10 feb 2014

Hecho y potencia


No hace mucho, el agente literario de un conocido negoció un acuerdo económico por el libro de un escritor de ficción comercial bastante exitoso. El libro en cuestión no ha sido escrito aún. En lo absoluto. Ni una página. Apuntalado apenas en la reputación del autor y en la experiencia del agente, el futuro libro se vendió por la gratificante suma de un millón de dólares. La semana siguiente, el mismo agente vendió el mismo libro inexistente por la misma cifra para una película.
Poco después me vi a la mesa durante una cena junto al sujeto que había comprado los derechos para el cine del libro en cuestión. Le sonreí educadamente. Él me devolvió la sonrisa. Mencioné el tema.
―Entiendo ―dije― que ha comprado El Próximo Libro de un Autor Comercial de Ficción Muy Exitoso por un millón de dólares.
―Sí ―dijo él―. ¿Por qué no escribe usted una película para nosotros?
Le expliqué que mi calendario no podía acomodarse, por los momentos, a semejante tarea, puesto que estaba hasta las orejas de exceso de sueño, rumores infundados y amistades superficiales. Permanecimos callados por un instante. Comimos. Bebimos. Se me ocurrió una idea.
―Así que acaba de comprar El Próximo Libro Aún No Escrito de un Autor de Ficción Comercial Muy Exitoso por un millón de dólares, ¿no?
Su respuesta fue afirmativa.
―Bueno ―proseguí―. Le diré qué. Mi próximo libro tampoco se ha escrito aún. Y mi libro aún no escrito es exactamente el mismo que el libro aún no escrito de Un Autor de Ficción Comercial Muy Exitoso. Sé que tengo un agente literario y que no debo discutir sobre negocios, pero deseo venderle mi libro aún no escrito justamente al mismo precio que pagó por el libro aún no escrito de Un Autor de Ficción Comercial Muy Exitoso.
Mi compañero de mesa rechazó cortésmente mi oferta y luego me ofreció, por mi libro aún no escrito, una suma de seis cifras.
―Llame a mi agente ―respondí y me volví hacia mi derecha.
La mañana siguiente me despertó una llamada telefónica de mi agente, informándome que acababa de recibir y rechazar una oferta por una suma de seis cifras para los derechos cinematográficos de mi libro todavía no escrito.
―Creo que podemos obtener más ―dijo ella―. Te llamaré más tarde.
Reflexioné al respecto y le devolví la llamada.
―Mira ―le dije―, el año pasado gané cuatrocientos dólares por las cosas que escribí. Este año me han ofrecido dos sumas de seis cifras por las cosas que no he escrito. Obviamente, me he movido en este negocio en la dirección equivocada. Resulta que no escribir no solo es divertido, sino que también parece enormemente lucrativo. Llama al tipo de la película y dile que tengo algunos libros todavía no escritos, quizás unos veinte.
Encendí otro cigarrillo, tosí fuertemente y acepté la realidad.
―Bueno, al menos diez. Haremos nuestro agosto.
Conversamos un poco más y colgué de mala gana, consciente de cuán importante era hablar por teléfono para mi nueva carrera lucrativa de no escribir. No obstante, tomé la delantera y me complace informar que, por haberme aplicado cuidadosamente e imponer del todo mi voluntad, pasé el día entero sin escribir una sola palabra.
Esa noche asistí a la exposición de un conocido artista. Pregunté por los precios de los cuadros atractivamente exhibidos, si acaso deje notar una leve sorpresa y pasé el resto de la velada llena de una incómoda codicia.
Al día siguiente, apenas desperté, llamé a mi agente y le anuncié que quería diversificarme, volverme más visual. No escribir estaba bien para hacer un poco de capital, pero el verdadero dinero estaba, según me parecía, en no pintar. Ya no iba a permitirme seguir confinada a una sola forma. En adelante trabajaría en dos medios.
Pasé los siguientes días en la feliz contemplación de mi inminente riqueza. Aunque era cierto que no había cheques a la vista, yo no había nacido ayer y sabía que esas cosas toman tiempo. Inspirada por mi descubrimiento, empecé a mirar las cosas bajo una luz totalmente nueva. Cierta semana, mientras manejaba hacia el interior, pensé de golpe que, entre las cosas que cultivaba, no estaba la tierra.
Lo primero que hice el lunes por la mañana fue llamar a mi agente.
―Escucha ―le dije―, sé que esto se sale un poco de tu competencia, pero te agradecería mucho que contactaras al Departamento de Agricultura y les notificaras que en este momento no estoy, ni he estado antes, cultivando trigo. Sé que mi apartamento no tiene muchos acres, pero veamos qué podemos conseguir. Y mientras te ocupas de eso, ¿por qué no lo intentas con el Departamento de Bienestar? Tampoco tengo trabajo. Eso debe valer unos cuantos dólares.
Ella dijo que vería qué podía hacer y colgó, dejando que me las arreglara por mi cuenta.
No pinté (muy fácil). No cultivé trigo (una papaya). Permanecí desempleada (ni hablar). Y en cuanto a no escribir, bueno, cuando se trata de no escribir, soy tremenda, un artículo genuino, una profesional inveterada. Excepto –debo admitirlo– cuando se trata de un plazo. Un plazo está fuera de mis manos. Hay que considerar a otros, hay obligaciones que cumplir. En el caso de un plazo, flaqueo casi invariablemente y, como pueden ver, esta vez no fue la excepción. Esta pieza tenía plazo. Lo cumplí. Pero como los más observadores notarán, ejercí una pizca de limitación. Esta pieza es demasiado corta, cortísima. Perdónenme, pero necesitaba el dinero. Si van a hacer algo, háganlo a medias. Negocios son negocios.

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