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5 oct 2011

La sintaxis


Mi padre no hablaba nunca, y si lo hacía era con frases ambiguas; decía, por ejemplo: «Como usted quiera», «Como guste» y «Si lo desea». Eran frases extremadamente gentiles, pero las pronunciaba con un tono helado e incoloro de voz; tan opacamente, que en realidad, podía decirse que no había hablado. Si mi madre le proponía un paseo, jamás decía que sí o que no; respondía invariablemente: «Si tú quieres...» y uno pensaba que efectivamente, para él daba lo mismo salir de paseo o quedarse. Mientras yo crecía, esta tendencia se fue acentuando, y también la irritación de mi madre. En realidad, no se le podía hacer ningún reproche. Él no se destemplaba nunca; no padecía accesos de ira, ni resultaba injusto; no maldecía, ni soltaba improperios. Pero también era imposible halagarlo: no confesaba jamás un deseo. Hasta a la hora de comer, parecía que si ingería algún alimento era por no rechazarlos, sin voluntad propia. Si mi madre le decía, por ejemplo: «¿Te gustaría un trozo de cordero para el mediodía?», él contestaba invariablemente: «Si quieres ... », y el trozo de cordero podía ser sustituido por una pechuga de pollo, un plato de fideos, una pata de cerdo o una tortilla de ajos, sin que la respuesta sufriera ninguna modificación. No asumir ningún deseo lo liberaba quizá de cualquier responsabilidad, y también, de cualquier gratitud. Y la exasperación de mi madre, librada a su propia iniciativa en el placer y en la desdicha, resultaba en apariencia un acceso histérico.
Crecí en el rencor. Era cariñoso conmigo, su única hija, pero yo rehuía sus expresiones de afecto y me mostraba distante. Entretanto, los accesos nerviosos de mi madre iban en aumento. Exasperada por la influencia gentil de mi padre, ella perdía el sentido progresivamente. A veces, agitada, abría y cerraba cajones por toda la casa sin saber qué buscaba. Eran gestos nerviosos, completamente despegados de cualquier objetivo. 0 repetía el mismo acto varias veces, histéricamente, sin atención ni memoria: doblaba en dos triángulos la servilleta, abría el cajón del armario, la metía dentro, cerraba el cajón; en seguida, abría el mismo cajón, sacaba la servilleta, la desplegaba, volvía a plegarla y a guardarla. Sus ofrecimientos a mi padre ya no eran tan firmes. Con un hilo de voz, decía: «¿Quieres que me ponga el vestido blanco o el azul?», y él contestaba, opacamente: «El que prefieras». Durante un rato, ella vacilaba. Tenía dos vestidos: uno blanco y uno azul. Pero también, ahora lo recordaba, tenía uno rosa. ¿Acaso él hubiera deseado que ella le propusiera el rosa? Vacilante, insistía: «Si no quieres ni el blanco ni el azul, me puedo poner el rosa». Él la miraba inexpresivamente y contestaba: «Como gustes». Al fin, exasperada, ella gritaba: «Se trata de saber cuál te gusta más a ti». Él la miraba como si su grito destemplado fuera la comprobación de su locura y muy lentamente, respondía: «Me gustan de la misma manera», pero con un tono tan gris y opaco que más que una afirmación, parecía un rechazo. Sin embargo, algo de verdad había en sus palabras: si mi madre se ponía el vestido azul o el blanco, nada en la helada gentileza de mi padre cambiaba. Ninguna fisura se abriría en la hermética oscuridad de su deseo inexpresivo.
Dolorosamente me di cuenta que las relaciones más profundas se estructuraban muy sólidamente en fórmulas rígidas y repetitivas: la imposibilidad de romper el lazo se manifestaba en la imposibilidad de modificar la sintaxis. La fórmula de relación entre dos -y entre tres: yo también me configuraba, menuda esfera en mitad de sus órbitas- permanecía tan fija como la rigidez del lenguaje, y quizá sólo una súbita interrupción de la monotonía de la sintaxis podría provocar una ruptura en el nudo de la relación. Quizá porque me di cuenta de eso fue que busqué, en la maraña de fórmulas fijas, una variación. Había advertido el peso desproporcionado de la repetición. Cada vez que mi madre le decía: «¿Quieres entremeses o ensalada?», y él, mecánicamente, respondía: «Lo que quieras», sobre nosotros se desmoronaba el alud montañoso de la repetición: no era el peso de una sola pregunta ambiguamente contestada: era la acumulación de los días, de las frases la que caía sobre nuestras espaldas. A la vez, la pregunta esclerosada invita a la respuesta conocida. Era como un nervio estimulado siempre en el mismo sentido, capaz de responder al estímulo sólo con la repetición de las condiciones anteriores. Pensé que era más fácil introducir una modificación en la estructura de la frase que en la relación entre mi padre y mi madre. Quizá, mágicamente, el nuevo orden de las palabras o la incorporación de unas nuevas tuviera la facultad de resquebrajar la estructura total. Hay estructuras en apariencia muy sólidas, pero que se vienen abajo rápidamente, tal es el deterioro interno que se ha producido de manera invisible.
Esta tarde, íbamos a salir de paseo los tres; así lo había proyectado mi madre ante la silenciosa indiferencia de él. Nerviosa, mi madre bajó las escaleras con esa leve excitación que denunciaba su inseguridad. Traía un par de sandalias en la mano, y en la otra, unos zapatos de tela. Mi padre jugaba distraídamente con las llaves en el fondo de su bolsillo. Ella se acercó alegremente y blandió ante él las sandalias, los zapatos. «Estoy tan contenta de dar un paseo», exclamó. No estaba mal, pero cualquiera podía darse cuenta de que se trataba, en definitiva, del prólogo a la pregunta, a la alternativa que de inmediato le propondría. Él también lo sabía, por supuesto. Yo cerré los ojos, y pensé: «Otra vez. Otra vez lo hará. Va a decirle qué prefiere». En efecto, con aire aparentemente ingenuo y juguetón, pero un poco afectado, mi madre agregó: «Querido, ¿qué prefieres, las sandalias o los zapatos?» Mi padre no dejó de jugar con las llaves en su bolsillo. Si miraba, era hacia alguna parte, más allá de la pared, invisible para nosotras. Esbozó una imperceptible sonrisa -fría como el muro- y contestó, sobriamente: «Haz lo que quieras». Mi madre permaneció de pie en el último peldaño, con las sandalias y los zapatos en las manos, como niños muertos. La sonrisa levemente eufórica desapareció de sus labios y yo, aterrada, vi cómo bajaba los ojos y concentraba la mirada en aquellos objetos que ahora parecían desprovistos de cualquier encanto. De pronto, se ausentó: mirando fijamente ambos pares de zapatos, estaba a punto de una de sus crisis nerviosas, mientras él, distante, esperaba. Lentamente, me acerqué a la escalera. Mi madre temblaba imperceptiblemente, y yo también. Iba a hacer lo de siempre: escoger uno de los pares -creo que yo prefería las sandalias- y ayudarla a ponérselos, cuando mi madre, con suma dificultad, hizo un último esfuerzo: «Me gustaría saber si te gustan más las sandalias o los zapatos», le dijo a mi padre, con una voz algo atildada, marcando mucho las palabras. Él la miró incoloramente. «Cualquiera de los dos», respondió con voz opaca. Entonces, de pie en el último peldaño de la escalera, me volví hacia él, de modo que mi cuerpo, más pequeño que el suyo, quedaba de frente a su perfil, y le dije, con voz firme y aparentemente tranquila: «Mentira. Estás mintiendo». La introducción de esta frase en la fórmula convencional tuvo un efecto de relámpago: mi padre volvió la cabeza rápidamente, como tocado por un filamento eléctrico, como si regresara de un sueño de espuma muy antiguo y me enfrentó. Sí, por primera vez un brillo fulgurante en sus ojos, un chispazo de orgullo y de valor. Era una mirada inteligente, tan aguda que obligaba a bajar los ojos. Estaba segura de no poder sostenerla, sin embargo, esforzándome, agregué: «En realidad, no quieres ninguno de los dos. Ni zapatos, ni sandalias. Ni ir de paseo, ni quedarte. Ni a ella, ni a mí. Ni a ti. Esa es la verdad». Siguió mirándome con curiosidad, único animal vivo entre los zapatos, las sandalias y sus deseos ocultos. Esta curiosidad le encendía la mirada. El esfuerzo me había extenuado. Pensé que iba a sufrir yo también un acceso nervioso y que entonces él me despreciaría, pero fue mi madre quien comenzó a temblar, a sacudirse convulsivamente y la escena -prevista en el antiguo guión- tuvo el efecto de apagar la mirada de mi padre. Otra vez, la gramática conocida, la sintaxis rígida. Mecánicamente, mi padre fue a buscar un vaso de agua. Yo asistí a mi madre, que gemía y temblaba. Las sandalias y los zapatos, muy ordenados, esperaban, al pie de la escalera, el viaje imposible.
En la cocina, mi padre había tenido tiempo de recomponer la mirada. Volvía a ser fría y distante. Ayudó a mi madre a ponerse de pie, la guió hasta una silla. Consolada por su asistencia, ella se volvió hacia mí. «No debes hablarle de esa manera a tu padre», me dijo, severamente. «No vuelvas a hacerlo», agregó, mientras se sentaba.
Sentí una violenta rebeldía. Las palabras se atorbellinaban en mi boca, pero me contuve. Hice un esfuerzo por controlar mis nervios. Busqué la mirada más opaca que podía encontrar y la alcé hasta mis ojos. La sentí cuajar como un lago helado. Cristalizó en pequeños espejos que miraban hacia adentro. Dirigí el lago helado en dirección a mi madre. «Como quieras», respondí con afectada suavidad y gentileza, marcando bien las palabras. Abrí la puerta, y me fui a dar un paseo. Mientras salía, escuché decir a mi madre: «Creo que me pondré las sandalias. Combinan mejor con el vestido. ¿No crees?» y la voz de mi padre, metálica: «Como quieras, querida».





30 ago 2011

Para qué sirve la lectura





Me llaman de una editorial
y me piden que escriba
cinco folios sobre la necesidad de la lectura

No pagan muy bien
¿quién podría pagar bien por un tema así?
pero de todos modos
necesito el dinero

así que enciendo el ordenador y me pongo a pensar
sobre la necesidad de la lectura
pero no se me ocurre nada

es algo que seguramente sabía cuando era joven
y leía sin parar
leía en la Biblioteca Nacional
y en las bibliotecas públicas

leía en las cafeterías
y en la consulta del dentista

leía en el autobús y en el metro

siempre andaba mirando libros

y me pasaba las tardes en las librerías de usados
hasta quedarme sin un duro en el bolsillo

tenía que volver a pie a casa

por haberme comprado un Saroyan o una Virginia Woolf

Entonces los libros parecían la cosa más importante de la vida

fundamental

y no tenía zapatos nuevos
pero no me faltaba un Faulkner o un Onetti
una Katherine Mansfield o una Juana de Ibarbourou


ahora la gente joven está en las discotecas
no en las bibliotecas

yo me hice una buena colección de libros
ocupaban toda la casa

había libros en todas partes
menos en el retrete

que es el lugar donde están los libros
de la gente que no lee

a veces tenía que seguirle durante mucho tiempo
las huellas a un libro que había salido en México
o en París

una larga pesquisa hasta conseguirlo

No todos valían la pena
es verdad
pero pocas veces me equivoqué
tuve mis Pavese mis Salinger mis Sartre mis Heidegger
mis Saroyan mis Michaux mis Camus mis Baudelaire
mis Neruda mis Vallejo mis Huidobro
para no hablar de los Cortázar o de los Borges
siempre andaba con papelitos en los bolsillos
con los libros que quería leer y no encontraba
por allí andaban los Pedro Salinas y los Ambrose Bierce
la infame turba de Dante

pero ahora no sabía decir para qué maldita cosa
servía haber leído todo eso

más que para saber que la vida es triste

cosa que hubiera podido saber sin necesidad de leerlos

Cuando habían pasado cinco horas yo todavía no había escrito
una sola línea
así que me puse a escribir este poema
Llamé a los de la editorial
y les dije creo que para lo único que sirve
la lectura
es para escribir poemas

no puedo decirles más que eso

entonces me dijeron que un poema no servía,

11 abr 2011

Por qué, cómo y para qué escribir




Ya llevo muchos años escribiendo y siento cuando estoy en el estado proclive, propenso a escribir algo, lo llamo "estar a punto de poema", bueno, a veces es un poema, a veces un relato, a veces una novela, un ensayo... Es una sensación interior que hace que no tenga ninguna duda acerca de cuál es el género. Hay ocasiones en las que tengo estado de opinión, y otras un tema que sé que es un cuento o sé que puede ser el germen de una novela.
Pero no escribo todos los días, ni muchísimo menos, paso largos periodos sin escribir. Yo distingo entre el acto físico de escribir, el estar sentado frente a la computadora, y el acto interior... Escribiendo estoy todo el tiempo, porque escribir es un ángulo de extrañamiento desde el cual miras el mundo como si no estuvieras completamente integrado en él. Así que la pregunta es qué observas: el rostro de la gente, las calles... Yo creo que la posición de marginalidad del escritor es la de no estar completamente integrado, de no estar completamente adaptado a la vida.
La vida sigue siendo una cosa misteriosa, y cada uno es un observador que ve su propio cuadro. El escritor tiene que ser su cuadro, para investigar su estado de ánimo, para investigar sus sentimientos y yo creo que para vivir cosas que a veces no le hacen bien a su vida, pero le hacen bien a su literatura. En ese sentido tiene que saber que es un aventurero interior. El escritor no puede actuar únicamente mediante la razón, porque si hiciese eso escribiría sólo cosas banales, no profundizaría. No hay ninguna inocencia del uso de las palabras por parte del escritor, siempre que sea un escritor consciente de una de las finalidades de la literatura es la belleza de la lengua.
| Escribir es una profesión de alto riesgo, de altísimo riesgo. Todas las cosas profundas son arriesgadas. También es verdad que hay escritores que no corren riesgos porque escriben con la imaginación. Julio Verne escribió sobre mundos imaginarios sin salir de su habitación, en cambio, otros escritores como Joseph Conrad para escribir sobre una isla del Caribe se iban a ella en una barca mal aprovisionada. El escritor tiene muchos instrumentos, la experiencia, la observación, la imaginación... Según el momento tienes unos u otros, y a veces todos en una misma obra.
Lo que yo quiero dejar en mis textos siempre claro es que la pasión no necesariamente es autodestructiva. La pasión es vida, es fuerza. La cuestión es cuál es el objeto de la pasión. No hay que criticar a la pasión, hay gente que nunca la ha sentido, y hay que saber entregarse a algo, cuando una se entrega a algo las cosas son más profundas.
De hecho somos animales históricos. Las circunstancias obligan, tú no sólo eres escritora, además eres víctima y actora de un contexto socioeconómico, entonces es imposible que algunos acontecimientos históricos no te influyan a la hora de que tengas testimoniar acerca de ellos... y que de alguna manera sientas que estás cumpliendo una función casi ética y moral, que es denunciar la injusticia, la miseria, el dolor. Por eso hay una gran parte de mi obra que en Uruguay tiene que ver con la denuncia de las situaciones que condujeron a la dictadura. Hay todo un periodo de mi literatura marcado por el exilio, es más, mi obra estuvo prohibida en Uruguay durante la época de la dictadura, no se podía nombrarme, me quitaron la nacionalidad uruguaya...
El ser mujer determina algunas cosas, por ejemplo, las mujeres normalmente no escribimos libros de guerra. En toda la literatura bélica son los autores son masculinos, porque son los hombres los que hacen la guerra y las mujeres las que las sufren... podría ser de literatura bélica de víctimas. Luego hay fenómenos exclusivos de las mujeres, por ejemplo, el embarazo, el parto... De manera que hay algunas experiencias que son mejor conocidas por las mujeres. Ahora bien, como yo creo que no hay que escribir ni leer sólo para identificarse, y que el se busca a sí mismo en un libro es un narcisista, lo que hay que hacer es precisamente leer para conocer lo diferente, para enriquecerse... entonces, yo no creo que el hecho de ser mujer determine ni los temas ni la manera de escribir o el hecho de ser hombre tampoco.
El hecho de ser mujer no condiciona para nada el tipo de literatura, ni los temas, ni siquiera si yo escribo en yo masculino o femenino. En un momento dado, una editorial decidió publicar una antología de relatos sobre los pecados capitales, cada pecado iba a ser contado por un escritor hombre y una escritora mujer. Yo escribí un cuento sobre la lujuria, y el autor masculino fue Justo Navarro. Mi relato está narrado en masculino y él lo escribió en femenino ¡Sin ponernos de acuerdo! Eso demuestra que justamente un escritor tiene muchísimas veces la necesidad y las ganas de romper el condicionante que es: si yo tengo el destino de ser mujer desde el punto de vista genético y biológico para el resto de mis días, puedo vencer esa limitación imaginariamente y a veces me pongo en la cabeza de un hombre.
La literatura tiene que seguir rehaciéndose, porque aunque se dice que ya está dicho todo, hay que decirlo todo otra vez, porque cada libro se convierte en el libro que el lector lee.
Me siento igual de cómoda en la poesía o en la narrativa; no creo que haya una diferencia importante entre la poesía y la narrativa. La poesía se escribe a renglón partido y, a veces, a renglón continúo. La poesía no es una forma es una esencia. Hay poesía en un paisaje, en una mirada, en un momento determinado. No importa la forma que escribas, yo cuando hago prosa también quiero hacer poesía... Solamente acepto no hacer poesía en el periodismo, pero cuando no hay una necesidad de una comunicación inmediata creo que la literatura es poesía, se escriba en prosa o se escriba en verso. Y a veces también hay muchos versos que no contienen poesía, por lo tanto no es un problema de género.
El lenguaje para nombrar es muy distinto del lenguaje para expresar, la palabra mesa es denotativa, pero si yo estoy utilizando el lenguaje de una manera metafórica, de una manera figurada estoy dando ya una dimensión distinta al lenguaje. Lo meramente denotativo es periodístico, y forma parte del lenguaje oral que tiene como finalidad comunicarnos rápidamente En cambio, en la escritura alcanza una dimensión mucho más amplia, hay distintos niveles de una palabra, e incluso los niveles inconscientes de la palabra, de la evocación.
Un buen escritor jamás pone una palabra que le valdría lo mismo un sinómino, porque incluso, aunque quieran decir lo mismo suenan distinto. En un sentido estrictamente literario no existen los sinónimos. En primer lugar porque suenan distinto, de manera que no hay ninguna inocencia del uso de las palabras por parte del escritor, siempre que sea un escritor consciente de una de las finalidades de la literatura es la belleza de la lengua.
Las palabras son seres vivos: nacen en un momento determinado, crecen, incluso tienen un momento de auge, y hasta pasan de unos ámbitos a otros. Por ejemplo, cuando hablamos de "depresión económica" o "euforia bursátil" estamos pasando un término de psicología a un campo financiero. Eso hace que la lengua esté permanentemente viva y que el escritor tenga con las palabras un tráfico carnal. Yo hay palabras que me niego a usar porque son feas, no las diría nunca ni las escribiría, como hay otras que me muero por usarlas, y a veces fuerzo un texto porque las quiero poner, porque las quiero transmitir. Y esto, aunque el lector no lo sepa lo siente, lo percibe sensorialmente, percibe su música.
Las palabras, además, son un regalo que le damos a los otros, y que el otro puede despreciar o puede valorar, en último término hasta el amor es una cuestión de palabras. Los psicoanalistas dicen que lo que uno dice lo determina el otro, se trata de cómo interpretas tú esa palabra. Eso hace que la literatura tenga que seguir rehaciéndose, porque aunque se dice que ya está dicho todo, hay que decirlo todo otra vez, porque cada libro se convierte en el libro que el lector lee.

Hay una anécdota que recuerdo con enorme cariño: en un momento que estaba muy perturbada emocionalmente, en una conversación con Julio Cortázar en París le decía: "yo no sé de qué me sirve conocer tanto a la gente, estoy harta de darme cuenta de cómo son los seres humanos, de ver lo que veo, como si tuviese una cámara de rayos x y me hace sufrir". Y me dijo "a mí no me pasa -porque él escribía fundamentalmente con la imaginación-, pero no te preocupes Cristina qué es por eso que vas a escribir lo que vas a escribir". Y llegó un momento, cuando ya consideré que había cumplido con mi conciencia política, que me pasé a la literatura psicológica, entonces todo el conocimiento que he adquirido, lo que percibo en los seres humanos se ha volcado en mi literatura. Tenía razón.

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