29 ene 2012

Carta dirigida a los escritores

París, 1º de noviembre de 1834

Señores:

Grandes asuntos de interés general y de interés personal han conmocionado a la República de las letras; todos ustedes los conocen, hablan de ello en la intimidad; pero ninguno osa ni lamentarse públicamente, ni proponer un remedio a nuestros males. Entre tanto, según va pasando el tiempo, el mal se hace mayor y nuestros intereses privados sufren; y, desgraciadamente, cuando nosotros sufrimos, no sufrimos solos; el pensamiento de un país es el país todo. He ahí lo que el país debería saber. El escritor de hoy, no queriendo deber nada a nadie que no sea él mismo, se ve obligado a ocuparse de sus propios intereses, intereses que afectan a la librería francesa, moribunda. Nunca fue pues tan necesario que una voz se elevase, que un hombre hablase en nombre de nuestra città dolente, como antaño hizo Beaumarchais en nombre de los dramaturgos, cuyos derechos logró consagrar. Poseemos tan solo, para tomar la palabra, el título que nos otorga la necesidad en la que nos encontramos. Así, cada uno de ustedes excusará los errores derivados de la precipitación, perdonando el estilo de un manifiesto redactado con premura por un hombre para cuyos trabajos no alcanzan los días.

En ninguna época estuvo el artista menos protegido. Ningún siglo ha tenido gentes más inteligentes, en ningún tiempo el pensamiento ha sido tan poderoso; jamás ha sido el artista tan poca cosa como individuo. La revolución francesa, que se alzó para lograr el reconocimiento de tantos derechos ignorados, les ha sometido al imperio de una ley bárbara. Ha declarado sus obras propiedad pública, previendo quizá la emigración de la literatura y las artes. Claro es que subyace en esta ley una gran idea. Sin duda, algo de bello había en ver a la sociedad decir al genio: «Nos haremos ricos por ti, pero tú seguirás en la pobreza». Las cosas iban así desde tiempo atrás; pero desde hacía tiempo también los reyes o los pueblos se permitían ovaciones y honores tardíos que la revolución no admitía de ninguna de las maneras para los hombres superiores. El gran triunfo que se destinaba al genio era el cadalso; como sabéis, la revolución tuvo a bien concedérselo a uno de los más grandes poetas de Francia, a André Chénier, como a Lavoisier, como a Malesherbes. La prensa, tan libre entonces, enmudeció. Terrible lección que viene a probar que no basta con instituciones a los pueblos, sino educación. «¡Educación!», tal fue el gran grito de Rousseau.

Así pues, ustedes los poetas, los músicos, ustedes los dramaturgos, los prosistas, ustedes que viven del intelecto y que trabajan por la gloria de este país, que deben forjar este siglo; aquellos que se elevan por encima de la miseria para ir a respirar al sol de la gloria, y aquellos que, tímidos en su vuelo, dudan y mueren, pobres niños cargados de ilusiones. Y aquellos que, llenos de voluntad, triunfan; todos han sido declarados incompetentes para sucederse a sí mismos. La ley, todo respeto por las mercancías del comerciante, por el dinero ganado a fuerza de trabajo (por así decirlo) material, y a menudo a fuerza de infamia, la ley protege la tierra, protege la casa del proletario sudoroso... Y confisca, en cambio, la obra del poeta pensante. Si existe en el mundo un propietario sagrado, si algo hay que pueda pertenecer al hombre, ¿no será precisamente aquello que el hombre crea entre el cielo y la tierra, aquello que arraiga únicamente en la inteligencia y que florece en todos los corazones? Las leyes divinas y humanas, la modesta ley del sentido común, están todas de nuestro lado. Pero ha sido preciso dejarlas en suspenso para poder despojarnos. Aportamos a un país tesoros a los que de otro modo no podría aspirar, tesoros ajenos al suelo y a las transacciones sociales; y, en pago de la más desorbitada de todas las labores, el país confisca su producto. No se avergüenza al ver a los descendientes de Corneille, pobres todos ellos, en torno a su estatua; Corneille, que ha enfeudado riquezas en todas las granjas, que ha alumbrado cosechas a salvo de cualquier intemperia, que, de época en época, hará prosperar a actores, libreros, papeleros, encuadernadores y comentadores. Sabed, ciudades llenas de piedad por aquellos que han dejado de sufrir, que este mismo espectáculo se repite para todos los genios. Se repite cada día, aunque ustedes sigan ignorando la salvación de los que sufren.

La desposesión tiene un lado odioso que nadie ha sacado a relucir todavía; alguna pluma elocuente se amparará de él, nosotros nos contentaremos con señalarlo. Señores, me dirijo a ustedes, pueblo inteligente para quien ciertas ideas no tienen más que una indiscutible cara. Muchos genios ilustres se han anticipado siglos, algunos talentos se anticipan solamente algunos años. Ayer el sol se levantó por Vico, mañana se levantará por Ballanche. Pocos hombres, como Voltaire o Chateaubriand, pueden ver –como dirían nuestros padres– solear su gloria en vida. El siglo de Louis XIV, de público restringido y selecto, fue a pesar de todo soberanamente injusto con sus grandes hombres. Durante dieciséis años, Racine destrozó su pluma. Nadie, en el gran siglo, sospechó la gloria de Perrault, al que hoy admiramos por su ingenuidad narradora. Nadie adivinó el basto y sublime epigrama, el audaz epigrama que La Fontaine dedicó a Louis XIV en la fábula de El sol y las ranas. El bueno de él, enardecido, fue capaz de gritar sin merecer por ello ser enviado a la Bastilla: ¡Nuestro enemigo es el patrón! El siglo pasado, que vio aumentar la masa lectora e inteligente, si Montesquieu no hubiera sido rico el Espíritu de las leyes lo hubiera dejado en la miseria y se hubiera visto obligado a escribir las Lettres persanes para sobrevivir. No relataré aquí las calamidades de Paul y Virginie, rechazado de puerta en puerta, ni de la primera edición del Genio del cristianismo, cuyo riesgo asumieron los hermanos Ballanche: en este caso, al menos, el genio creía en el genio. Los comienzos son una primera calamidad que todos ustedes habrán experimentado en mayor o menor grado, una herida de la que sin duda se curarán. Los seres verdaderamente superiores no conocen ni el rencor ni la envidia. Pues bien, señores, la ley bajo cuyo imperio perecemos arrebata a la familia del pensador, del poeta, del dramaturgo, muerto de miseria, su tratado, su poesía, su libro, su comedia, su drama, en el momento en que el día de la gloria resplandece. La ley se los arrebata con una mano para dárselos con la otra... ¿a quién? Un bárbaro se reiría. ¿Debemos hacerlo público? Sí, no dejaremos así las cosas. Y bien: ¡la ley lo entrega a los libreros! Un hombre de talento no tiene, en su agonía, este pensamiento de consuelo: «Si muero, al menos mis hijos, mi familia, los míos, vivirán felices gracias a mi gloria». Los hombres han perpetuado la riqueza de los primogénitos de las grandes familias, de los grandes banqueros; han instaurado la heredad del sudor; han desheredado a las vigilias y al intelecto. Antaño nada se decía de estas sucesiones inmortales; pero los reyes tenían un palacio en su palacio, un tesoro en su tesoro, para los príncipes de la palabra, que rodeaban de su pompa y premiaban con altos honores. Hoy, Rodolfo de Hapsburgo se reserva a Pellico el duro suelo de la prisión. Hoy día, el rey de Prusia, los emperadores de Rusia reniegan de las tradiciones de Catalina y de Federico. Hoy, Francia paga a oscuros hombres para que espíen el pensamiento, para que le pongan un timbre. Con lo que el heredero del siglo dieciocho y de la revolución, el presunto heredero de la prensa, prosigue su tarea después de Julio, entre las ruinas todavía humeantes de la monarquía que se ha venido abajo, queriendo rehacer el mundo intelectual, el mundo moral, el mundo religioso, el mundo político, mediante una restricción calculada del pensamiento, a falta de poder gobernar caminando a su lado. Señores del ayer, ¿quién los ha hecho reyes? La inteligencia es una dama más distinguida de lo que el conde de Tours era grande. ¡Piensen en ello! El pensamiento viene de Dios, y allí regresa, colocándose en lugar más elevado que el de los reyes, que pone y despone. Napoleón, que en todo hizo algo grande, había instituido premios decenales. ¿Dónde han ido a parar estos premios? La revolución nos ha despojado de ellos en el porvenir; y los verdaderos reyes sentados el tiempo suficiente en sus tronos como para pensar en nosotros en el presente, esos reyes se han ido. Rafael echa en falta a Julio II. Pero nosotros tenemos las cámaras, señores, ¡ay!, esas mismas cámaras que en lugar de un techo de Ingres prefieren un cielo abierto sobre sus cabezas, y esas cámaras ¿no les han llamado cien veces descerebrados? La Academia, único cuerpo literario constituido, es incapaz de tomar parte en nuestra defensa; no está en condiciones de deliberar, solo debe influir sobre las palabras. De lo que debemos deducir que jamás podremos contar ni con las cámaras ni con la Academia. No es que la ley sea atea, es que no tiene corazón. La enfermedad de la época es la ausencia de corazón en política. Muchas leyes fiscales, muchas leyes penales, pero ninguna institución; y en consecuencia ninguna inteligencia que pueda comprender la diferencia entre instituciones y leyes. No cuenten con ello, no, ninguna voz se elevará sobre ese concierto de mediocridades mimadas por el poder, escrupulosamente seleccionadas por los distritos que insisten en verse representados.

Hablemos pues de capital. ¡Hablemos de dinero! Materialicemos, cuantifiquemos el pensamiento en un siglo que se enorgullece de ser el siglo de las ideas positivas. El escritor llega a algo a costa de estudios interminables que representan un capital de tiempo o de dinero; el tiempo vale dinero, lo genera. Su saber es pues una cosa antes de ser una fórmula, su drama es una experiencia costosa antes de ser una emoción pública. Sus creaciones son un tesoro, el más grande de todos; produce sin cesar, trae consigo disfrutes y pone en marcha capitales y fábricas. De esto no se sabe nada. Nuestro país, que vela con escrupulosa atención por las máquinas, por los granos, la seda, el algodón... no tiene oídos, no tiene ojos, no tiene manos, en cambio, cuando se trata de sus tesoros intelectuales. Señores, nuestra desheredación es infame; pero no crean ustedes que éste sea el peor de los males del pensamiento. Existe otro más terrible aún, del que no se sonrojan ni Europa ni Francia (intelectualmente más grande que Europa), que no la protegerá contra la barbarie mediante las armas, sino también a través de sus escritos. A partir de ahora, Francia se batirá con una sola mano y escribirá con la otra. Escuchen. Un comerciante envía una bala de algodón de El Havre a San Petersburgo; si un mendigo subido a una barca llegase a tocarla sería ahorcado. Para obtener el libre paso de ese fardo en cualquier país, del azúcar, del papel blanco, del vino, Europa entera ha creado un derecho común. Sus naves, sus cañones, su marina, sus marines, todas sus fuerzas están a las órdenes de dicha mercancía. Si un navío mercante fuese capturado, la alarma sería general; se echarían encima del pirata, que sería detenido y ahorcado. Hasta ahora, sólo la poesía ha derramado lágrimas por la suerte del hombre para quien, si su drama fracasa, los abucheos son una atada al final del mástil. Pero se publica un libro y se lo trata como se trataría al pirata. Se le echan encima. Lo persiguen con avidez, secuestran sus traducciones, sus pruebas de imprenta. Se tarda en falsificar un libro menos de lo que se tarda en fabricarlo; el pirata tiene su talento para escapar al suplicio, el talento que impregna un libro lo expone ante sus verdugos. Alemania, Italia, Inglaterra, Francia tienden una mano ávida al libro; ya que, puesto que esta estafa es general, Francia se ha visto obligada a imitar al resto de países. Conque, para el difícil producto de la inteligencia, el derecho común queda en suspenso en Europa, como en Francia el código civil queda en suspenso para el autor.
Si nuestra voz pudiera ir más allá, si las masas pensantes del porvenir pudieran escucharnos, un único grito respondería a esta reclamación; de todas partes gritarían: «¡El país al menos os protege!». No, el país se deja conmover por sus herreros, tiembla por sus viticultores, llora como una madre lloraría por sus hijos enfermos por su algodón hilado. Y para cuidar de sus herreros y de sus industriales, el país tiene aduanas que fomentan el statu quo, la rutina en la industria. En su solicitud, el país posee la inteligencia de lo material; pero es insensible a todo lo que deriva del intelecto: este país es Francia. Sí, señores, entérense, la tercera parte de Francia se abastece con falsificaciones del extranjero. Este extranjero (no se puede más odiosamente, más innoblemente ladrón) es nuestro vecino, nuestro supuesto amigo, el pueblo por el que hemos dado en estos días nuestra sangre, nuestros tesoros, a quien hemos cedido hombres de talento y de valor, y que, en recompensa, tiene un haber en la cuenta de nuestros suicidios, pues sus robos, cometidos lejos de nosotros, mudan aquí en asesinatos. Mientras que el pobre librero francés vende con grandes esfuerzos uno de sus libros a un millar de miserables gabinetes de lectura (que acaban con la literatura), el belga vende dos millares a precio de saldo a la rica aristocracia europea. De modo que jóvenes elegantes, amigos de las letras, muestran triunfantes, a la vuelta de sus viajes, las obras completas de Victor Hugo que han obtenido por seis francos. El periódico en el que esta carta será publicada tiene más suscriptores en su edición falsificada que el propio periódico. Nuestro país tiene aduanas. ¿De qué sirven las aduanas?¿¡Qué tipo de broma son las aduanas!? Si hay algo cuya introducción pueda fácilmente prohibirse, ¿no son acaso los paquetes de libros? Pues bien, vayan a cualquiera de nuestras fronteras y pidan ustedes mismos alguna de sus obras; las encontrarán en dominio público, como si ya estuvieran muertos. Y esto no es nada. Recientemente un gran escritor publicó un libro (aquí tomo el hecho pura y simplemente), M. de La Mennais publica Palabras de un creyente. Se venden diez mil ejemplares en el Midi, donde el librero ha enviado solo quinientos. La obra ha sido falsificada en Toulouse. El librero se entera y acude allí. Pero llegado a este país, situado en Francia, por lo demás, resulta imposible obtener reparación alguna, ya sea porque el autor evidente del robo sea eso que se llama un cabeza de turco, bien porque las pruebas hayan sido destruidas. ¡Ay! si se hubiera tratado de un panfleto, con qué celo la sociedad, encarnada en la figura del procurador del rey, hubiera acudido, en la persona de ese procurador del rey, en busca de las huellas del crimen, hubiera convocado a sus alguaciles, comparado los caracteres de imprenta del libro falsificado con los del libro de M. de LaMennais, hubiera buscado la fundición: «¿A quién ha vendido usted estos tipos?». Para ir, a continuación, de imprenta en imprenta, hasta que los tribunales hubiesen dado con un hombre al que hacer pudrir en una celda, y todo sobre la base de una caja baja o de una N cursiva mal fundidas. En este tipo de robo concurren todas las circunstancias que enviarían a un hombre a galeras, si se tratase, ay, del robo de un saco de oro. Pues he aquí que diez mil ejemplares de Palabras de un creyente suponen veinte mil francos. Un panfleto hubiera encolerizado al ministerio fiscal, un nuevo Espíritu de las leyes no les hubiera merecido ni una plumada de tinta. La ley califica este robo de delito, el más horrible de todos los robos, y para perseguir los delitos se precisa de una denuncia. ¿Quién de nosotros va a denunciarlo? En este asunto, señores, el gobierno, que tiene por entrañas un sistema de cajas de hierro llamado fisco, no tiene siquiera la inteligencia de sus propios intereses. Exige a nuestras revistas literarias derechos de timbre. La Revue des Deux-Mondes, y esta misma revista que recoge nuestro triste clamor, deben dar cerca de ochocientos francos al mes al fisco antes de poder imprimir una sola de sus líneas. ¡Ochocientos francos...!, una tercera parte del precio que ponen a sus páginas. El fisco quiere derechos, y el gobierno no protege la máquina-periódico, que debe pagarlos al erario público. ¿No es algo tan ridículo como aquel bárbaro que derriba el árbol para alcanzar el fruto?
Ante nosotros se adivina, pues, un porvenir de desposesión ilegal que afecta a nuestras familias; y un presente de exclusión de la piratería literaria del derecho común. Ningún tipo de protección en el interior, he aquí el efecto del gobierno instituido –ya no digo para velar por la felicidad– para salvaguardar los derechos de todos.

En este punto algunos espíritus superficiales dirán quizá que en ninguna época la literatura, o para usar una expresión más amplia, el intelecto, ha producido fortunas políticas o pecuniarias mayores, citando como ejemplo a MM. Etienne, Scribe, Chateaubriand, Thiers, Mignet, Guizot, Lamartine, etc. Pero, señores, este argumento no debería ser utilizado en nuestra contra, gente por lo general débil y doliente, con voluntad solo para las labores del intelecto, poco expertos en negocios, ambiciosos solo a ratos, con poca herencia; el que haya entre nosotros hombres, tan buenos en lo uno como en lo otro, adecuados para la política como para la poesía, hombres que duermen en paz con la fe puesta en el código civil, que no los ha desheredado; hombres que se toman la literatura como un purgatorio desde el que se llega al paraíso de los cargos; hombres capaces de hacer obras maestras y de hacer negocios. No dejemos que nos reprochen el resultado mismo que causa el exceso del mal. Si grandes poetas se distinguen por sus obras y por sus éxitos en la tribuna, y por una gran fortuna que le habrían dado sus obras si las hubiera explotado, no olvidemos decir al siglo que muchos poetas tan grandes como los más grandes van a pie, mientras ciertos especuladores van en carruaje1. No olvidemos decir que la falsificación arruina a Alfred de Musset como a Victor Hugo, a Victor Hugo como a Vigny, a Vigny como a J. Janin, a J. Janin como a Nodier, a Nodier como a G. Sand, a G. Sand como aMérimée, aMérimée como a Courier, a Courier como a Barthélemy, a Barthélemy como a Béranger, y a Béranger como a todos ustedes. No olvidemos que una joven generación está por venir y que a ella pertenece el futuro, y que sería noble y grande por nuestra parte entregarle un futuro mejor de lo que hemos recibido nosotros.

Tras haber señalado los dos principales males que nos afligen, hay todavía un tercer mal del que preferiríamos no hablar, pero que arremete contra el corazón mismo del pensamiento, es un cáncer que nos devora, una enfermedad del cuerpo literario, y no una herida producida por la ley, el gobierno o el siglo.
Tan pronto como alguno de ustedes, tras haber estudiado durante quince años, durante quince años gemido, palidecido, sufrido, padecido; tras de enormes esfuerzos y dinero gastado, tras haber derramado frecuentes lágrimas, tras de haber aprendido del mundo y de los hombres, aprendido cosas, pasado por todas las penurias, tan pronto como un hombre que ha sudado sus frases, que ha pagado correcciones como hacía Buffon; tan pronto como el escritor escribe un libro, crea personajes, inventa resortes, diseña un drama... se toma este drama, estos resortes, estos personajes, este libro y se los convierte en obra de teatro. Un hombre de honor, que sería incapaz de coger en su casa el atizador para avivarles el fuego, toma sin escrúpulos su bien más preciado; y no tiene la conciencia más turbia que si se hubiera apoderado de su esposa; y eso que el amante se apodera de una esposa que consiente, mientras que el Sigisbeo dramático viola su idea. Este adulterio no tiene excusa; es horrible y tanto más dañino cuanto que todavía no se ha dado el caso de ver una obra teatral convertida en libro. Nos perdonarán, señores, por examinar este en tono de burla. Aquí nos encontramos en un terreno en el que no se nos ha tratado con la debida consideración y la discusión nos llevará por otra parte a esferas más elevadas donde yacen nuevas causas de sufrimiento.
Publicamos un libro para que sea leído y no para verlo litografiado como un drama o tamizado como un vaudeville. Hay aquí una cuestión que debe ser sometida a juicio. La apropiación de una idea, de un libro, de un tema sin el consentimiento del autor hubiera provocado la indignación general del siglo XVIII, que, para nuestra vergüenza, llevaba el sentimiento de las conveniencias literarias hasta la más exquisita cortesía. El dramaturgo no ignora que un libro que ha costado enormes trabajos, que ha exigido la paciente escultura del estilo (y el estilo es el hombre a parte entera, son sus impresiones y su substancia), no se paga con 1.500 francos, en tanto que la obra hecha a partir de ese libro genera tres veces el precio del libro cuando se cancela la representación, y la contribución urbana de un pueblo entero cuando tiene éxito. En una palabra, La Fontaine dijo algunas verdades con Bertrand et Raton. Me apresuro a plantear la cuestión financiera para zanjarla lo antes posible. El dinero es poca cosa para un alma generosa. Y nuestro silencio es prueba de nuestra generosidad. Si decidimos romperlo, señores, atribúyanlo no a intereses personales sino al deseo de tratar integralmente las cuestiones suscitadas por una crisis literaria de la que trataremos aquí las principales causas.

Publicamos nuestras ideas para darlas a conocer. Por muy inocente que esta afirmación pueda parecer, significa que no las publicamos para que sean despiezadas, deformadas, desvestidas, descuartizadas, pasadas al grill de las candilejas y servidas como plato a los dandis del Rocher de Cancale2. Busquemos analogías: el Estado construye la Madeleine, ofrece el monumento al público; pero en Francia, el Estado todavía teme al público, por lo que pone una reja para impedir que los graciosos la tiznen con figuras grotescas, para impedir que Crédeville ponga en ella su enigmático nombre. ¿Por qué no habríamos de tener nosotros una ley literaria municipal que indique a propósito de los bellos libros: «Prohibido depositar aquí obras de teatro»? Nadie rebatirá esta analogía en tanto que nos creemos con derecho de poner sobre nuestros libros el Exegi monumentum3. Palacio o bicoca, catedral o choza, la obra es nuestra. Si se tratase de una barrica de vino, el libro sería respetado. Si un vecino encontrase la manera de sustraerla y de venderla mezclándola con un vino mejor, cometería un delito pasablemente reprensible; ¿pero acaso decimos algo nosotros? Señores, los tribunales de comercio condenan a enormes multas el agua de colonia sin esencia de azahar que se hace llamar Farina. Porque, vamos a ver, cuando se trata de una mercancía, el derecho es claro, pero cuando se trata de una página escrita, de una idea, la justicia ya no sabe qué quiere decir un proceso; ¡no hay más ley que la que nos perjudica! En este terreno nos encontramos tanto más cómodos cuanto que no ofendemos la gloria de nadie; se trata de intereses comerciales, amenos, sin embargo, que una voz se eleve y grite el nombre de una sola obra de los últimos veinte años que pueda, por méritos propios, atraer a mil personas a una sala (exceptuando al Teatro Francés). El dinero que tres o cuatro personas ganan por montar una obra como un descuartizador un caballo (pues con frecuencia la emprenden con el caballo de Roland) no es la herida más dolorosa. Si se nos tuviera en cuenta para algo en este asunto, afirmaríamos con gusto como ustedes: ¡Déjenme a mí la gloria y quédense con el dinero! Pero, señores, la adaptación teatral trae consigo otros muchos males.

Una vez terminada la concepción de una obra, aún tenemos que lidiar con las enojosas adaptaciones teatrales que siguen. Pues podría silbarse una obra en el mismo momento en que algún lector se admira de ella en un rincón de provincias. Eres detestable en la calle Chartres y magnífico en Blois.
Aquí llegamos a uno de nuestros peores males, al más real, a un callo más duro que la falsificación material o espiritual. Señores, el número de los que acuden a ver un vaudeville supera al de los que leen un libro.
Para apreciar las bellas obras literarias (y este siglo produce tantas como el más literario de los siglos pasados, mal le pese al crítico) es necesaria una educación generosa, una inteligencia cultivada, el silencio, el ocio y una cierta tensión del espíritu; mientras que para una obra teatral basta con prestar ojos y oídos durante las horas de somnolencia de la digestión. París posee doce teatros; ninguno de ellos puede asegurar su subsistencia si no genera unos ingresos que, divididos entre las salas, dan una media de dos mil francos al día; con lo que París da a la literatura dramática un presupuesto de cerca de diez millones, a los que hay que añadir las contribuciones departamentales (que sería inútil cuantificar aquí). Pues bien, señores, ¿a cuánto creen que se eleva el presupuesto de la gran literatura, la parte de las obras de elaboración lenta, la parte de Volupté, de Notre-Dame de Paris, de los admirables poemas de Alfred de Musset, de las Consultations del doctor Noir, de Indiana, de El asno muerto, de ese libro magnífico titulado Histoire du roi de Bohême et ses sept Châteaux? ¿Qué parte corresponde a Frédéric Soulié, a Eugène Sue, a los prover bios de Henri Monnier, a los hermanos Thierry, a M. de Barante, a M. Villemains, al paciente Monteil? ¡Que la vergüenza tiña de rojo el fondo de sus corazones! Nosotros afirmamos que las diez librerías de París lo bastante audaces como para emprender este negocio incierto, no tienen, en toda Francia, un millón de ingresos. ¿Saben por qué maldecimos de este modo nuestro país? Lo diremos sin temor a ser acusados de hablar de dinero. La cuestión es demasiado importante, demasiado minúscula, demasiado singular, demasiado antipatriótica, demasiado extraña, demasiado inherente al corazón humano; nos pertenece, pinta la época, desvela la mezquindad reinante. En Francia, señores, en este bello país donde las mujeres son elegantes y graciosas como en ninguna otra parte, la mujer más bella espera pacientemente, para leer a Eugène Sue, a Nodier, a Gozlan, a Janin, V. Hugo, G. Sand, Mérimée, a que su modista haya terminado el libro, acompañada, por la noche, en su cama; a que la mujer del charcutero haya leído el desenlace y lo haya llenado de grasa, a que el estudiante haya dejado en él el perfume de su pipa y añadido sus observaciones lascivas o bufonas. En Francia, un libro, ese libro que es la ofrenda escrita del escritor, se pasea por todo el entorno familiar. Sí, hay quienes evitan incluso pagar el impuesto de dos céntimos del gabinete de lectura. «Présteme Notre-Dame, envíeme Jacques...» son frases que oímos de la boca de gentes ricas cuyo carruaje pasaría si fuera necesario por encima del cuerpo de un mendigo que pide dos céntimos para una pinta de vino, su particular literatura. Nadie dudaría en pagar cuarenta francos para ir a escuchar a Odry, a Arnal, a Bouffé, en pagar tres luises para ir a la Ópera; pero todavía hoy resulta inconcebible que alguien envíe doce francos a un librero para poder leer a sus anchas el libro virgen e impoluto, la nueva obra del momento, que proporciona varios días de lectura o varias horas de meditación, que hace viajar a través de la historia del país o de los recuerdos de la vida. No, ninguna de las diez mil familias adineradas, de las veinte mil personas acomodadas de Francia tiene cien francos para los veinte títulos sobresalientes que nuestra doliente nación publica cada año, ¡y los dan al periodismo! ¡Hola, bella Francia, Francia generosa, inteligente Francia! en honor de los grandes hombres la patria agradecida. Gracias por este epigrama sublime. Aristocracia, estás muerta: la igualdad triunfa; la duquesa espera a que su costurera haya leído La Salamandre antes de leerla; esperará, incluso hará sus pesquisas para no tener que dar al talento el óbolo ignorado, el único denario que el talento recibir pudiera. Este crimen social es una pequeña infamia secreta de la que no hay que avergonzarse. Hay ciudades en las que la Revue de Paris de enero se lee en diciembre. Mujeres elegantes estornudan sobre las Hojas de otoño porque un burgués ha dejado caer una brizna de tabaco al pasar la página. ¿Quién de nosotros no ha oído decir a algún millonario: «No he podido conseguir el libro; sigue en préstamo»? Diez millones para la más ingeniosa de las mediocridades, recaudados por las bufonadas de los comediantes, quinientos mil francos para los esfuerzos del talento. He ahí la cuestión que plantea este siglo. Ahora que ya conocen el problema, ¿a qué dedicarán sus esfuerzos? ¡Al teatro! «¡Ad circenses!» es en literatura como el grito de «¡A las armas!» en Guillermo Tell. ¿Qué quieren que les diga? Por un lado tenemos la estupidez de pago obligatorio; por otro, la brutal indiferencia ante las más bellas producciones. Un libro necesita de toda una vida; para una obra de teatro un mes es suficiente. Si vacilas, ¿qué eres? «Un idiota», dice la Chaussée-d’Antin. «Un hombre de talento», dice la élite. ¡En honor de los grandes hombres, la patria agradecida! En consecuencia, en el teatro, mil y pico autores de los que ni uno solo de ellos ha puesto en escena una creación propia; pues, en este siglo, ¡¿quién podría decir a justo título de su idea: serás eternamente Harpagon, Clarisse, Figaro?! ¿Quién de ustedes ha tenido el poder divino de nombrar? Desde que aquel dijera «Tú serás Jocrisse», nadie en los pequeños teatros ha hecho una creación viable. Por si fuera poco, las obras de teatro no duran en escena ni seis semanas. Por lo que han hecho falta tantas obras como días tiene el año; y para colmar las necesidades de un público jamás satisfecho, los autores se han valido de cualquier cosa, hasta de los libros de los vivos, como una rata que, al no encontrar qué comer en la bodega, acaba con las provisiones de la tripulación. El teatro se ha conducido con el libro según las palabras de Molière: «Je prends mon bien où je le trouve4». Debemos a Molière este funesto artículo de ley, aunque este artículo de ley no haya podido devolvernos a Molière.

Añadamos ahora el siguiente veredicto a los males que nos aquejan: la costumbre reniega de los libros. Algunos libreros han pensado que el precio de nuestros libros era excesivo. ¡Qué error! Nuestros libros no se venden tan caros como se vendían antes de la revolución; y, antes de la revolución, de doce escritores, siete recibían considerables pensiones pagadas o por soberanos extranjeros, o por la corte, o por el gobierno. Perecemos pues bajo el peso de una avaricia inaudita, porque la mujer elegante, el mecenas que no da siete francos por un libro de los que dos francos son para el autor, menos dará cuatro francos. Quizás vamos a ir demasiado lejos, pero sentimos la necesidad de tomar la defensa ante el tribunal de las conciencias (que, como Dios, pueden descender al fondo de los corazones) de varios artistas verdaderamente grandes, que algunos culpan a la ligera. No hablaremos de la nobleza de nuestra idea, de las excelentes obras aniquiladas por el desaliento que se apodera de hombres que hallan sus fuerzas en la desesperación. Entérense bien, el artista, so pena de no ser, es hombre de corazón. Algunas acciones, censurables en apariencia, pudieran ser reprochadas a estos grandes niños que se engrandecen únicamente empuñando la herramienta creadora. Pues bien, tras haber leído estas páginas, deberán ustedes dejar de acusarlos. Sus faltas son el resultado de vuestra avaricia. Que ellos asuman las penurias, asuman ustedes el crimen. Midan el perdón por la energía de sus facultades y no por su fría impotencia.

Al escribir estas líneas, nos hemos conmovido con las desgracias por venir. Ay, si nuestra voz fuese escuchada nos rebajaríamos a suplicar ante el país entero, para reanimar su patriotismo y evitar el suicidio de algunos corazones generosos. Señores, abordamos una cuestión que afecta a muchos intereses, que puede herir el amor propio; pero, si hubiésemos podido cantar sus alabanzas, la cuestión estaría zanjada. Cuando uno de nuestros grandes pintores hizo Ossian para rivalizar con los palacios aéreos de Girodet, todos nos alegramos. Non ut pictura poesis5; pero somos incapaces de albergar el menor resentimiento contra los felices mercaderes. �ión extranjera. Los medios de los que nos hemos ocupado, y que creemos eficaces, necesitan de esta asociación, la única capaz de hacer las gestiones necesarias (poco costosas por otra parte) para lograrlo. Sin duda sería un bello espectáculo que la república de las letras contase con sus propios embajadores, verla enviar a los países vecinos hombres eminentes que, rodeados de un esplendor mayor que el de los propios plenipotenciarios, se ocuparían personalmente de nuestros intereses. Hoy todavía resultaría ridículo un espectáculo al que faltase la Fe y los sentimientos que antaño hubiesen hecho de ella algo magnífico.

Señores, espero que los hombres a cargo de iluminar, de gobernar la época y de llevarla por el camino del progreso, no carecerán delextender la jurisdicción de sus cascabeles y de sus cantilenas, de sus copas y de sus puñales, a las obras vivas o muertas de un hombre que no hubiese creído necesitar suscribir una póliza de seguro contra las representaciones tdo nuestros derechos. Digámoslo bien alto. El talento precisa ayuda y auxilio. La creencia de que el talento se vuelve ocioso en la opulencia es un grave error. No, las más bellas obras han sido hijas de la opulencia. Rabelais trabajó siempre en medio de la ociosidad. Rafael se abastecía a manos llenas de los tesoros de Roma; Montesquieu, Buffon, Voltaire eran ricos. Bacon era canciller. Guillermo Tell, la ópera más imponente de Rossini, se debe a una época en que este gran genio había dejado de pasar necesidad, mientras que Mozart, como Weber, murió de miseria llevándose consigo obras maestras. Séneca, Virgilio, Horacio, Cicerón, Cuvier, Sterne, Pope, Lord Byron, Walter Scott han escrito sus más bellas obras en medio de honores y fortuna. Beethoven, Rousseau, Cervantes y Camõens son excepciones discutibles. Nadie se atreverá a decidir si el voluntario infortunio de Jean-Jacques es o no especulación de orgullo, un caso de soberbia enfermiza. Dejaremos en un lugar aparte a ciertos artistas extravagantes, corazones generosos que r utroque (en lo uno y en lo otro), la cuestión penal planteada sobre la facultad (puesta en tela de juicio por varios de nosotros) de adaptar un libro al teatro será juzgada a puerta cerrada y convenientemente debatida, para que dicha sentencia pueda convertirse en artículo de ley, si esta delicada materia admite algo más que una convención entre ambas sociedades.
Esta palabra «sociedad» nos servirá como transición natural para llegar a los métodos de defensa que creemos haber encontrado, y que es urgente emplear contra los atropellos legales, contra los atropellos extranjeros, contra los atropellos íntimos que acabamos de señalar. Estas penalidades, duramente sentidas, conciernen de cerca a varios negocios y al gran problema político de la balanza comercial que todo país quiere establecer en su beneficio.

Sobre este punto, y aunque la cuestión del interés literario pase a ser una cuestión de interés público, no esperen del gobierno que haga una encuesta sobre el estado de la literatura en tanto que interés material, como un producto que merezca interés, como un medio de someter a Europa, de reinar sobre Europa por el intelecto, en lugar de reinar por las armas. No, el gobierno nada ha de hacer. Nuestro gobierno, hijo de la prensa, está satisfecho con el actual estado de cosas y va a prolongarlo mientras pueda: su inercia es la prueba de ello. Nuestra salvación está en nosotros mismos. Está en una alianza de nuestros derechos, en e mutuo reconocimiento de nuestra fuerza. Por ello, es del más alto interés para todos nosotros que nos reunamos, que formemos una sociedad como los dramaturgos formaron la suya.
El autor de esta carta conoce bastante el mundo como para no tener la pretensión de imponerles sus propias ideas, sino de exponerlas y que puedan hacer nacer otras mejores, si no fuesen adoptadas. Aunque ávidos de reposo, amantes del silencio, tribunos por casualidad, no nos habríamos movilizado si no hubiésemos encontrado los medios para impedir en el futuro cualquier tipo de falsificación extranjera. Lejos de acabar con las librerías, como se proponen desde hace algún tiempo los especuladores, estos métodos os dejarían a todos en la posición en la que cada uno pueda encontrarse en relación a su librero. Si entre estos algunos se permiten no leer ni los libros que compran ni los que venden; si algunos son lo suficientemente ingeniosos como para barnizar su falta de formación con la impertinencia, hay también entre ellos, como en todas partes, gente honesta, generosa, instruida, hacia los cuales deben ustedes haber contraído ciertas obligaciones. Esta sociedad podría ejercer cierta influencia en la renovación de la librería; pero nada bueno será posible sin la participación de todas las voluntades en la consecución de un resultado que deberá aumentar nuestro bienestar, y que será la salvación de un negocio debilitado. Nuestra sociedad constituida sabrá exigir nuevas leyes sobre la propiedad literaria, dirimir los asuntos pendientes e impedirá la falsificación extranjera. Los medios de los que nos hemos ocupado, y que creemos eficaces, necesitan de esta asociación, la única capaz de hacer las gestiones necesarias (poco costosas por otra parte) para lograrlo. Sin duda sería un bello espectáculo que la reels=HONORÉ DE BALZAC

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