16 feb 2014

Cerca de las fuentes


NO siempre nos resulta fácil comprender cómo la obra de tal o cual creador, que nosotros estimamos tanto, no goza de la consideración de otros, distraídos con obras y autores sin el menor interés. Se diría que el desdén y menosprecio con que tratan a esa obra y ese autor estimables nos alcanzaran también a nosotros, y eso nos melancoliza y desconcierta, y a veces nos punge en lo más íntimo. Por eso, olvidándonos por un momento de que el desdén con el desdén se paga, exigimos impacientes que se les reconozca…ya. Acaso albergamos la secreta esperanza de que al reconocer a ese autor, se nos reconocerá también la fe que pusimos en él, y la lealtad de permanecer a su lado cuando todos le daban la espalda. Cobrárnoslo, como se cobra una participación de lotería. No sé. Creo que al imaginar que ese autor y esa obra serán distinguidos en público como excelentes por tales instancias “superiores”, unimos el cuento de Cenicienta y el del patito feo. Nos alegra, claro, imaginar el día en que todos, al fin, vean a nuestro querido autor convertido en cisne majestuoso y a esa obra en una verdadera princesa, pero también saber que recordaremos con un secreto y dulce placer los años gristes en que fuimos nosotros mismos, con ese autor y con su obra, el patito feo, la cenicienta. Pero nos olvidamos de algo importante. Gracias a la penumbra en que se hallan ciertas obras y ciertos autores podemos disfrutarlos a nuestro sabor, y entenderlos sin interferencias y ruidos indeseados y espúreos, y cierto que no trataremos por ello de prolongar la oscuridad en la que viven, para no compartirlos con nadie por un prurito elitista, pero tampoco dejaremos de ocuparnos de tales obras y tales autores para ocuparnos de aquellos que los incomprenden. Todo llegará en su momento, como los ríos caudalosos. Y mientras, disfrutemos de aguas tan puras, cerca de sus fuentes.

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