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14 jun 2011

Arte poética




Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, en un rumor y un símbolo,

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

16 dic 2010

16 Consejos

En literatura es preciso evitar:

1. Las interpretaciones demasiado inconformistas de obras o de personajes famosos. Por ejemplo, describir la misoginia de Don Juan, etc.


2. Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson.


3. La costumbre de caracterizar a los personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens.


4. En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares.


5. En las poesías, situaciones o personajes con los que pueda identificarse el lector.


6. Los personajes susceptibles de convertirse en mitos.


7. Las frases, las escenas intencionadamente ligadas a determinado lugar o a determinada época; o sea, el ambiente local.


8. La enumeración caótica.


9. Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust.


10. El antropomorfismo.


11. La confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulysses de Joyce y la Odisea de Homero.


12. Escribir libros que parezcan menús, álbumes, itinerarios o conciertos.


13. Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película.


14. En los ensayos críticos, toda referencia histórica o biográfica. Evitar siempre las alusiones a la personalidad o a la vida privada de los autores estudiados. Sobre todo, evitar el psicoanálisis.


15. Las escenas domésticas en las novelas policíacas; las escenas dramáticas en los diálogos filosóficos. Y, en fin:


16. Evitar la vanidad, la modestia, la pederastia, la ausencia de pederastia, el suicidio.

1 oct 2010

Autobiografía (Fragmento)

A los setenta y un años sigo trabajando
y lleno de planes. El año pasado escribí
un nuevo libro de poemas, Elogio de la
sombra. Es mi primer volumen de poemas
desde 1960, y fueron los primeros que escribí
en mi vida pensando en hacer un libro.
Mi preocupación central, como se advierte
en varios de los poemas, es de
naturaleza ética, independiente de toda inclinación
religiosa o antirreligiosa. La
“sombra” del título se refiere tanto a la ceguera
como a la muerte. Para completar
Elogio de la sombra, trabajé todas las mañanas,
dictando en la Biblioteca Nacional.
Cuando lo terminé, me había acostumbrado
a una cómoda rutina: tan cómoda que
no la cambié y empecé a escribir cuentos.
Esos cuentos, los primeros escritos desde
1953, fueron publicados el año pasado. El
libro se llama El informe de Brodie; y consiste
en experimentos modestos, narraciones
sencillas: el libro al que me he referido
con frecuencia durante los últimos cinco
años. Hace poco terminé el guión de una
película que se llamará Los otros. El argumento
es mío, y fue escrito con Adolfo
Bioy Casares y el joven director argentino
Hugo Santiago. Mis tardes están ahora dedicadas
a un proyecto de largo alcance,
que acaricié durante mucho tiempo. Desde
hace casi tres años, por fortuna, tengo
al lado a mi propio traductor, y juntos vamos
a publicar entre diez y doce volúmenes
de mi obra en inglés, idioma que no
merezco usar y que ojalá hubiera sido mi
lengua materna.

Pienso empezar un nuevo libro, una
serie de ensayos personales –no eruditos sobre
Dante, Ariosto y temas nórdicos medievales.
También quiero escribir un libro
sincero e informal de opiniones, caprichos,
reflexiones y herejías personales.
Después de eso, ¿quién sabe? Todavía tengo
una cantidad de historias, oídas o inventadas,
que quiero contar. En este momento
estoy terminando un relato largo
llamado “El Congreso”. A pesar del título
kafkiano, espero que se acerque más a la
línea de Chesterton. La acción transcurre
en la Argentina y el Uruguay. Durante
veinte años he estado aburriendo a los
amigos con el argumento. Por fin, mientras
se lo contaba a mi mujer, ella me hizo
notar que no necesitaba más elaboración.
Tengo otro proyecto que ha estado pendiente
durante más tiempo todavía: la revisión
y quizá la reescritura de El caudillo,
la novela de mi padre, tal como él me lo
pidió hace años. Habíamos llegado a discutir
muchos de los problemas; y me gusta
pensar en esa tarea como un diálogo
que no se ha interrumpido y una colaboración
muy real.

La gente ha sido inexplicablemente
buena conmigo. No tengo enemigos, y si
ciertas personas se han puesto ese disfraz,
han sido tan bondadosas que ni siquiera
me han lastimado. Cada vez que leo algo
que han escrito contra mí, no sólo comparto
el sentimiento sino que pienso que
yo mismo podría hacer mucho mejor el
trabajo. Quizá debería aconsejar a los aspirantes
a enemigos que me envíen sus
críticas de antemano, con la seguridad de
que recibirán toda mi ayuda y mi apoyo.
Hasta he deseado secretamente escribir,
con seudónimo, una larga invectiva contra
mí mismo. ¡Ay, las crudas verdades que
guardo!
A mi edad uno debería tener conciencia
de los propios límites, y ese conocimiento
quizá contribuya a la felicidad. De
joven pensaba que la literatura era un juego
de variaciones hábiles y sorprendentes.
Ahora que he encontrado mi propia voz,
pienso que corregir y volver a corregir mis
originales no los mejora ni los empeora.
Por supuesto, eso es un pecado contra una
de las principales tendencias de la literatura
de este siglo: la vanidad de la reescritura,
que llevó a Joyce a publicar fragmentos
con el presuntuoso título de “Work in Progress”
(Obra en curso).

Supongo que ya he escrito mis mejores
libros. Eso me da una cierta satisfacción
y tranquilidad. Sin embargo, no creo
que lo haya escrito todo. De algún modo, la
juventud me resulta más cercana que cuan
do era joven. Ya no considero inalcanzable
la felicidad como me sucedía hace tiempo.
Ahora sé que puede ocurrir en cualquier
momento, pero nunca hay que buscarla.
En cuanto al fracaso y la fama, me parecen
irrelevantes y no me preocupan. Lo que
quiero ahora es la paz, el placer del pensamiento
y de la amistad. Y aunque parezca
demasiado ambicioso, la sensación de
amar y ser amado.

8 feb 2010

Cómo nace un texto

Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder.
En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí "eso es una solución personal mía", creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo "si se trata de un cuento porteño", lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión."
El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula "por fantástica que sea" crea, por el momento, en la realidad de la fábula.

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