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4 nov 2013

El pez soluble: Los lectores


“Jamás leo los libros que debo criticar, para no sufrir su influencia”, decía Oscar Wilde. Esta sentencia parece un chiste, la línea irónica que dedica un escritor a los críticos literarios, pero en el fondo, si miramos con objetividad el acto de leer, tiene un buen porcentaje de verdad. Por ejemplo, el libro que escribe un escritor será leído de forma distinta por el editor, por el corrector y por cada uno de sus decenas de lectores, nadie será capaz de leer exactamente lo que quiso decir el escritor, probablemente ni siquiera el escritor mismo. En cada libro, en cada novela o ensayo, hay un margen de error entre lo que el lector lee y lo que el escritor quiso decir, o pensó que dijo. Desde este punto de vista ¿qué significa leer un libro? Pierre Bayard, profesor de literatura y psicoanalista, que además es un exitoso ensayista francés, escribió su muy particular visión sobre el acto de leer, en un desconcertante, y casi majadero, librito titulado Cómo hablar de los libros que no se han leído, que está publicado en español por la editorial Anagrama. El profesor Bayard clasifica las lecturas que ha tenido a lo largo de su vida, que deben ser muchas a juzgar por su quehacer, en cuatro grandes campos: libro desconocido, libro hojeado, libro evocado y libro olvidado. El libro leído, como puede verse, queda fuera de su consideración.
Veamos el caso de un lector experto, un bibliotecario, que es una persona que, se supone, pasa su vida leyendo un libro tras otro, con una intensidad tal que ha dado origen al insulto “eres un ratón de biblioteca”, que se aplica a aquellos que en lugar de vivir la vida se dedican a leerla en los libros, generalmente a través de unas gafas muy voluminosas. Pero resulta que el bibliotecario, de acuerdo con la teoría de este profesor francés, no debe leer los libros que están a su cargo porque pierde la visión de conjunto; si se entrega a la lectura de un solo volumen, desatiende los otros miles de volúmenes sobre los que, en algún momento, tendrá que orientar a algún lector. El verdadero bibliotecario, según Bayard, no es aquel que ha leído muchos de los libros de su biblioteca, sino el que, sin necesidad de leerlos, es capaz de orientarse en ese universo de libros para, a su vez, orientar al lector. El poeta Paul Valéry, otro francés por supuesto, decía: “Ser cultivado consiste en ser capaz de orientarse rápidamente en un libro, y esa orientación no implica leerlo en su integridad, más bien al contrario. Sería incluso posible sostener que cuanto mayor sea esa capacidad, menos necesario será leer tal libro en particular”.
El bibliotecario de Bayard me recuerda, y perdone usted la excentricidad del caso que voy a plantear a continuación, al cocinero de un restaurante mexicano en Toronto, Canadá (Milagro, 183 Queen St. West, por si anda usted por ahí), que hace la mejor cochinita pibil que he probado en mi vida. Las dos o tres veces que he estado en esa ciudad he ido a ese restaurante y, la última vez, pedí que me presentaran ante el artífice de esa maravilla que es, lo juro, un cocinero de India rigurosamente vegetariano y que, consecuentemente, nunca ha probado la cochinita pibil, y esto le permite no extraviarse en los detalles y aplicar, en cambio, una visión de conjunto sobre el platillo.
El porcentaje de verdad, que tiene la sentencia de Wilde con la que comenzaron estas líneas, está precisamente ahí, en la visión de conjunto que perdería si se metiera a leer la obra a fondo, un principio que respetan también los editores, que más que leer las obras de los autores que van a publicar, las hojean, las pajarean, se orientan dentro de ellas pero, generalmente, no las leen, porque si lo hicieran no podrían publicar esa cantidad de libros que necesita la industria editorial para seguir caminando.
Nosotros mismos, como lectores, poseemos un arsenal de lecturas en la memoria que hemos ido conociendo porque nos han contado de ellas, por alusiones, por evocaciones o por citas muchas veces repetidas, por ese eco que se produce entre lectores y que hace que alguien cite “la magdalena de Proust”, sin haber abierto nunca Por el camino de Swann o que, sin necesidad de haberse asomado a Ana Karenina, nos suelte aquello de que “todas las familias felices se parecen”. Pero incluso con los libros que si hemos leído, sucede que después solo recordamos una mínima parte, una línea o una idea de todos esos volúmenes que nos hemos leído de pe a pá. Apenas vamos terminando de leer una página cuando ya empezamos a olvidarla y, siendo rigurosos, recordamos muy poco de los libros que hemos leído, por ejemplo, en los últimos seis meses, con frecuencia parece que ni nos hubiéramos acercado a ellos. Viendo este asunto con la suficiente seriedad, no nos queda más que aceptar que es mucho más lo que olvidamos que lo que recordamos de los libros que hemos leído, y que la mayor parte de nuestro historial como lectores está constituido por esas miles y miles de páginas que algún día leímos y que hoy somos incapaces de recordar. Y si leemos y después no recordamos, ¿hemos leído?



17 ago 2011

La Pereza


El filósofo Raoul Vaneigem escribió un hermoso y subversivo texto sobre la pereza (Eloge de la paresse affinee, 1996). Precisamente para no caer en un contrasentido, Vaneigem escribió un elogio, unas cuantas páginas, y no un tratado que le hubiera exigido una cantidad de trabajo inverosímil para un filósofo que defiende con tanto ahínco la pereza. Para abrir boca este filósofo belga tira esta bomba sobre ese concepto intocable y sacrosanto de la civilización occidental que se llama El Trabajo: “una alquimia involutiva que transforma en un saber de plomo el oro de la riqueza existencial”. Ese oro, al cabo de unas cuantas líneas, comienza a encontrarlo Vaneigem en la disponibilidad frente a la existencia que regala, a una persona, un buen rato de pereza. “La única utilidad que se le reconoce ahora al trabajo se limita a garantizar un salario a la mayoría y una plusvalía a la oligarquía burocrática internacional. El primero se gasta en bienes de consumo y en servicios de una mediocridad creciente; la segunda se invierte en especulaciones bursátiles que, cada vez más, prestan a la economía un carácter parasitario”.
Al no hacer nada estamos rigurosamente con nosotros mismos y desde ese estado pueden hacerse apuntes trascendentales, imaginar proyectos, bosquejar golpes cruciales de timón o pueden establecerse, con otros perezosos, conversaciones de gran calado. “Las múltiples obligaciones que, desde el nacimiento a la muerte, hacen de la vida una frenética producción de nada (…) El trabajo ha desnaturalizado la pereza. La ha convertido en su puta, del mismo modo en que el poder patriarcal veía en la mujer el reposo del guerrero”. Sobre ese sistema que hace del trabajador medio un hombre que tiene que pasar un año completo en una fábrica, o en una oficina, para poder destinar una semana de vacaciones a la pereza, Vaneigem opina: “Pagar el descanso con la servidumbre es, sin duda, un trabajo innoble. Hay demasiada belleza en la pereza como para convertirla en la prebenda de los clientelismos”. Y un poco más adelante siembra esta pista: “El tiempo, repentinamente vaciado de su contabilidad dineraria, se vuelve tiempo muerto; apenas existe. Es preciso haber perdido, más que el sentido de la moral, el sentido de la rentabilidad para pretender penetrar en él e instalarse allí sin vergüenza”. A lo largo de este revolucionario elogio, Raoul Vaneigem cita el pays de Cocagne, ese territorio mitológico, muy popular en los textos medievales, donde había montañas de queso, ríos de vino y árboles de los que, además de frutas, colgaban lechones ya cocinados. Los habitantes de Cocagne, o Cucaña, no padecían, desde luego, la tiranía del trabajo. “Planea sobre la pereza tal sentimiento de culpa que pocos se atreven a reivindicarla como una parada saludable que permite reconquistarse y no ir más allá en el camino por el que el viejo mundo se desliza(…) La culpabilidad degrada y pervierte la pereza, prohíbe su estado de gracia, la despoja de su inteligencia”.
A veces una intensa actividad mental, una tormenta que pone patas arriba el intelecto, tiene la apariencia física de la pereza; pero a lo que hay que aspirar verdaderamente es a la pereza pura y dura, sin tormentas mentales que enturbien ese espacio diáfano, de calma chicha, donde pueda manifestarse cualquier cosa, desde un puente de hierro forjado hasta una novela de ochocientas páginas; durante un estado prolongado de pereza se está siempre a las puertas de algo.

La pereza es goce de uno mismo o no es nada. No esperen que les sea concedida por sus amos o sus dioses. A ella se llega por una natural inclinación a buscar el placer y evitar su contrario. Una simpleza que la edad adulta se empeña en complicar”.



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