El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte. El crítico es el que puede traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las cosas bellas. La más elevada, así como la más baja de las formas de crítica, son una manera de autobiografía. Los que encuentran intenciones feas en cosas bellas están corrompidos sin ser encantadores. Esto es un defecto. Los que encuentran bellas intenciones en cosas bellas, son cultos. A estos les queda la esperanza.
Existen los elegidos para quienes las cosas bellas significan únicamente belleza.
Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo.
Ningún artista es nunca morboso. El artista puede expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son, para el artista, instrumentos de un arte.
Vicio y virtud son, para el artista, materiales de un arte.
Desde el punto de vista de la forma, el modelo de todas las artes es el del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, la profesión de actor.
Todo arte es, a la vez, superficie y símbolo.
Los que buscan bajo la superficie lo hacen a su propio riesgo. Los que intentan descifrar el símbolo lo hacen también a su propio riesgo.
Es al espectador, y no la vida, a quien refleja realmente el arte.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte indica que la obra es nueva, compleja y vital. Cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo.
Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa útil, en tanto que no la admire.
La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
Todo arte es completamente inútil.
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29 jul 2012
28 sept 2010
La Tragedia de mi Vida
1. La vida del artista, Cristo y la imaginación
Consiste la humildad del artista en aceptar incondicionalmente las experiencias todas, así como el amor estriba en él simplemente en el sentido de la belleza, que al mundo revela su cuerpo y su alma. Pater, en Mario el epicúreo, pretende armonizar la vida del artista con la vida religiosa, en el profundo, austero y gracioso sentido de la palabra. Pero apenas si es Mario un mero espectador, aunque sí un espectador ideal, que puede considera con sentimientos propios el drama de la existencia", lo cual para Wordsworth es el verdadero destino del aeda. Pero, no es más que un espectador, y acaso por demás ocupado de la elegancia de los banco del templo, para notar que el templo que ante sus ojos tiene, es el del Dolor.
Noto yo una relación mucho más íntima e inmediata entre la vida verdadera de Cristo y la vida verdadera del artista, y constituye para mí una inmensa alegría pensar que, mucho antes de que se hubiese adueñado de mis días el dolor, y me amarrase a su carro, yo había escrito, en El alma del hombre, que "el que pretende vivir una existencia semejante a la de Cristo, tiene que ser completa y absolutamente él mismo". Y como ejemplo citaba, no solamente al pastor en su llanura, y al preso en su mazmorra, sino al pintor también, para quien es el mundo una mascarada, y el vate, para quien una canción es.
Me acuerdo haberle dicho una vez a André Gide, un día que estábamos juntos en un café de Paris, que a mí me inspiraba muy poco interés la metafísica, en realidad, y absolutamente ninguno la moral, y que todo lo que fue dicho por Platón y por Cristo podía trasponerse de inmediato a la esfera del arte, y en ella hallar su realización perfecta. Esta era una generalización tan profunda como nueva.
No solamente es la íntima revelación que podemos ver entre la personalidad de Cristo y la perfección lo que hace la verdadera diferencia existente entre el arte clásico y el arte romántico en la vida, sino que era la misma que la del artista, la esencia de su naturaleza; vale decir, una intensísima imaginación, ardiente como una llama.
Llevo Cristo a la esfera toda de las humanas relaciones, esa imaginación que constituye el secreto de la creación artística. Comprendió el mal del leproso, las tinieblas del ciego, y la miseria cruel de los viven en el placer, y la miseria singular de los opulentos.
(...) Indudable es que figura Cristo entre los poetas. Provenía su concepción de la humanidad, directamente de la imaginación, y no puede ser comprendida más que a través de ésta. Fue el hombre para El lo que Dios para los panteístas. Fue El el primero en concebir la unidad de las distintas razas.
Ya existían dioses y hombres que El. Y El, sintiendo que se habían hecho carne en El, gustaba de llamarse, a veces, el Hijo de Dios, y el Hijo del hombre, otras. Más que cualquier otro en la historia, en nosotros despierta esa inclinación hacia lo maravilloso, a que se halla siempre dispuesto el romanticismo. Todavía es para mí increíble eso de que imagine un joven labriego galileo que puede llevar sobre sus hombros el peso de todo el mundo; el peso de todo lo que hasta ese momento habíase hecho y padecido y de cuanto habría de hacerse y padecerse: los pecados de Nerón, de César Borgia, de Alejandro VI, del que emperador de Roma fue y también sacerdote del Sol; los padecimiento de todos aquellos, que forman legión, que entre ruinas yacen; los sufrimientos de los pueblos oprimidos, de los niños que labran en las fábricas, de los ladrones, de los presidiarios, de los desheredados de la suerte, y de los que están sojuzgados y cuyo silencio sólo puede oír Dios. Y no solamente llegan a imaginárselo, sino que lo realiza efectivamente, de modo que hoy todavía los que con El entran en contacto, aunque ante sus altares no se prosternen, ni se pongan de hinojos ante sus sacerdotes, tiene hasta cierto punto la impresión de que se les esfuma la fealdad de sus pecados y se les revela la hermosura de sus padecimientos.
Dije ya que Cristo figura entre los aedas, y es la pura verdad. Son hermanos suyos Shelley y Sófocles...Pero es su misma vida el más maravilloso de sus poemas, y en todo el ciclo de la tragedia griega no hay nada que pueda asemejarse al "temor y la piedad" de esta vida. La pureza del protagonista eleva este edificio a una altura de arte romántico que, a causa de su propio horror, les está prohibida a los padecimientos de las familias de Tebas y a la de los Átridas. Y encuentra también esta pureza lo erróneo que era el axioma expuesto por Aristóteles en su Tratado del Drama, y que sentaba que era imposible soportar el espectáculo del castigo de un inocente. Ni en Esquilo ni en Dante, el austero maestro de la ternura; ni en Shakespeare, el más nítidamente humano de todos los grandes artistas; ni en todos los mitos y las leyendas celtas, en los cuales luce la gracia del mundo a través de una niebla de lágrimas, y no vale la vida de un hombre más que la de una flor, nada hay que, a causa de su sencillez conmovedora, unida a la sublimidad del trágico efecto de que proviene, nada hay que igualarse pueda, ni siquiera acercarse, al acto último de la historia de la Pasión de Cristo.
2. La comedia que oculta la tragedia
Señala hoy la gente hacia la cárcel de Reading, y dice: "Ahí es donde le lleva a uno la vida de artista". Bien; pero podía llevarles a sitios peores aún. El vulgo, esos para quienes la vida es una especie de diestra especulación, fruto de un cálculo cuidadoso de posibilidades, siempre saben adónde van, y derechamente van hacia su objeto. Se proponen como fin ideal, llegar a ser mayordomo de cofradía, y lo consiguen, efectivamente, cualquiera que sea la situación en que hayan sido colocados. Y eso es todo. Y aquel que aspira a ser algo exterior a sí mismo, diputado en el Parlamento, opulento negociante, letrado eminente, o cualquier otra cosa tan aburrida cono las enunciadas, siempre ve sus esfuerzos coronados por el éxito. Y es este su castigo. Quien ansía una careta, no tiene más remedio que usarla.
De muy distinta manera ocurren las cosas con las fuerzas dinámicas de la vida, y con aquellos que las encarnan. Los que piensan tan sólo en el desenvolvimiento de su propia personalidad, no saben adónde les lleva la senda que siguen. No pueden saberlo. Dicho en pocas palabras, es indispensable, como lo pedía el oráculo griego, conócete a sí mismo. Es este el paso inicial de la sabiduría. Pero estriba la etapa final de la sabiduría en compenetrarse de lo insondable del alma humana. Somos nosotros mismos el misterio final, y aun luego de haberse averiguado el peso del sol, y medido las fases del astro de la noche, y sobre el mapa seguido, estrella por estrella, las siete constelaciones, nos falta todavía conocernos a nosotros mismos.
¿Quién sería capaz de calcular la órbita de su propia alma?
El hijo de aquel que salió en busca de los pollinos de su padre, no sabía que le aguardaba el hombre de Dios para ungirle, y que era ya su alma el alma de un soberano.
Espero yo vivir todavía lo suficiente para poder crear una obra que me permita manifestar en las postrimerías de mi vida: "Bien; aquí están ustedes viendo adónde conduce al hombre la vida de artista". La vida de Verlaine y la del príncipe Kropotkine, es lo más perfecto que he hallado en la esfera de mi experiencia. Y los dos son hombres que estuvieron varios años en la cárcel. Desde el Dante, es Verlaine el único poeta cristiano; posee Kropotkine el alma de ese blanco y hermoso Cristo que parece que Rusia tenía que producir.
Y en el trascurso de los últimos siete u ochos meses, pude mantener, a pesar de las enormes dificultades que continuamente me llegaban del mundo exterior, un contacto estrecho con un espíritu nuevo que anima en esta cárcel a hombres y cosas, y que me beneficiaron más de todo lo que pudieran expresar mis palabras. Y tal como no hice otra cosa, en el primer año de cárcel, ni puedo recordar otra cosa, que retorcerme las manos con terrible desesperación y gritar: "¡Qué fin, qué horrendo fin!", intento ahora decirme, y efectivamente me lo digo algunas veces, con absoluta sinceridad, cuando a mí mismo no me tortura: "¡Qué principio, qué maravilloso principio!".
Quizá sea esto cierto, y mucho le debo, entonces, a la nueva personalidad que cambia, en este lugar, la vidas de todos. Poco importancia tiene las cosas en si. Agradezcámosle, por lo menos, una vez a la filosofía algo que nos haya enseñado. No hablo aquí de las ordenanzas, pues están determinadas por reglamentos férreos, sino del espíritu que reside en ellas.
Puedes tú comprenderme, cuando te digo que, de haber sido liberado en el mes de mayo, como lo intente, habría abandonado este lugar presa del horror, experimentando por él y por todos sus dirigente un odio tan enorme, que hubiera emponzoñado mi existencia íntegra. Tuve que quedarme un año más en el calabozo; pero en este lapso ha invadido a todos un sentimiento de humanidad, y cuando salgo ahora de la prisión, siempre me acordaré de la bondad que tuvieron aquí, casi todos, para conmigo, y el día de mi partida manifestaré a muchos mi sincera gratitud, y les suplicaré que, de vez en cuando, se acuerden de mí.
Están equivocadas de medio a medio las instituciones penitenciarias. Y daría yo cualquier cosa por poderlas modificar más adelante. Tengo la intención de hacerlo. Pero no existe nada tan defectuoso en el mundo que no consiga el espíritu de la humanidad, o sea, el espíritu de amor, el espíritu de Cristo, que no se halla en las iglesias, si no modificarlo por completo, ayudarlo, al menos, a soportarlo sin exceso de amargura.
Además, me consta que me aguardan aún, en el exterior, muchas cosas deliciosas, desde aquella que San Francis de Asís "hermano viento" y "hermano agua" -las dos cosas son un placer hasta las vidrieras y las puestas del sol de las grandes urbes. Si desease hacer una lista de todo lo que todavía me resta, no sé cuando podría terminarla, pues Dios, en verdad, creó el mundo tan bueno para mí como para cualquier otro hombre. Quizá salgo de aquí dueño de algo que antes no tenía. No he menester de decirte que las reformas sociales, para mí, son tan insípidas y tan privadas de importancia como las teológicas. Pero, si bien es cierto que tener la intención de llegar a ser un hombre mejor, constituidas una hipocresía carente de base, llegar a ser un hombre mas profundo, privilegio es de lo que han padecido. Y tengo la impresión de haberlo logrado.
No me importaría nada, al recobrar mi libertad, que diese uno de mis amigos una fiesta, y no me convidara a la misma. Puede ser absolutamente, dichoso, a solas conmigo mismo. ¿Quién podría no serlo, si es dueño de la libertad, si tiene flores, y libros, y una luna en el cielo? Esto, sin olvidar que ya no me agradan las fiestas; demasiadas fueron las que di para que todavía puedan proporcionarme algún placer. Este es un aspecto de la vida, que ha muerto para mí, desearía poder decir que suerte. Pero si luego de verme libre, tuviese una pena uno de mis amigos y no permitiese compartirla, una gran amargura habría de experimentar. Si me condenase este amigo las puertas de la mansión del dolor, retornaría yo una y otra vez, suplicando me permitiese entrar, para compartir aquello que me asiste el derecho de compartir. Si indigno e incapaz de llorar con él me considerase. me haría el más cruel de los desprecios, la mas grande de las ofensas. Pero, es imposible semejante cosa. Tengo yo derecho a compartir el dolor, y poder contemplar la dulzura del mundo, y compartir su dolor, y en toda su extensión medir la maravilla de ambos, es estar en contacto directo con las cosas divinas y aproximarse más que cualquier otro al misterio de Dios.
Y acaso también penetre en mi arte, tal como en mi vida una nota más profunda aún, la de una mayor unidad de la pasión y de la de una fuerza directa. El verdadero objeto del arte moderno es la intensidad, y no la amplitud. No debemos ya ocuparnos del prototipo de arte, únicamente de la excepción. No sé si necesito decir que no puedo expresar mis padecimientos en la forma que realmente tuvieron; empieza el arte allí donde termina la imitación. Pero deberá algo animar mi obra, quizá una más profunda resonancia, un ritmo más rico, más inaudito efectos, o una más simple estructura. Nuevos valores estéticos, en todo caso.
Cuando fue arrancado Marsias de la vaina de su miembros -recurriendo a una de las horrendas imágenes de Tácito recopiladas por el Dante- della vajina delle membra sue, los griegos dicen que finalizo su canto. Había vencido Apolo. La lira había derrotado al caramillo del pastor. Pero, quizá anduviesen errados los griegos. En el arte moderno oigo a menudo el grito de Marsias; en Baudelaire suena amargo; lastimero y dulce en Lamartine, misterioso en Verlaine. Lo percibo en los acentos contenidos de la música de Chopin, en la repetida melancolía de todas las figuras de mujeres de Burne Jones. Y hasta se siente en el canto angustioso de los versos de duda y de tortura de Matthew Arnold, cuyo poema de Callicles con tan hermoso lirismo y tan nítidos tomos habla del Triunfo de la dulce y persuasiva lira y de la Famosa victoria final; no pudieran ayudarle no Goethe ni Wordsworth, a pesar de que alternativamente se volvía el hacia cada uno de ellos; cuando pretende expresar los lamentos de Tirsis, o dejar cantar al Estudiante gitano, se ve en la necesidad de apelar al caramillo del pasto.
Pero, esté mudo o no el fauno frigio, ni puedo yo callar, y dar flores a las negras ramas de los árboles que se asoman por encima de los paredones de la cárcel, y que tiemblan al viento con tanta agitación. Se entreabre ahora un profundo abismo entre mi arte y el mundo, pero no entre el arte y yo. Así lo espero, al menos.
Le estaba reservado su destino a cada uno de nosotros. Te ha tocado a ti de la libertad, los placeres, las diversiones y el bienestar; el de la vergüenza pública, el de la larga reclusión en una mazmorra, el de la miseria, la ruina y el deshonor a mí, a pesar de que en nada lo merecía yo.
Me acuerdo de haber dicho que creía poder soportar una tragedia verdadera, siempre que apareciese ante mí con un manto de púrpura o con la máscara del verdadero dolor; pero es lo tremendo de la vida moderna que, por el contrario, se oculta la tragedia bajo el disfraz de comedia, con lo cual parecen grotesca o sin estilo, las grandes realidades de todos los días. Tiene esto su razón de ser. Es probable que hubo siempre de acontecer en la actualidad de todas las épocas. Se dijo que al espectador le parecían viles todos los martirios; no debe ser una excepción el siglo XIX.
3. Rosenkranz y Guildenstern, la cumbre de Shakespeare
No conozco en toda la literatura dramática, retornando al terreno del arte, nada que sea comparable al modo con que trazó Shakespeare las figuras de Rosenkranz y Guildenstern, ni que sea más sugestivo que éstas, debido a su fineza psicológica. Son dos camaradas de Universidad de Hamlet; fueron sus amigos. El recuerdo guardan de los jubilosos días vividos juntos. En el momento en que se encuentran en la obra con Hamlet, vacila éste bajo el peso de una irresistible carga para un hombre de sus condiciones. Ha salido el muerto de su tumba, para encomendarle una misión al mismo tiempo demasiado grande y demasiado mezquina para él. Es Hamlet un soñador y se ve en la necesidad de obrar. Posee un temperamento de aeda, y se le pide que luche contra la relación habitual de causa a efecto, contra la vida en su aspecto práctico, del cual todo lo ignora, en vez de bregar contra las esencia ideal de la vida, de la que tanto sabe. Ni la menor idea tiene de lo que debe hacer, y consiste su locura en simular la locura. Recurrió Bruto a su demencia como manto que había de ocultar la espada de su intención, el puñal de su sabiduría; pero no es más que un disfraz la locura de Hamlet, debajo de la cual se oculta su debilidad haciendo muecas y diciendo chistes, un pretexto para demorar la acción, con la cual juega como con una teoría de artista.
En espía se convierte de sus propios actos, y al escucharse a sí mismo, sabe que aquello son solamente "palabras, palabras, palabras". En lugar de correr el riego de ser el héroe de su propia historia, trata por todos los medios de ser el espectador de su propia tragedia. En nada cree, ni en su mismo siquiera; pero no puede prestarle ayuda su duda, porque no es fruto del escepticismo, sino de su voluntad incierta.
No perciben nada de esto Guildenstern ni Rosenkranz. Inclínanse y sonríen complacientes, miman gracias, y lo que el uno dice, como un eco lo repite el otro. Y cuando, finalmente, mediente el drama que nace dentro del drama y del discreteo de los títeres, logra sorprender Hamlet al rey en "el secreto de su conciencia", y del trono expulsan al traidor presa de pánico, Guidelnstern y Rosenkranz no ven en su conducta más que un deplorable olvido de la etiqueta de palacio. Es todo lo que les permiten los "sentimientos propios con que contemplan el drama de la vida". Junto al secreto de Hamlet están, y no sospechan nada del mismo. Y no tendría finalidad alguna iniciarlos en ese secreto. Son copas chicas, cuyo espacio no sería posible aumentar. Al finalizar el drama, se indica que han sido sorprendidos ambos planeando un artero golpe contra una tercera persona, y fueron o serán, muertos violenta o bruscamente. Pero, un fin tan trágico, aunque el humor de Hamlet le concede una apariencia de sorpresa de comedia, y de justicia, no es el que cabe a jóvenes de su calaña. No mueren éstos nunca. Al morir Horacio -aunque no en presencia del público-, en defensa de la causa de Hamlet, no deja hermano alguno:
(Absents him from felicity a white,
and in this harsh world draws his breath is pain...)
Tan inmensamente lejos de la pura felicidad,
arrastran por este mundo su desaliento...
Pero son inmortales Guidenstern y Rosenkranz, como Angelo y como Tartufo, y merecen vivir eternamente junto a éstos. Constituyen el tributo pagado por la vida moderna al viejo ideal de la amistad. Quien escriba en lo futuro un nuevo tratado "de Amicitia" tendrá que reservarles en el mismo un lugar, y glorificarlos en prosa ciceroniana. Son tipos eternamente inmutables. Sería no comprenderlos, intentar censurarlos. Lo que ocurre, es que no encuentran ellos en el lugar que les corresponde, y nada más. No es contagiosa la grandeza del alma. Están solos desde su nacimiento los pensamientos y sentimientos sublimes.
Consiste la humildad del artista en aceptar incondicionalmente las experiencias todas, así como el amor estriba en él simplemente en el sentido de la belleza, que al mundo revela su cuerpo y su alma. Pater, en Mario el epicúreo, pretende armonizar la vida del artista con la vida religiosa, en el profundo, austero y gracioso sentido de la palabra. Pero apenas si es Mario un mero espectador, aunque sí un espectador ideal, que puede considera con sentimientos propios el drama de la existencia", lo cual para Wordsworth es el verdadero destino del aeda. Pero, no es más que un espectador, y acaso por demás ocupado de la elegancia de los banco del templo, para notar que el templo que ante sus ojos tiene, es el del Dolor.
Noto yo una relación mucho más íntima e inmediata entre la vida verdadera de Cristo y la vida verdadera del artista, y constituye para mí una inmensa alegría pensar que, mucho antes de que se hubiese adueñado de mis días el dolor, y me amarrase a su carro, yo había escrito, en El alma del hombre, que "el que pretende vivir una existencia semejante a la de Cristo, tiene que ser completa y absolutamente él mismo". Y como ejemplo citaba, no solamente al pastor en su llanura, y al preso en su mazmorra, sino al pintor también, para quien es el mundo una mascarada, y el vate, para quien una canción es.
Me acuerdo haberle dicho una vez a André Gide, un día que estábamos juntos en un café de Paris, que a mí me inspiraba muy poco interés la metafísica, en realidad, y absolutamente ninguno la moral, y que todo lo que fue dicho por Platón y por Cristo podía trasponerse de inmediato a la esfera del arte, y en ella hallar su realización perfecta. Esta era una generalización tan profunda como nueva.
No solamente es la íntima revelación que podemos ver entre la personalidad de Cristo y la perfección lo que hace la verdadera diferencia existente entre el arte clásico y el arte romántico en la vida, sino que era la misma que la del artista, la esencia de su naturaleza; vale decir, una intensísima imaginación, ardiente como una llama.
Llevo Cristo a la esfera toda de las humanas relaciones, esa imaginación que constituye el secreto de la creación artística. Comprendió el mal del leproso, las tinieblas del ciego, y la miseria cruel de los viven en el placer, y la miseria singular de los opulentos.
(...) Indudable es que figura Cristo entre los poetas. Provenía su concepción de la humanidad, directamente de la imaginación, y no puede ser comprendida más que a través de ésta. Fue el hombre para El lo que Dios para los panteístas. Fue El el primero en concebir la unidad de las distintas razas.
Ya existían dioses y hombres que El. Y El, sintiendo que se habían hecho carne en El, gustaba de llamarse, a veces, el Hijo de Dios, y el Hijo del hombre, otras. Más que cualquier otro en la historia, en nosotros despierta esa inclinación hacia lo maravilloso, a que se halla siempre dispuesto el romanticismo. Todavía es para mí increíble eso de que imagine un joven labriego galileo que puede llevar sobre sus hombros el peso de todo el mundo; el peso de todo lo que hasta ese momento habíase hecho y padecido y de cuanto habría de hacerse y padecerse: los pecados de Nerón, de César Borgia, de Alejandro VI, del que emperador de Roma fue y también sacerdote del Sol; los padecimiento de todos aquellos, que forman legión, que entre ruinas yacen; los sufrimientos de los pueblos oprimidos, de los niños que labran en las fábricas, de los ladrones, de los presidiarios, de los desheredados de la suerte, y de los que están sojuzgados y cuyo silencio sólo puede oír Dios. Y no solamente llegan a imaginárselo, sino que lo realiza efectivamente, de modo que hoy todavía los que con El entran en contacto, aunque ante sus altares no se prosternen, ni se pongan de hinojos ante sus sacerdotes, tiene hasta cierto punto la impresión de que se les esfuma la fealdad de sus pecados y se les revela la hermosura de sus padecimientos.
Dije ya que Cristo figura entre los aedas, y es la pura verdad. Son hermanos suyos Shelley y Sófocles...Pero es su misma vida el más maravilloso de sus poemas, y en todo el ciclo de la tragedia griega no hay nada que pueda asemejarse al "temor y la piedad" de esta vida. La pureza del protagonista eleva este edificio a una altura de arte romántico que, a causa de su propio horror, les está prohibida a los padecimientos de las familias de Tebas y a la de los Átridas. Y encuentra también esta pureza lo erróneo que era el axioma expuesto por Aristóteles en su Tratado del Drama, y que sentaba que era imposible soportar el espectáculo del castigo de un inocente. Ni en Esquilo ni en Dante, el austero maestro de la ternura; ni en Shakespeare, el más nítidamente humano de todos los grandes artistas; ni en todos los mitos y las leyendas celtas, en los cuales luce la gracia del mundo a través de una niebla de lágrimas, y no vale la vida de un hombre más que la de una flor, nada hay que, a causa de su sencillez conmovedora, unida a la sublimidad del trágico efecto de que proviene, nada hay que igualarse pueda, ni siquiera acercarse, al acto último de la historia de la Pasión de Cristo.
2. La comedia que oculta la tragedia
Señala hoy la gente hacia la cárcel de Reading, y dice: "Ahí es donde le lleva a uno la vida de artista". Bien; pero podía llevarles a sitios peores aún. El vulgo, esos para quienes la vida es una especie de diestra especulación, fruto de un cálculo cuidadoso de posibilidades, siempre saben adónde van, y derechamente van hacia su objeto. Se proponen como fin ideal, llegar a ser mayordomo de cofradía, y lo consiguen, efectivamente, cualquiera que sea la situación en que hayan sido colocados. Y eso es todo. Y aquel que aspira a ser algo exterior a sí mismo, diputado en el Parlamento, opulento negociante, letrado eminente, o cualquier otra cosa tan aburrida cono las enunciadas, siempre ve sus esfuerzos coronados por el éxito. Y es este su castigo. Quien ansía una careta, no tiene más remedio que usarla.
De muy distinta manera ocurren las cosas con las fuerzas dinámicas de la vida, y con aquellos que las encarnan. Los que piensan tan sólo en el desenvolvimiento de su propia personalidad, no saben adónde les lleva la senda que siguen. No pueden saberlo. Dicho en pocas palabras, es indispensable, como lo pedía el oráculo griego, conócete a sí mismo. Es este el paso inicial de la sabiduría. Pero estriba la etapa final de la sabiduría en compenetrarse de lo insondable del alma humana. Somos nosotros mismos el misterio final, y aun luego de haberse averiguado el peso del sol, y medido las fases del astro de la noche, y sobre el mapa seguido, estrella por estrella, las siete constelaciones, nos falta todavía conocernos a nosotros mismos.
¿Quién sería capaz de calcular la órbita de su propia alma?
El hijo de aquel que salió en busca de los pollinos de su padre, no sabía que le aguardaba el hombre de Dios para ungirle, y que era ya su alma el alma de un soberano.
Espero yo vivir todavía lo suficiente para poder crear una obra que me permita manifestar en las postrimerías de mi vida: "Bien; aquí están ustedes viendo adónde conduce al hombre la vida de artista". La vida de Verlaine y la del príncipe Kropotkine, es lo más perfecto que he hallado en la esfera de mi experiencia. Y los dos son hombres que estuvieron varios años en la cárcel. Desde el Dante, es Verlaine el único poeta cristiano; posee Kropotkine el alma de ese blanco y hermoso Cristo que parece que Rusia tenía que producir.
Y en el trascurso de los últimos siete u ochos meses, pude mantener, a pesar de las enormes dificultades que continuamente me llegaban del mundo exterior, un contacto estrecho con un espíritu nuevo que anima en esta cárcel a hombres y cosas, y que me beneficiaron más de todo lo que pudieran expresar mis palabras. Y tal como no hice otra cosa, en el primer año de cárcel, ni puedo recordar otra cosa, que retorcerme las manos con terrible desesperación y gritar: "¡Qué fin, qué horrendo fin!", intento ahora decirme, y efectivamente me lo digo algunas veces, con absoluta sinceridad, cuando a mí mismo no me tortura: "¡Qué principio, qué maravilloso principio!".
Quizá sea esto cierto, y mucho le debo, entonces, a la nueva personalidad que cambia, en este lugar, la vidas de todos. Poco importancia tiene las cosas en si. Agradezcámosle, por lo menos, una vez a la filosofía algo que nos haya enseñado. No hablo aquí de las ordenanzas, pues están determinadas por reglamentos férreos, sino del espíritu que reside en ellas.
Puedes tú comprenderme, cuando te digo que, de haber sido liberado en el mes de mayo, como lo intente, habría abandonado este lugar presa del horror, experimentando por él y por todos sus dirigente un odio tan enorme, que hubiera emponzoñado mi existencia íntegra. Tuve que quedarme un año más en el calabozo; pero en este lapso ha invadido a todos un sentimiento de humanidad, y cuando salgo ahora de la prisión, siempre me acordaré de la bondad que tuvieron aquí, casi todos, para conmigo, y el día de mi partida manifestaré a muchos mi sincera gratitud, y les suplicaré que, de vez en cuando, se acuerden de mí.
Están equivocadas de medio a medio las instituciones penitenciarias. Y daría yo cualquier cosa por poderlas modificar más adelante. Tengo la intención de hacerlo. Pero no existe nada tan defectuoso en el mundo que no consiga el espíritu de la humanidad, o sea, el espíritu de amor, el espíritu de Cristo, que no se halla en las iglesias, si no modificarlo por completo, ayudarlo, al menos, a soportarlo sin exceso de amargura.
Además, me consta que me aguardan aún, en el exterior, muchas cosas deliciosas, desde aquella que San Francis de Asís "hermano viento" y "hermano agua" -las dos cosas son un placer hasta las vidrieras y las puestas del sol de las grandes urbes. Si desease hacer una lista de todo lo que todavía me resta, no sé cuando podría terminarla, pues Dios, en verdad, creó el mundo tan bueno para mí como para cualquier otro hombre. Quizá salgo de aquí dueño de algo que antes no tenía. No he menester de decirte que las reformas sociales, para mí, son tan insípidas y tan privadas de importancia como las teológicas. Pero, si bien es cierto que tener la intención de llegar a ser un hombre mejor, constituidas una hipocresía carente de base, llegar a ser un hombre mas profundo, privilegio es de lo que han padecido. Y tengo la impresión de haberlo logrado.
No me importaría nada, al recobrar mi libertad, que diese uno de mis amigos una fiesta, y no me convidara a la misma. Puede ser absolutamente, dichoso, a solas conmigo mismo. ¿Quién podría no serlo, si es dueño de la libertad, si tiene flores, y libros, y una luna en el cielo? Esto, sin olvidar que ya no me agradan las fiestas; demasiadas fueron las que di para que todavía puedan proporcionarme algún placer. Este es un aspecto de la vida, que ha muerto para mí, desearía poder decir que suerte. Pero si luego de verme libre, tuviese una pena uno de mis amigos y no permitiese compartirla, una gran amargura habría de experimentar. Si me condenase este amigo las puertas de la mansión del dolor, retornaría yo una y otra vez, suplicando me permitiese entrar, para compartir aquello que me asiste el derecho de compartir. Si indigno e incapaz de llorar con él me considerase. me haría el más cruel de los desprecios, la mas grande de las ofensas. Pero, es imposible semejante cosa. Tengo yo derecho a compartir el dolor, y poder contemplar la dulzura del mundo, y compartir su dolor, y en toda su extensión medir la maravilla de ambos, es estar en contacto directo con las cosas divinas y aproximarse más que cualquier otro al misterio de Dios.
Y acaso también penetre en mi arte, tal como en mi vida una nota más profunda aún, la de una mayor unidad de la pasión y de la de una fuerza directa. El verdadero objeto del arte moderno es la intensidad, y no la amplitud. No debemos ya ocuparnos del prototipo de arte, únicamente de la excepción. No sé si necesito decir que no puedo expresar mis padecimientos en la forma que realmente tuvieron; empieza el arte allí donde termina la imitación. Pero deberá algo animar mi obra, quizá una más profunda resonancia, un ritmo más rico, más inaudito efectos, o una más simple estructura. Nuevos valores estéticos, en todo caso.
Cuando fue arrancado Marsias de la vaina de su miembros -recurriendo a una de las horrendas imágenes de Tácito recopiladas por el Dante- della vajina delle membra sue, los griegos dicen que finalizo su canto. Había vencido Apolo. La lira había derrotado al caramillo del pastor. Pero, quizá anduviesen errados los griegos. En el arte moderno oigo a menudo el grito de Marsias; en Baudelaire suena amargo; lastimero y dulce en Lamartine, misterioso en Verlaine. Lo percibo en los acentos contenidos de la música de Chopin, en la repetida melancolía de todas las figuras de mujeres de Burne Jones. Y hasta se siente en el canto angustioso de los versos de duda y de tortura de Matthew Arnold, cuyo poema de Callicles con tan hermoso lirismo y tan nítidos tomos habla del Triunfo de la dulce y persuasiva lira y de la Famosa victoria final; no pudieran ayudarle no Goethe ni Wordsworth, a pesar de que alternativamente se volvía el hacia cada uno de ellos; cuando pretende expresar los lamentos de Tirsis, o dejar cantar al Estudiante gitano, se ve en la necesidad de apelar al caramillo del pasto.
Pero, esté mudo o no el fauno frigio, ni puedo yo callar, y dar flores a las negras ramas de los árboles que se asoman por encima de los paredones de la cárcel, y que tiemblan al viento con tanta agitación. Se entreabre ahora un profundo abismo entre mi arte y el mundo, pero no entre el arte y yo. Así lo espero, al menos.
Le estaba reservado su destino a cada uno de nosotros. Te ha tocado a ti de la libertad, los placeres, las diversiones y el bienestar; el de la vergüenza pública, el de la larga reclusión en una mazmorra, el de la miseria, la ruina y el deshonor a mí, a pesar de que en nada lo merecía yo.
Me acuerdo de haber dicho que creía poder soportar una tragedia verdadera, siempre que apareciese ante mí con un manto de púrpura o con la máscara del verdadero dolor; pero es lo tremendo de la vida moderna que, por el contrario, se oculta la tragedia bajo el disfraz de comedia, con lo cual parecen grotesca o sin estilo, las grandes realidades de todos los días. Tiene esto su razón de ser. Es probable que hubo siempre de acontecer en la actualidad de todas las épocas. Se dijo que al espectador le parecían viles todos los martirios; no debe ser una excepción el siglo XIX.
3. Rosenkranz y Guildenstern, la cumbre de Shakespeare
No conozco en toda la literatura dramática, retornando al terreno del arte, nada que sea comparable al modo con que trazó Shakespeare las figuras de Rosenkranz y Guildenstern, ni que sea más sugestivo que éstas, debido a su fineza psicológica. Son dos camaradas de Universidad de Hamlet; fueron sus amigos. El recuerdo guardan de los jubilosos días vividos juntos. En el momento en que se encuentran en la obra con Hamlet, vacila éste bajo el peso de una irresistible carga para un hombre de sus condiciones. Ha salido el muerto de su tumba, para encomendarle una misión al mismo tiempo demasiado grande y demasiado mezquina para él. Es Hamlet un soñador y se ve en la necesidad de obrar. Posee un temperamento de aeda, y se le pide que luche contra la relación habitual de causa a efecto, contra la vida en su aspecto práctico, del cual todo lo ignora, en vez de bregar contra las esencia ideal de la vida, de la que tanto sabe. Ni la menor idea tiene de lo que debe hacer, y consiste su locura en simular la locura. Recurrió Bruto a su demencia como manto que había de ocultar la espada de su intención, el puñal de su sabiduría; pero no es más que un disfraz la locura de Hamlet, debajo de la cual se oculta su debilidad haciendo muecas y diciendo chistes, un pretexto para demorar la acción, con la cual juega como con una teoría de artista.
En espía se convierte de sus propios actos, y al escucharse a sí mismo, sabe que aquello son solamente "palabras, palabras, palabras". En lugar de correr el riego de ser el héroe de su propia historia, trata por todos los medios de ser el espectador de su propia tragedia. En nada cree, ni en su mismo siquiera; pero no puede prestarle ayuda su duda, porque no es fruto del escepticismo, sino de su voluntad incierta.
No perciben nada de esto Guildenstern ni Rosenkranz. Inclínanse y sonríen complacientes, miman gracias, y lo que el uno dice, como un eco lo repite el otro. Y cuando, finalmente, mediente el drama que nace dentro del drama y del discreteo de los títeres, logra sorprender Hamlet al rey en "el secreto de su conciencia", y del trono expulsan al traidor presa de pánico, Guidelnstern y Rosenkranz no ven en su conducta más que un deplorable olvido de la etiqueta de palacio. Es todo lo que les permiten los "sentimientos propios con que contemplan el drama de la vida". Junto al secreto de Hamlet están, y no sospechan nada del mismo. Y no tendría finalidad alguna iniciarlos en ese secreto. Son copas chicas, cuyo espacio no sería posible aumentar. Al finalizar el drama, se indica que han sido sorprendidos ambos planeando un artero golpe contra una tercera persona, y fueron o serán, muertos violenta o bruscamente. Pero, un fin tan trágico, aunque el humor de Hamlet le concede una apariencia de sorpresa de comedia, y de justicia, no es el que cabe a jóvenes de su calaña. No mueren éstos nunca. Al morir Horacio -aunque no en presencia del público-, en defensa de la causa de Hamlet, no deja hermano alguno:
(Absents him from felicity a white,
and in this harsh world draws his breath is pain...)
Tan inmensamente lejos de la pura felicidad,
arrastran por este mundo su desaliento...
Pero son inmortales Guidenstern y Rosenkranz, como Angelo y como Tartufo, y merecen vivir eternamente junto a éstos. Constituyen el tributo pagado por la vida moderna al viejo ideal de la amistad. Quien escriba en lo futuro un nuevo tratado "de Amicitia" tendrá que reservarles en el mismo un lugar, y glorificarlos en prosa ciceroniana. Son tipos eternamente inmutables. Sería no comprenderlos, intentar censurarlos. Lo que ocurre, es que no encuentran ellos en el lugar que les corresponde, y nada más. No es contagiosa la grandeza del alma. Están solos desde su nacimiento los pensamientos y sentimientos sublimes.
5 abr 2010
Leer o no Leer
Los libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases:
I. Los libros que hay que leer, como las Cartas, de Cicerón; Suetonio; las Vidas de los pintores, de Vasari; la Autobiografía de Benvenuto Cellini; Sir John Mandeville; Marco Polo; las Memorias de San Simón; Mommsen, y (hasta que tengamos otra mejor) la Historia de Grecia, de Grote.
II. Los libros que hay que releer, como Platón y Keats en la esfera de la poesía, los maestros y no los menestrales en la esfera de la filosofía, los videntes y no los sabios.
III. Los libros que no hay que leer nunca, como las Estaciones de Thomson; la Italia de Rogers; las Evidencias, de Paley; todos los Santos Padres, con excepción de San Agustín; todo John Stuart Mill, excepto el Ensayo sobre la libertad; todo el teatro de Voltaire, sin excepción alguna; la Analogía, de Butler; el Aristóteles, de Grant; la Inglaterra, de Hume; la Historia de la filosofía, de Lewes; todos los libros de argumentación y todos aquellos en los que se intente probar algo.
La tercera clase es, con mucho, la más importante. Decir a las gentes lo que deben leer es generalmente inútil o perjudicial, porque la apreciación de la literatura es cuestión de temperamento y no de enseñanza.
No existe ningún manual del aprendiz del Parnaso y nada de lo que se puede aprender por medio de la enseñanza merece la pena ser aprendido. Pero decir a las gentes lo que no deben leer es cosa muy distinta y me atrevo a recomendar este tema a la comisión del proyecto de extensión universitaria.
Realmente es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo, en este siglo en el que vivimos; un siglo en el que se lee tanto que ya no se tiene tiempo para admirar, y en el que se escribe tanto que no se tiene tiempo para pensar.
Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los «cien peores libros» y publique su lista, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.
I. Los libros que hay que leer, como las Cartas, de Cicerón; Suetonio; las Vidas de los pintores, de Vasari; la Autobiografía de Benvenuto Cellini; Sir John Mandeville; Marco Polo; las Memorias de San Simón; Mommsen, y (hasta que tengamos otra mejor) la Historia de Grecia, de Grote.
II. Los libros que hay que releer, como Platón y Keats en la esfera de la poesía, los maestros y no los menestrales en la esfera de la filosofía, los videntes y no los sabios.
III. Los libros que no hay que leer nunca, como las Estaciones de Thomson; la Italia de Rogers; las Evidencias, de Paley; todos los Santos Padres, con excepción de San Agustín; todo John Stuart Mill, excepto el Ensayo sobre la libertad; todo el teatro de Voltaire, sin excepción alguna; la Analogía, de Butler; el Aristóteles, de Grant; la Inglaterra, de Hume; la Historia de la filosofía, de Lewes; todos los libros de argumentación y todos aquellos en los que se intente probar algo.
La tercera clase es, con mucho, la más importante. Decir a las gentes lo que deben leer es generalmente inútil o perjudicial, porque la apreciación de la literatura es cuestión de temperamento y no de enseñanza.
No existe ningún manual del aprendiz del Parnaso y nada de lo que se puede aprender por medio de la enseñanza merece la pena ser aprendido. Pero decir a las gentes lo que no deben leer es cosa muy distinta y me atrevo a recomendar este tema a la comisión del proyecto de extensión universitaria.
Realmente es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo, en este siglo en el que vivimos; un siglo en el que se lee tanto que ya no se tiene tiempo para admirar, y en el que se escribe tanto que no se tiene tiempo para pensar.
Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los «cien peores libros» y publique su lista, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.
22 feb 2010
Pluma, lápiz y veneno
Ha sido constante motivo de reproche contra los artistas y hombres de letras su carencia de una visión integral de la naturaleza de las cosas. Como regla, esto debe necesariamente ser así. Esa misma concentración de visión e intensidad de propósito que caracteriza el temperamento artístico es en sí misma un modo de limitación. A aquellos que están preocupados con la belleza de la forma nada les parece de mucha importancia. Sin embargo, hay muchas excepciones a esta regla.
Rubens sirvió como embajador, Goethe como consejero de Estado, y Milton como secretario de Cromwell. Sófocles desempeñó un cargo cívico en su propia ciudad; los humoristas, ensayistas y novelistas de la América moderna no parecen desear nada mejor que transformarse en representantes diplomáticos de su país; y el amigo de Charles Lamb, Thomas Criffiths Wainewright, terna de esta breve memoria, aunque de un temperamento extremadamente artístico, siguió muchos otros llamados además del llamado del arte; no fue solamente un poeta y un pintor, un crítico de arte, un anticuario, un prosista, un aficionado a las cosas hermosas y un diletante de las cosas encantadoras, sino también un falsificador de capacidad más que ordinaria, y un sutil y secreto envenenador, casi sin rival en ésta o cualquier edad.
Este hombre destacable, tan poderoso con "pluma, lápiz y veneno", como dijo finamente de él un gran poeta de nuestros propios días, había nacido en Chiswick en 1794. Su padre era el hijo de un distinguido abogado de Gray's Inn y Hatton Carden. Su madre era hija del celebrado doctor Griffiths, el editor y fundador de la Monthly Review, el partícipe en otra especulación literaria de Thomas Davis, ese famoso librero de quien Johnson dijo que no era un librero, sino "un caballero que comerciaba en libros", el amigo de Goldsmith y Wedgwood, y uno de los más conocidos hombres de su día. La señora Wainewright murió al darlo a luz, a la temprana edad de veintiuno, y una noticia necrológica en el Gentleman's Magazine nos habla de su "amable disposición y numerosos méritos" y agrega algo extrañamente que "se supone que ella había comprendido los escritos del señor Locke tan bien como quizá no lo hizo ninguna persona de uno u otro sexo hoy viviente". Su padre no sobrevivió mucho a la joven esposa, y el pequeño parece haber sido educado por su abuelo y, tras la muerte de éste en 1803, por su tío, George Edward Griffiths, a quien posteriormente envenenó. Pasó su juventud en Lindon House, Turnham Creen, una de aquellas muchas hermosas mansiones georgianas que, desgraciadamente, han desaparecido ante las incursiones del constructor suburbano, y a sus amorosos jardines y bien arbolado parque debió ese simple y apasionado amor a la naturaleza que no lo abandonó a través de su vida y que lo hizo tan particularmente susceptible a las influencias espirituales de la poesía de Wordsworth.
Sin embargo, no debemos olvidar que este joven cultivado, que fue tan susceptible a las influencias wordsworthianas, fue también uno de los más sutiles y secretos envenenadores de ésta o cualquier edad. Cómo se sintió inicialmente fascinado por este extraño pecado, no nos lo cuenta, y el diario en el que anotó cuidadosamente los resultados de sus terribles experimentos y los métodos que adoptó, infortunadamente se ha perdido para nosotros. Además, se mostró reticente hasta sus últimos días en la materia y prefirió hablar sobre La excursión y los Poemas basados en el afecto. No hay duda, sin embargo, de que el veneno que usaba era la estricnina. En uno de los hermosos anillos que tanto lo enorgullecían, y que le servían para ostentar el fino modelado de sus manos marfileñas, acostumbraba llevar cristales de la nux vomita india, un veneno -nos dice uno de sus biógrafos- "casi insípido, y capaz de una disolución casi infinita". Sus asesinatos, dice De Quincey, fueron más de los que se dieron a conocer judicialmente. De esto no hay duda, y algunos de ellos son merecedores de mención. Su primera víctima fue su tío, Thomas Griffiths. Lo envenenó en 1829 para tomar posesión de Lindon House, un lugar al que se había sentido siempre muy unido. En agosto del año siguiente envenenó a la señora Abercrombie, su suegra, y en diciembre envenenó a la amorosa Helen Abercrombie, su cuñada. Por qué asesinó a la señora Abercrombie no está averiguado. Puede haber sido por un capricho, o para gratificar cierto perverso sentimiento de poder que había en él, o porque ella sospechaba algo, o por ninguna razón. Pero el asesinato de Helen Abercrombie fue llevado adelante por él y su esposa en consideración a una suma de unas 18.000 libras, en la que ellos habían asegurado la vida de ella en varias compañías.
Al agente de una compañía de seguros que lo visitaba una tarde y que creyó que podría aprovechar la ocasión para señalar que, después de todo, el crimen era un mal negocio, le replicó: "Señor, ustedes, hombres de la Ciudad, entran en sus especulaciones y aceptan sus riesgos. Algunas de sus especulaciones tienen éxito, algunas fracasan. Sucede que las mías han fallado, sucede que las suyas han tenido éxito. Esa es la única diferencia, señor, entre mis visitantes y yo. Pero, señor, le mencionaré a usted una cosa en la que yo he tenido éxito hasta el final. He estado determinado a conservar a través de la vida la posición de un caballero. Siempre he hecho eso. Lo hago aún. Es costumbre de este lugar que cada uno de los inquilinos de una celda cumpla su turno de limpieza. ¡Yo ocupo una celda con un albañil y un deshollinador, pero ellos nunca me ofrecen la escoba!". Cuando un amigo le reprochó el asesinato de Helen Abercrombie, él se encogió de hombros y dijo: "Sí, fue cosa espantosa hacerlo, pero tenía tobillos muy gruesos".
Naturalmente, está muy cerca de nuestro propio tiempo para que seamos capaces de formar algún juicio puramente artístico sobre él. Es imposible no sentir un fuerte prejuicio contra un hombre que podría haber envenenado a Tennyson, o al señor Gladstone, o al señor de Balliol. Pero si el hombre hubiera usado un ropaje y hablado un idioma diferente del nuestro, si hubiera vivido en la Roma imperial o en el tiempo del Renacimiento italiano, o en la España del siglo XVII, o en cualquier tierra y cualquier siglo que no fueran los nuestros, hubiéramos sido capaces de arribar a una estimación perfectamente desprejuiciada de su posición y valor. Yo sé que hay muchos historiadores, o al menos escritores sobre asuntos históricos, que aun creen necesario aplicar juicios morales a la historia, y que distribuyen su elogio o reprobación con la solemne complacencia de un maestro de escuela satisfecho. Este es, sin embargo, un hábito tonto, y solamente demuestra que el instinto moral puede ser llevado a un grado tan elevado de perfección que hace su aparición dondequiera no es requerido. Ninguna persona con verdadero sentido histórico soñaría nunca con reprobar a Nerón, regañar a Tiberio, o censurar a César Borgia. Esas personas son como los títeres de una representación. Pueden llenarnos de terror, horror o admiración, pero no pueden hacernos daño. No están en relación inmediata con nosotros. No tenemos nada que temer de ellos. Han pasado a la esfera del arte y de la ciencia, y ni el arte ni la ciencia saben nada de aprobación o desaprobación moral. Y así puede suceder algún día con el amigo de Charles Lamb. Por el momento, siento que él es un poco demasiado moderno para ser tratado con ese fino espíritu de curiosidad desinteresada, al que debemos tantos encantadores estudios de los grandes criminales del Renacimiento italiano, de las plumas del señor John Addington Symonds, la señorita Mary F. Robinson, la señorita Vernon Lee y otros distinguidos escritores. Sin embargo, el Arte no lo ha olvidado. Él es el héroe de Hunted Down, de Dickens; el Varney de la Lucretia, de Bulwer; y es grato notar que la ficción ha rendido algún homenaje a quien fue tan poderoso con "pluma, lápiz y veneno". Ser inspirador para la ficción es mucho más importante que una simple realidad.
Rubens sirvió como embajador, Goethe como consejero de Estado, y Milton como secretario de Cromwell. Sófocles desempeñó un cargo cívico en su propia ciudad; los humoristas, ensayistas y novelistas de la América moderna no parecen desear nada mejor que transformarse en representantes diplomáticos de su país; y el amigo de Charles Lamb, Thomas Criffiths Wainewright, terna de esta breve memoria, aunque de un temperamento extremadamente artístico, siguió muchos otros llamados además del llamado del arte; no fue solamente un poeta y un pintor, un crítico de arte, un anticuario, un prosista, un aficionado a las cosas hermosas y un diletante de las cosas encantadoras, sino también un falsificador de capacidad más que ordinaria, y un sutil y secreto envenenador, casi sin rival en ésta o cualquier edad.
Este hombre destacable, tan poderoso con "pluma, lápiz y veneno", como dijo finamente de él un gran poeta de nuestros propios días, había nacido en Chiswick en 1794. Su padre era el hijo de un distinguido abogado de Gray's Inn y Hatton Carden. Su madre era hija del celebrado doctor Griffiths, el editor y fundador de la Monthly Review, el partícipe en otra especulación literaria de Thomas Davis, ese famoso librero de quien Johnson dijo que no era un librero, sino "un caballero que comerciaba en libros", el amigo de Goldsmith y Wedgwood, y uno de los más conocidos hombres de su día. La señora Wainewright murió al darlo a luz, a la temprana edad de veintiuno, y una noticia necrológica en el Gentleman's Magazine nos habla de su "amable disposición y numerosos méritos" y agrega algo extrañamente que "se supone que ella había comprendido los escritos del señor Locke tan bien como quizá no lo hizo ninguna persona de uno u otro sexo hoy viviente". Su padre no sobrevivió mucho a la joven esposa, y el pequeño parece haber sido educado por su abuelo y, tras la muerte de éste en 1803, por su tío, George Edward Griffiths, a quien posteriormente envenenó. Pasó su juventud en Lindon House, Turnham Creen, una de aquellas muchas hermosas mansiones georgianas que, desgraciadamente, han desaparecido ante las incursiones del constructor suburbano, y a sus amorosos jardines y bien arbolado parque debió ese simple y apasionado amor a la naturaleza que no lo abandonó a través de su vida y que lo hizo tan particularmente susceptible a las influencias espirituales de la poesía de Wordsworth.
Sin embargo, no debemos olvidar que este joven cultivado, que fue tan susceptible a las influencias wordsworthianas, fue también uno de los más sutiles y secretos envenenadores de ésta o cualquier edad. Cómo se sintió inicialmente fascinado por este extraño pecado, no nos lo cuenta, y el diario en el que anotó cuidadosamente los resultados de sus terribles experimentos y los métodos que adoptó, infortunadamente se ha perdido para nosotros. Además, se mostró reticente hasta sus últimos días en la materia y prefirió hablar sobre La excursión y los Poemas basados en el afecto. No hay duda, sin embargo, de que el veneno que usaba era la estricnina. En uno de los hermosos anillos que tanto lo enorgullecían, y que le servían para ostentar el fino modelado de sus manos marfileñas, acostumbraba llevar cristales de la nux vomita india, un veneno -nos dice uno de sus biógrafos- "casi insípido, y capaz de una disolución casi infinita". Sus asesinatos, dice De Quincey, fueron más de los que se dieron a conocer judicialmente. De esto no hay duda, y algunos de ellos son merecedores de mención. Su primera víctima fue su tío, Thomas Griffiths. Lo envenenó en 1829 para tomar posesión de Lindon House, un lugar al que se había sentido siempre muy unido. En agosto del año siguiente envenenó a la señora Abercrombie, su suegra, y en diciembre envenenó a la amorosa Helen Abercrombie, su cuñada. Por qué asesinó a la señora Abercrombie no está averiguado. Puede haber sido por un capricho, o para gratificar cierto perverso sentimiento de poder que había en él, o porque ella sospechaba algo, o por ninguna razón. Pero el asesinato de Helen Abercrombie fue llevado adelante por él y su esposa en consideración a una suma de unas 18.000 libras, en la que ellos habían asegurado la vida de ella en varias compañías.
Al agente de una compañía de seguros que lo visitaba una tarde y que creyó que podría aprovechar la ocasión para señalar que, después de todo, el crimen era un mal negocio, le replicó: "Señor, ustedes, hombres de la Ciudad, entran en sus especulaciones y aceptan sus riesgos. Algunas de sus especulaciones tienen éxito, algunas fracasan. Sucede que las mías han fallado, sucede que las suyas han tenido éxito. Esa es la única diferencia, señor, entre mis visitantes y yo. Pero, señor, le mencionaré a usted una cosa en la que yo he tenido éxito hasta el final. He estado determinado a conservar a través de la vida la posición de un caballero. Siempre he hecho eso. Lo hago aún. Es costumbre de este lugar que cada uno de los inquilinos de una celda cumpla su turno de limpieza. ¡Yo ocupo una celda con un albañil y un deshollinador, pero ellos nunca me ofrecen la escoba!". Cuando un amigo le reprochó el asesinato de Helen Abercrombie, él se encogió de hombros y dijo: "Sí, fue cosa espantosa hacerlo, pero tenía tobillos muy gruesos".
Naturalmente, está muy cerca de nuestro propio tiempo para que seamos capaces de formar algún juicio puramente artístico sobre él. Es imposible no sentir un fuerte prejuicio contra un hombre que podría haber envenenado a Tennyson, o al señor Gladstone, o al señor de Balliol. Pero si el hombre hubiera usado un ropaje y hablado un idioma diferente del nuestro, si hubiera vivido en la Roma imperial o en el tiempo del Renacimiento italiano, o en la España del siglo XVII, o en cualquier tierra y cualquier siglo que no fueran los nuestros, hubiéramos sido capaces de arribar a una estimación perfectamente desprejuiciada de su posición y valor. Yo sé que hay muchos historiadores, o al menos escritores sobre asuntos históricos, que aun creen necesario aplicar juicios morales a la historia, y que distribuyen su elogio o reprobación con la solemne complacencia de un maestro de escuela satisfecho. Este es, sin embargo, un hábito tonto, y solamente demuestra que el instinto moral puede ser llevado a un grado tan elevado de perfección que hace su aparición dondequiera no es requerido. Ninguna persona con verdadero sentido histórico soñaría nunca con reprobar a Nerón, regañar a Tiberio, o censurar a César Borgia. Esas personas son como los títeres de una representación. Pueden llenarnos de terror, horror o admiración, pero no pueden hacernos daño. No están en relación inmediata con nosotros. No tenemos nada que temer de ellos. Han pasado a la esfera del arte y de la ciencia, y ni el arte ni la ciencia saben nada de aprobación o desaprobación moral. Y así puede suceder algún día con el amigo de Charles Lamb. Por el momento, siento que él es un poco demasiado moderno para ser tratado con ese fino espíritu de curiosidad desinteresada, al que debemos tantos encantadores estudios de los grandes criminales del Renacimiento italiano, de las plumas del señor John Addington Symonds, la señorita Mary F. Robinson, la señorita Vernon Lee y otros distinguidos escritores. Sin embargo, el Arte no lo ha olvidado. Él es el héroe de Hunted Down, de Dickens; el Varney de la Lucretia, de Bulwer; y es grato notar que la ficción ha rendido algún homenaje a quien fue tan poderoso con "pluma, lápiz y veneno". Ser inspirador para la ficción es mucho más importante que una simple realidad.
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