un cuadro por sus pretensiones de gran pintura, ni la valía moral de un hombre por sus discursos.) La sensatez de los artistas, el único criterio de la espiritualidad de una obra, es el talento.

El talento es el criterio de la originalidad, la originalidad es el criterio de la sinceridad, el placer (para quien escribe) es quizás el criterio de la verdad del talento.
Casi resulta tan estúpido decir al hablar de un libro: "Es muy inteligente", como "quería mucho a su madre". Aunque lo primero todavía está por demostrar.

Los libros son obra de la soledad e hijos del silencio. Los hijos del silencio no deben tener nada en común con los hijos de la palabra, las ideas nacidas del deseo de decir algo, de una culpa, de una opinión, es decir, de una idea oscura.

La materia de nuestros libros, la sustancia de nuestras frases, tiene que ser inmaterial, no tomada tal cual de la realidad, sino que nuestras mismas frases y hasta los episodios deben estar hechos de la sustancia transparente de nuestros mejores momentos, en donde estamos fuera de la realidad y del presente. El estilo y el asunto de un libro tienen que formarse con esas gotas de luz ensambladas.

Además, es tan vano escribir especialmente para el pueblo como para los niños. Lo que enriquece a un niño no es un libro de niñerías. ¿Por qué hay que creer que un obrero electricista necesita que escribáis mal y habléis de la Revolución francesa para que os comprenda? En primer lugar, sucede precisamente lo contrario. De la misma forma que a los parisinos les gusta leer los viajes a Oceanía y a los ricos los relatos de la vida de los mineros rusos, al pueblo le gusta leer cosas que no se relacionen con su vida. Además, ¿por qué trazar esta barrera? Un obrero (véase Halévy) puede ser baudelairiano.

Esta mala disposición que no quiere ver en el fondo de sí (que es en estética lo semejante a un hombre que tiene empeño en conocer a alguien y que dice con esnobismo: "¿Necesito yo a ese señor? De qué me puede servir conocerlo; me desagrada") es, aumentado, lo que yo reprocho a Sainte-Beuve, es (aunque el autor no hable más que de Ideas, etc.), una crítica materialista, hecha con palabras que dan placer a los sabios, a las comisuras de la boca, a las cejas enarcadas, a los hombros, y cuya contracorriente no tiene el espíritu, el coraje, de remontar para ver lo que hay allí. Pero a pesar de todo, en Sainte-Beuve mucho más arte acredita mucho más pensamiento.

El arcaísmo está hecho de muchas insinceridades, una de las cuales consiste en tomar por rasgos asimilables al genio de los antiguos rasgos exteriores, evocadores en un partidle, pero de los que los antiguos no tenían conciencia, pues su estilo no reflejaba entonces su antigüedad. Hay un poeta de nuestro tiempo que cree que se le ha transmitido el don de la palabra de Virgilio y de Ronsard porque llama al primero, como el segundo, "el docto mantuano". Su Ériphyle tiene encanto, pues fue uno de los primeros en advertir que la gracia había de tener vida, y da a la muchacha el gracioso ceceo de una niña "mi esposo era un héroe, pero tenía demasiada barba" y a la postre sacude la cabeza con disgusto, como una potranca (quizá por haber notado la vida que dan los anacronismos involuntarios del Renacimiento y del siglo xvn); su amante le dice "Noble señora" (iglesia buscadora de gracia, gentilhombre del Peloponeso). Se adscribe a la escuela (¿Boulanger?) —y Barrès— por su manera de sugerir, a la escuela del sobrentendido. Es exactamente lo contrario de Romain Roland. Pero eso no es más que una cualidad, y no prevalece frente a la nada del fondo y la ausencia de originalidad. Sus célebres Stances no se salvan más que por lo inacabadas, hay una especie de trivialidad y de falta de aliento deliberados, y como sin eso serían involuntarios, el defecto del poeta conspira con su pretensión. Pero desde el momento en que se olvida y quiere decir algo, desde el momento en que habla, escribe cosas como estas:

No digas: la vida es un alegre festín;
O es propio de un espíritu tonto, o de un alma vil.
No digas sobre todo: es una desgracia sin fin;
Es propio de un cobarde y de quien pronto se cansa.
Reíd como en la primavera se agitan las ramas
Llorad como el cierzo o la ola en la arena.
Gozad todos los placeres y sufrid todos los males.
Y decid: mucho es, pues es la sombra de un sueño.

Los escritores que admiramos no pueden servirnos de guía, pues poseemos en nosotros como la aguja imantada o la paloma mensajera, el sentido de nuestra orientación. Pero mientras que guiados por ese instinto interior volamos hacia adelante y seguimos nuestro camino, a veces, cuando echamos la mirada de derecha a izquierda sobre la obra nueva de Francis Jammes o de Maeterlinck, sobre una página de Joubert o de Emerson que no conocíamos, las reminiscencias anticipadas que encontramos de la misma idea, de la misma sensación, del mismo esfuerzo artístico que expresamos en ese momento, nos agradan, como bondadosos postes indicadores que nos indican que no nos hemos equivocado, o como mientras descansamos un instante en un bosque, nos sentimos reafirmados en nuestro camino por el paso muy cerca de nosotros, a tiro de piedra, de palomas fraternas que no nos han visto. Superfluas si se quiere. Pero en modo alguno inútiles. Nos muestran lo que... (laguna en el manuscrito) a ese yo de todos modos subjetivo que a pesar de todo es nuestro yo actuante, lo es también, con un valor más universal para los yo análogos, para ese yo más objetivo, ese todo el mundo educado que somos cuando leemos; lo es no sólo para nuestro mundo particular sino para nuestro mundo universal...

Las cosas bellas que escribiremos si tenemos talento están en nosotros, indistintas, como el recuerdo de una tonada, que nos encanta sin que podamos hallar el contorno, tararearlo, ni siquiera dar una impresión cuantitativa, decir si hay pausas, o sucesión de notas rápidas. A los que les obsesiona el recuerdo confuso de las verdades que nunca conocieron, son los hombres dotados. Pero si se contentan con decir que oyen un aire delicioso, no muestran nada a los demás, no tienen talento. El talento es como una especie de memoria que les permitirá llegar a acercarles a esa música confusa, oírla cairamente, anotarla, reproducirla y cantarla. Llega una edad en que el talento se debilita como la memoria, en que el músculo mental que acerca los recuerdos interiores y los exteriores carece ya de fuerza. Algunas veces esa edad dura toda la vida, por falta de ejercicio, por una satisfacción demasiado rápida de sí mismo. Y nadie sabrá jamás, ni siquiera uno mismo, la tonadilla que le perseguía con su ritmo inaprehensible y delicioso.

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