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10 ago 2011

Leer


Hace algunos años tuve una experiencia excepcional. Durante siete días viví encerrada en una celda en la que no tenía otra cosa a la que dedicarme que a leer.
Referirme al sitio en que esto tuvo lugar no debe malentenderse, aunque ya no era una celda propiamente dicha, lo había sido siglos atrás. Ahora se había transformado en el departamento de un pintor y su esposa, que en una especie de comodato eran propietarios también del resto de la edificación que había sido cárcel, antes de ser manicomio y hasta convertirse, si no en el único, creo que en el primer Museo de Arte Abstracto en el mundo, éste, en la ciudad de Zacatecas, México. Y describirme ahí como encerrada tampoco debe interpretarse mal. El taller de grabado que forma parte de las actividades del museo había invitado a W, de quien soy pareja, a hacer un grabado en sus instalaciones, y los fundadores y dueños del museo, viejos amigos nuestros, durante nuestra estancia pusieron a nuestra disposición su departamento personal. W pasaba horas en el taller y yo lo esperaba en el domicilio temporal.
El encierro tampoco era tal en un sentido estricto, pero sí una condición voluntaria y, en aquellos momentos, confieso que incluso necesaria para mí. Yo había enviudado poco tiempo atrás y estaba pasando por una situación emocional delicada y, por más que pudiera abrir los candados de las rejas y salir a la calle, prefería, à la Bartleby, no hacerlo. Si he de sincerarme todavía más, de hecho me hice a la idea de que no podía abrir los candados y zafar las cadenas y salir, pues quedar encerrada o recluida era lo único que parecía reconfortarme. Salía, por supuesto, pero acompañada de W. En los alrededores, comprábamos fruta, pan y algo más de comer y beber, jugos, café, luego W seguía camino hacia el taller y yo regresaba a mi acogedora, a mi protectora celda, que me recibía luminosa, cálida y silenciosa, sin ninguna clase de amenaza, las condiciones ideales del lector y su lectura.
Para la duración de nuestra temporada yo había llevado para leer solamente un libro, pero se trataba de uno grueso, de unas 700 o quizás 800 páginas, de tipo pequeño y de formato regular, calculé que en el estado en que me encontraba, si acaso lograba leer, no iba a ser capaz de hacerlo mucho más. Pensé, aparte, que por idénticas razones se me facilitaría más concentrarme en un solo tema que en varios. Lo cierto es que esto, aunado a que esperaba que en esos momentos esa fuera la mejor lectura para mí, incluso benéfica, determinaron que el libro elegido fuera una biografía de Freud, la de Peter Gay. No diré que tal vez la zona más saludable de mi ser no hubiera pensado, también, que semejante lectura, en circunstancias menos críticas, seguramente no habría sido la más deseable de las lecturas a las que yo habría recurrido por gusto. Es decir, de haberme encontrado con mejor de ánimo sin duda me habría llevado algún otro de los libros que siempre había querido leer, pero que, por extensos o arduos en un sentido u otro, no me habría sido posible leer bien o por lo menos de una vez, de forma entregada y concentrada. ¡Son tantos! Y eran más en aquel momento. Pero pondré un par de ejemplos, Guerra y paz o Los miserables, para centrarme en lecturas literarias.
Es más, ahora que he recuperado mi bienestar emocional, con frecuencia sueño, dormida o despierta, con que la situación se diera para que W y yo pudiéramos volver a la celda de Zacatecas, de modo que mientras él grabara en el taller del museo yo leyera encerrada, encadenada, sin otra cosa a la que entregarme que a la lectura feliz. No que yo no me procure las condiciones ideales para leer sin interrupción todos los días, cuatro o cinco horas, lo hago y leo feliz. El cómo, el cuándo, el dónde, se encuentran, se forjan, se arrebatan, se consiguen, cada lector se las averigua y lucha y triunfa, a su modo y a su costo, para leer, leer. Así que no es eso a lo que me refiero. La celda de Zacatecas me dio algo más.
Anoche me dormí preguntándome qué pudo haber sido este algo más, y amanecí con la respuesta, pues, a manera de la coda del sueño que habré tenido, me repetía el lema latino de la primaria francesa en la que me alfabeticé o aprendí a leer y escribir, Veritas liberabis vobis. Que mejoré, como: La lectura te hará libre. Me ha hecho a mí.

29 jun 2010

El Arma del Escritorio

El problema de estar bien y de sentirme bien es que quiero leer todos los libros, incluso los que ya he leído, y quiero correr todas las aventuras, incluso las que sé que me sería imposible correr, como la de leer todos los libros, por ejemplo, los llevaría en barco en un viaje tan largo como la lectura sin fin requiriera y, al regresar, a donde fuera que regresara, los comentaría uno tras otro, regresaría sabia y contenta, cargada de un tesoro, y me sentaría a escribir, cuando un escritor tiene algo que dar, debe encontrar la manera de darlo. Ten la conciencia tranquila en cuanto a los privilegios que te confiere tu oficio de escritor, escribió Danilo Kis en los ochentas en uno de sus mandamientos o Consejos a un joven escritor, que Jesús García acaba de publicar en su Colección Visor de Poesía y que leí en estos días, lectura que me condujo a averiguar quién era Kis, que se me adelantó a llamar privilegiada la vida del escritor, cuyo privilegio es el de dar lo que tiene. Todos llevamos vidas difíciles, pero a los escritores nos corresponde hacer algo con esas vidas, es nuestro deber rescatarlas en nuestro privilegiado trabajo. Kis sostuvo que lo que él observaba era lo que se podía ver a simple vista, y que sin embargo la gente era incapaz de ver.
Kis nació en Yugoslavia en 1935 y murió en París en 1989. Su padre fue inspector de ferrocarriles que durante la Segunda Guerra Mundial fue asesinado en un campo de concentración nazi. Danilo perteneció a la primera promoción de licenciados en literatura comparada de la Universidad de Belgrado, y trabajó como traductor. Tradujo al serbio a autores franceses, rusos, húngaros e incluso ingleses, de Baudelaire a Anna Ajmátova, de Verlaine, Lautréamont y Queneau a Aleksandr Blok. Los traducía al mismo tiempo que escribía sus propias novelas, la primera con el título romántico de La buhardilla. Cuando ganó el prestigioso Premio Nin lo devolvió por motivos políticos. Se fue a vivir a Francia, donde fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras.Letras Libres publicó un breve ensayo suyo en 2000, titulado El último baluarte de la cultura, en el que se refiere a la literatura como el campo de una realidad no real, con el mismo sentido, me parece a mí, con el que observa que si el gobierno aplaude lo que escribe el escritor, el escritor no debe desconfiar del gobierno, sino de lo que él escribe, o con el sentido con el que le aconseja al escritor no ser profeta, porque su arma debe ser la duda. En defensa del serbocroata, sostenía que su idioma era un instrumento que no cambiaría por ningún otro, lo que ejemplificó al comparar la adopción que hiciera de una lengua ajena, al cambio que Menuhin hiciera de su Stradivarius por un piano Bösendorfer, Menuhin lo podría tocar, pero de forma tímida y ciertamente sin alegría.
Kis sostiene que traducir es un excelente ejercicio de estilo para un escritor, es una manera de aprender la receta. Paralelamente a su trabajo de ensayista y narrador, Sergio Pitol ha sido un ejemplar traductor a lo largo de los años, ha traducido del inglés, el francés, el italiano, el ruso y el polaco, y ahora la Universidad Veracruzana publica la colección Sergio Pitol/Traductor con todos sus títulos, de autores de culto que Pitol ha puesto en las manos de sus lectores durante por lo menos 50 años, los conoce, los tiene, los quiere, nos los da. Nos da a Kazimierz Brandys, a Joseph Conrad, a Boris Pilniak, a Anton Chéjov, a Malcolm Lowry, a Witold Gombrowicz, a Ronald Firbank, a Luigi Malerba, a Robert Graves, a Jerzy Andrzejewski, colección que Ramón López Quiroga puso en mis manos y que leeré por las tardes en el camarote del barco de mi largo viaje hacia la luz, que es hacia donde apuntaría la educación según la línea de pensamiento de Eliot, que en 1950 dio una cátedra con el tema en la Universidad de Chicago, conferencias a las que me habría fascinado asistir, pero que espero que los ministros de educación de todos los países por lo menos conozcan a fondo.
Para designar a un ministro de educación, yo propondría a los candidatos el requisito de escribir un ensayo sobre el asunto. Qué significa la educación, hacia donde ha de dirigirse, desde qué momento habría que empezar a inculcar sus principios (¿cuáles serían, señores ministros?) y de qué manera emprenderían su aplicación.

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