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17 ene 2012

Decálogo imperfecto del imperfecto novelistas

(glosas ambiguas a Horacio Quiroga)


Uno. El novelista, más que creer en sus maestros, se los apropia. Entra a saco en ellos, los expolia como un ejército invasor y, cuando ha obtenido todo lo que necesitaba, los deja atrás. Frente a las grandes novelas se comporta igual que frente a la realidad: como un parásito. Lee para aprender a escribir y escribe para aprender a leer. Y nunca ha sido muy dado, de todas formas, a divinizar a nadie.


Dos. El novelista desconfía de la perfección. Se ha dado cuenta de que las novelas donde nada sobra, donde todo es pertinente, suelen ser las más pedestres, las menos iluminadoras. Sabe que de los excesos y las impertinencias surgen, a menudo, las mejores páginas. Intentará entonces que sus caprichos parezcan imprescindibles o, cuando menos, parte de un orden secreto. Cuando un crítico le señala páginas que se podrían quitar, que no aportan nada a la trama, calladamente se muere de la risa.


Tres. El novelista no escribe porque desee triunfar: escribe porque no tiene más remedio (la idea de triunfo, en todo caso, le parece una baratija y fuente de interminables malentendidos). Escribir es su única manera de estar en el mundo, pero también y sobre todo un vicio, una adicción malsana que lo obliga a menudo a desatender a quienes quiere. Esto lo atormenta.


Cuatro. El novelista empieza a escribir sin saber adónde va. Es más: escribe esa novela (y no otra) precisamente porque no sabe adónde va. La novela es una forma de saberlo, de descubrir algo que estaba oculto, de echar luz sobre lugares oscuros. Comenzar sabiendo lo que escribirá le parece una pérdida de tiempo. No le interesa explicar lo que ya conoce, sino revelar lo que también él ignora.


Cinco. El novelista desconfía de la simplicidad. Si un escritor se ufana de que sus novelas se pueden leer sin diccionario, lo más probable es que los diccionarios sean más interesantes que sus novelas. Para el novelista –Conrad, Joyce, Proust, Céline, Faulkner–, el lenguaje es como una caja de herramientas, y le parece profundamente inquietante que a la hora de su muerte todavía le queden llaves o tuercas sin usar.

Seis. El novelista escribe desde la insatisfacción: porque quisiera ser y no es, porque desea y no satisface el deseo, porque pregunta y no le responden. Nadie que esté plenamente contento escribe novelas. El novelista no escribe para sí mismo (cuando algún colega dice que “escribe para expresarse”, al novelista le dan arcadas), pero tampoco escribe para sus lectores. Esta contradicción también lo atormenta.

Y siete. El novelista odia muchas cosas (es más: muchas veces escribe justamente por eso), pero la primera es aquella frase de Horacio Quiroga: “Un cuento es una novela depurada de ripios”. El novelista sabe que tampoco para Quiroga era verdad semejante tontería; se pregunta, entonces, para qué perdió el tiempo escribiéndola. Para el novelista, la novela hace cosas que ninguna invención humana es capaz de hacer, y el mundo no existe hasta que es narrado en una novela. Tiene esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

9 abr 2010

Crueldades del oficio

LO MÁS MOLESTO DE ESCRIBIR NOvelas sobre la Historia (no novelas históricas, ese género redundante y aburrido) no es la dificultad de conseguir la información para escribirlas, sino lo fácil que es conseguirla después de haberlas publicado.

Claro, lo que le interesa a un novelista no es siempre lo que interesa a los historiadores, y uno tiene a veces que recorrer cientos de páginas para encontrar un detalle que esté vivo, que traiga la historia a la vida. “Los detalles son la sangre de la ficción”, decía Nabokov; y así uno puede leer sin la más mínima emoción tomo tras tomo de análisis históricos, sesudas interpretaciones sociales o rigurosas biografías, y luego entrar en éxtasis al enterarse, por ejemplo, de que a Lucas Caballero no le gustaban los edredones de plumas, y, al reservar por telegrama su habitación en cierto hotel boyacense, solía escribir: “Solicito pieza sin globos”.
Esos detalles banales son la presa mayor, por lo menos para mí, y son muy difíciles de encontrar. He contado ya los problemas que tuve para escribir Los informantes, una novela que gira alrededor de los inmigrantes alemanes en Colombia y su vida durante los años cuarenta. Salvo la conversación que dio origen a la novela —tres días de charlas con una mujer extraordinaria de no menos extraordinaria memoria—, investigar para esa novela fue un largo tormento: los testigos de esos años, los más interesantes, no querían recordarlos. Al final, acabé haciendo lo que pude con los testimonios que logré recabar… sólo para toparme, una vez publicado el libro, con decenas de personas que lo habían leído y se ofrecían a contarme la historia de su vida, “por si quiere escribir la segunda parte”. La paradoja es cruel: lo que uno necesita para escribir un libro llega después de que el libro se ha publicado. Es más: llega precisamente porque el libro se ha publicado.
Me ha pasado dos veces en los últimos días con Historia secreta de Costaguana, mi novela sobre, entre otras cosas, Joseph Conrad y el canal de Panamá. Primero, el escritor francés Olivier Rolin (busquen y lean su extraordinaria novela Meroé) me mandó las poesías completas de Blaise Cendrars, a quien yo nunca había leído con atención. Abrí el libro en la página marcada y me encontré con “Panamá o las aventuras de mis siete tíos”, un largo poema cuya última parte revive las experiencias de un francés en el Istmo durante la construcción del canal. ¡Qué no hubiera dado por conocer el poema mientras escribía mi libro! Pero Olivier Rolin me lo mandó, claro, porque había leído el libro publicado.
Y ahora Ricardo Bada, columnista vecino, me reenvía el correo electrónico que acaba de recibir de un amigo suyo, Hernando Jiménez Pérez. Don Hernando está comenzando a leer mi novela, pero eso no importa; lo que importa es que Santiago Pérez Triana, un personaje imprescindible en la historia que he tratado de contar, era hermano de su bisabuelo. Echo mano otra vez de mis signos de exclamación: ¡qué no hubiera dado por conocer a Hernando Jiménez y hablar con él de la familia Pérez Triana mientras metía a don Santiago en mi ficción! Pero, si alguna vez llego a conocerlo y a importunarlo con mil preguntas, será con resignación y algo de tristeza: porque ya sus respuestas no acabarán metidas en un libro que seguramente hubieran mejorado.

11 ene 2010

y usted, ¿por qué escribe?

HAY PREGUNTAS TONTAS PERO simpáticas, inteligentes pero pedantes, banales pero interesantes, serias pero aburridas. Entre las que recibe un escritor en el curso de una entrevista, hay sólo una que es absurda, a pesar de que parezca la más pertinente de todas: y usted, ¿por qué escribe? La pregunta parece pertinente porque el acto de escribir —ficción, se entiende— no es normal: no es normal dedicar ocho horas al día, más o menos, a imaginar en completa soledad las vidas de gente que nunca ha existido; no es normal dedicar seis años, como Tolstoi, o diecisiete, como Joyce, a contar un cuento. Y la pregunta es absurda porque hay un rasgo esencial que distingue a los novelistas (o poetas, o dramaturgos, o cuentistas) del resto de los usuarios del idioma: y es que nadie, o casi nadie, tiene realmente claro por qué hace lo que hace. Por supuesto que todos se cargan de razones, todos hacen malabares más o menos sofisticados para encontrarle una justificación a esta actividad injustificable. William Gass, a quien estoy traduciendo por estos días, dice: “Escribo porque odio”. García Márquez famosamente dice: “Escribo para que mis amigos me quieran más”. Pero lo cierto es que muy pocos novelistas comienzan a escribir en la edad adulta, muy pocos deciden a los veinte o treinta años sentarse a contar una historia sin haberlo hecho de niños, y los niños, ya se sabe, no suelen preocuparse demasiado por justificar sus intereses. Es más o menos lo que decía Jean Cocteau: “Sé que la poesía es indispensable, pero no podría decir para qué”. Estaba yo pensando en esto cuando me encontré, hace poco, con la entrevista que le dio Paul Auster a la Paris Review en 2003. Está hablando de los lectores que se vuelven escritores: “Un verdadero lector sabe que los libros son un mundo en sí mismo, y que ese mundo es más rico y más interesante que cualquiera que hayamos visitado con anterioridad. Creo que eso es lo que convierte a un joven en escritor: la felicidad que se descubre viviendo en los libros. Uno no ha vivido lo suficiente para tener gran cosa que contar, pero llega el momento en que se da cuenta de que nació para hacer esto”. Me gusta esta última línea: el futuro escritor no escribe porque tenga un tema, pues pocos tienen temas a la edad en que comienzan a escribir. La idea me parece más justa, pero sobre todo más sugestiva, que esa vieja y cansada banalidad de escribir para expresarse, esa idea más propia del Querido Diario de un adolescente o de un libro de Paulo Coelho (muchas veces superado en interés y honestidad por el Querido Diario de un adolescente: pero éste es otro problema). En ese librito maravilloso que es Leer y escribir, Naipaul cuenta que tenía once años cuando sintió por primera vez el deseo de ser escritor, pero que durante mucho tiempo esa ambición fue una especie de farsa: Naipaul acumulaba plumas finas y cuadernos bonitos, pero no escribía nada, porque no tenía nada que escribir. La ambición de ser escritor le llegó muchos años antes de encontrar sus historias. La obsesión vino antes que el tema. Escribir como actividad gratuita, irracional; escribir como fin, no como medio. Escribir porque uno no sabe hacer otra cosa y, peor aún, porque a uno no le interesa saber hacer otra cosa. Escribir, en fin, como manera de estar en el mundo.

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