1 oct 2010

Autobiografía (Fragmento)

A los setenta y un años sigo trabajando
y lleno de planes. El año pasado escribí
un nuevo libro de poemas, Elogio de la
sombra. Es mi primer volumen de poemas
desde 1960, y fueron los primeros que escribí
en mi vida pensando en hacer un libro.
Mi preocupación central, como se advierte
en varios de los poemas, es de
naturaleza ética, independiente de toda inclinación
religiosa o antirreligiosa. La
“sombra” del título se refiere tanto a la ceguera
como a la muerte. Para completar
Elogio de la sombra, trabajé todas las mañanas,
dictando en la Biblioteca Nacional.
Cuando lo terminé, me había acostumbrado
a una cómoda rutina: tan cómoda que
no la cambié y empecé a escribir cuentos.
Esos cuentos, los primeros escritos desde
1953, fueron publicados el año pasado. El
libro se llama El informe de Brodie; y consiste
en experimentos modestos, narraciones
sencillas: el libro al que me he referido
con frecuencia durante los últimos cinco
años. Hace poco terminé el guión de una
película que se llamará Los otros. El argumento
es mío, y fue escrito con Adolfo
Bioy Casares y el joven director argentino
Hugo Santiago. Mis tardes están ahora dedicadas
a un proyecto de largo alcance,
que acaricié durante mucho tiempo. Desde
hace casi tres años, por fortuna, tengo
al lado a mi propio traductor, y juntos vamos
a publicar entre diez y doce volúmenes
de mi obra en inglés, idioma que no
merezco usar y que ojalá hubiera sido mi
lengua materna.

Pienso empezar un nuevo libro, una
serie de ensayos personales –no eruditos sobre
Dante, Ariosto y temas nórdicos medievales.
También quiero escribir un libro
sincero e informal de opiniones, caprichos,
reflexiones y herejías personales.
Después de eso, ¿quién sabe? Todavía tengo
una cantidad de historias, oídas o inventadas,
que quiero contar. En este momento
estoy terminando un relato largo
llamado “El Congreso”. A pesar del título
kafkiano, espero que se acerque más a la
línea de Chesterton. La acción transcurre
en la Argentina y el Uruguay. Durante
veinte años he estado aburriendo a los
amigos con el argumento. Por fin, mientras
se lo contaba a mi mujer, ella me hizo
notar que no necesitaba más elaboración.
Tengo otro proyecto que ha estado pendiente
durante más tiempo todavía: la revisión
y quizá la reescritura de El caudillo,
la novela de mi padre, tal como él me lo
pidió hace años. Habíamos llegado a discutir
muchos de los problemas; y me gusta
pensar en esa tarea como un diálogo
que no se ha interrumpido y una colaboración
muy real.

La gente ha sido inexplicablemente
buena conmigo. No tengo enemigos, y si
ciertas personas se han puesto ese disfraz,
han sido tan bondadosas que ni siquiera
me han lastimado. Cada vez que leo algo
que han escrito contra mí, no sólo comparto
el sentimiento sino que pienso que
yo mismo podría hacer mucho mejor el
trabajo. Quizá debería aconsejar a los aspirantes
a enemigos que me envíen sus
críticas de antemano, con la seguridad de
que recibirán toda mi ayuda y mi apoyo.
Hasta he deseado secretamente escribir,
con seudónimo, una larga invectiva contra
mí mismo. ¡Ay, las crudas verdades que
guardo!
A mi edad uno debería tener conciencia
de los propios límites, y ese conocimiento
quizá contribuya a la felicidad. De
joven pensaba que la literatura era un juego
de variaciones hábiles y sorprendentes.
Ahora que he encontrado mi propia voz,
pienso que corregir y volver a corregir mis
originales no los mejora ni los empeora.
Por supuesto, eso es un pecado contra una
de las principales tendencias de la literatura
de este siglo: la vanidad de la reescritura,
que llevó a Joyce a publicar fragmentos
con el presuntuoso título de “Work in Progress”
(Obra en curso).

Supongo que ya he escrito mis mejores
libros. Eso me da una cierta satisfacción
y tranquilidad. Sin embargo, no creo
que lo haya escrito todo. De algún modo, la
juventud me resulta más cercana que cuan
do era joven. Ya no considero inalcanzable
la felicidad como me sucedía hace tiempo.
Ahora sé que puede ocurrir en cualquier
momento, pero nunca hay que buscarla.
En cuanto al fracaso y la fama, me parecen
irrelevantes y no me preocupan. Lo que
quiero ahora es la paz, el placer del pensamiento
y de la amistad. Y aunque parezca
demasiado ambicioso, la sensación de
amar y ser amado.

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