24 jun 2011

Mis Influencias


Muy a menudo, a los escritores se les pregunta por sus influencias, por los libros que los han impresionado. Se trata de una pregunta a la que en general responden con gusto. Forma parte de las preguntas agradables.
En general, sus respuestas se sitúan en el terreno de la cultura; citan a otros autores admirados culturalmente, a veces intentan influir en la lista, insistiendo en aquellos entre sus favoritos que pueden situarse en los márgenes; así es como evoluciona la historia literaria. No citan casi nunca a autores muy antiguos. Con poca frecuencia citan a Homero, Sófocles, Shakespeare o a Cervantes. Pienso que los autores son sinceros, lo cual me lleva a una triste conclusión: Homero, Shakespeare, Cervantes, ya no inspiran a casi nadie. Así pues, la literatura no tiene una vida ilimitada. Uno escribe pensando en un largo tiempo, es decir uno o dos siglos. Si logramos escribir para tres o cuatro siglos, ya podremos considerarlo un gran éxito. Más allá del medio milenio se vuelve francamente difícil. Con excepción, tal vez, de los textos que cuentan con el apoyo de alguna religión, como la Biblia.
Me puse a buscar las influencias citadas con mayor frecuencia entre los autores franceses —a quienes conozco mejor y de los que formo parte— a los que se les hizo esa pregunta.
Se trata sobre todo de autores del siglo XIX y del XX. Muy rara vez se citan algunos del siglo XVIII (Diderot, Rousseau, Sade, a veces Sterne); pero a partir del siglo XVII no hay prácticamente ninguno.
Entre los autores del siglo XIX, se cita muy a menudo a Flaubert, Stendhal, Maupassant, Balzac. En el extranjero a Melville, Poe, Dostoievski, Chejov. Dentro del siglo XX, Proust y Céline son los nombres que más aparecen; en ocasiones Breton y Artaud; con menor frecuencia Albert Camus y Sartre. En el extranjero, Joyce, Kafka, Nabokov, Gombrowicz, Musil, Lawrence. Cada vez más a menudo se nombran a autores de novela policíaca: Simenon, Hammett, Chandler.
En general se trata de autores franceses y cada vez más de autores anglosajones; son más escasos los autores alemanes, los de Europa central y los rusos.
En lo que a mí respecta, siempre he respondido más o menos lo mismo: Baudelaire, Dostoievski, Balzac. Una respuesta totalmente permitida en términos culturales, pero que no dejaba de situarme, que me inscribía en cierta tendencia. Era absolutamente sincero: Baudelaire, Dostoievski, Balzac son los autores que me han causado la impresión más profunda.
Luego tuve una duda: es verdad que me apasioné por esos autores, y de hecho me siguen apasionando, pero ¿será verdad que me influyeron?
Baudelaire, quizá, pero la poesía es diferente: uno puede leer un poema más de diez veces, cientos de veces, muchas más de las que se lee una novela; así que quizá a fuerza de leerlo algo se me pegó. En cambio me parece muy dudoso, aunque sienta por ellos una gran admiración, que escriba como Dostoievski o como Balzac.
Además hay otra cosa que de repente llamó mi atención: a Baudelaire lo leí por primera vez a los catorce o quince años. A Dostoievski lo leí por primera vez a los dieciséis. También a Balzac, por cierto, pero en esa época no me gustó realmente.
Muchos años después, conocí a una lectora de quince años y me pidió que le diera algunos consejos de lectura dentro de la literatura clásica. Le sugerí dos títulos: Crimen y castigo, de Dostoievski, y Las ilusiones perdidas, de Balzac. Semanas más tarde, la volví a ver: le había encantado Crimen y castigo, pero no Las ilusiones perdidas. En el fondo no es tan sorprendente: hay algo intenso y febril en Dostoievski que corresponde bien a la adolescencia; para apreciar Las ilusiones perdidas hay que empezar por haber perdido un poco las nuestras.
Así, empecé a apreciar realmente a Balzac entre los veintidós y veintitrés años. Y mi último gran descubrimiento, el último gran shock, fue Schopenhauer, a los veintisiete.
Entonces Baudelaire a los quince, Dostoievski a los dieciséis, Balzac a los veintidós, Schopenhauer a los veintisiete: todo ocurrió cuando ya era relativamente viejo, puesto que sé leer desde que tenía tres años. No es nada excepcional: en Francia, los niños van a la guardería a partir de los dos años. Allí llevan a cabo diferentes actividades para despertar los sentidos: pueden dibujar, jugar y, si eso les atrae, pueden intentar leer. De cualquier forma, a los cinco años asisten a la escuela y ahí aprenden realmente a leer.
Lo que me dije de pronto es que quizá los libros que uno lee entre los cinco y los quince años tienen una influencia mayor que los libros que uno lee a partir de los quince, los libros de adolescencia que ya son libros de adultos.
Entonces intenté recordar, de lo que leía de niño, lo que me había marcado, y de golpe todo se volvió más difícil.
Voy a comenzar por dejar de lado lo que en mi propio caso me parece atípico. Quiero decir los libros que leí, pero que con seguridad no formaban parte de las lecturas típicas de un niño francés de mi generación. Primero fueron lasSelecciones del Reader’s Digest. Donde yo vivía, en la Yonne, había muchas cajas de Selecciones. Las leí; me acuerdo de la tapa y también de algunos juegos como “enriquezca su vocabulario”, de Maurice Rat; pero fuera de eso, no me acuerdo absolutamente de nada. Leí entonces decenas y decenas de relatos, de fragmentos de novelas, de los que no conservo absolutamente nada.
¿Por qué no me acuerdo de eso? Consideré diferentes hipótesis, y finalmente mi conclusión fue la siguiente: si no recuerdo esos fragmentos es sin lugar a dudas porque eran muy malos; y, en particular, el estilo debía ser deplorable.
Lo que me lleva a esa conclusión es otro caso, muy semejante. Junto a las cajas de Selecciones había otras con los clásicos del marxismo: libros de Marx, Engels, Lenin; incluso de Stalin. De ésos tampoco recuerdo mucho, aunque algo sí, por poco que sea.
Jean Cohen, para mí el mayor teórico de poesía, la caracterizó como digresión del lenguaje, una desviación respecto a las normas de la comunicación pragmática, útil.
Una de las desviaciones posibles es el absurdo, la no-pertinencia, que se encuentra en grupos de palabras como «hienas fascistas» o «víboras mencheviques». Otra desviación es el machacamiento, la repetición; términos como el «anarquismo pequeño burgués», «línea anti-partido» o «hitlero-trotskistas». Por supuesto que no comprendía nada de eso, pero fue seguramente en parte a través de las obras completas de Stalin que vislumbré los métodos de la poesía. No crean que estoy bromeando: la creación de sintagmas aberrantes y la repetición obsesiva forman parte de los métodos de la poesía. Existen puntos comunes entre el discurso de la propaganda y el discurso demente.
A decir verdad, mis lecturas atípicas (Selecciones y Stalin) representan cerca del 5% de mis lecturas de infancia. El resto, el 95%, casi todos los autores franceses podrán reconocerlo seguramente.
En esa época, la literatura francesa para niños estaba dominada de forma aplastante por dos colecciones: la Biblioteca Rosa, para niños de entre seis y diez años; y la Biblioteca Verde, para niños de entre diez y catorce años. Mis abuelos eran de naturaleza distraída, eso explica que haya leído parte de la Biblioteca Verde antes de cumplir los diez. Los volúmenes de la Biblioteca Rosa eran esencialmente series donde niños, o grupos de niños, protagonizaban aventuras. Estaba el Clan des Sept (Clan de los siete)Les Oui-Oui (Los sí-sí); para las niñas estaba Martine o Fantômette; pero la serie más famosa, la más distribuida, la que ganaba la unanimidad tanto en los niños como en las niñas, era el Club des Cinq (Club de los cinco), de Enid Blyton. Esta serie tuvo tanta o más importancia para los jóvenes de mi generación como la que tiene hoy Harry Potter.
El Club des Cinq estaba constituido por un perro, Dagobert, dos niños y dos niñas. Lo que hacían durante sus vacaciones era acorralar y confundir a las bandas de criminales que habían escapado a la vigilancia de la policía de los adultos. Se trata de una actividad algo extraña para unos niños, sobre todo porque los criminales eran con frecuencia peligrosos, por ejemplo narcotraficantes. De cualquier modo, se dedicaban a eso, y al final de cada libro entregaban a los criminales confundidos a la agradecida policía.
Cuando pienso en los personajes masculinos del Club des Cinq no dejo de sorprenderme. Porque había uno, François, que era la seriedad personificada: sacaba buenas notas, deseaba siempre mostrarse responsable y avisar a la policía, pues él pensaba que era demasiado peligroso actuar sin la ayuda de ésta. El otro, Mick, era un alumno follonero, hacía bromas, era un intrépido, un insumiso. Me parece impensable que algún lector del Club des Cinq se haya identificado con François; lo que resulta bastante extraño desde el punto de vista de la elaboración del cuadro de los personajes.
Es mucho más habitual que haya un personaje destinado a cierto tipo de lectores y otro, a lectores diferentes. Y es exactamente lo que ocurría con las dos protagonistas. Annie era muy femenina: tenía el pelo largo, era coqueta, no le gustaba ensuciarse, llevaba vestidos, a veces lloraba o tenía miedo: era algo miedica. Su hermana mayor, Claude, era un marimacho. Siempre de pantalones o bermudas, no lloraba nunca y resistía el dolor. De hecho se llamaba Claudine, pero le parecía demasiado femenino y se había cambiado el nombre a Claude.
Era muy obvio que Claude era la preferida de la autora respecto a Annie, así como lo era Mick respecto a François. Pero así como yo estaba de acuerdo con ella sobre Mick (sobre todo porque Mick era el diminutivo de Michel, mi propio nombre), no me gustaba la preferencia de la autora hacia Claude, demasiado evidente, y sentía una simpatía secreta por Annie.
Lo que el Club des Cinq reveló sobre mí, de manera precoz, fue cierta complacencia por la feminidad en las niñas, por más exasperante que pueda llegar a ser. Es prácticamente todo, pero ya es algo.
La Biblioteca Verde, en cambio, me dio muchísimo más. Las dos vedetes incontestables eran dos autores mayores de la literatura francesa, dos autores muy prolíficos que vivieron en el siglo XIX y que escribieron libros populares destinados a la juventud, pero que también podían leer los adultos: Alexandre Dumas y Jules Verne. Cuando pienso en mi reacción me parece muy significativa respecto al futuro, a aquél en el que acabé convirtiéndome, ya que nunca logré interesarme por Dumas. A algunos autores franceses les brillan los ojos cuando piensan en Los tres mosqueteros o en el Conde de Montecristo. A mí no, siempre me dejaron frío, mientras que devoré varias veces todos los libros de Verne. Cuando empezaba un Verne era muy difícil que dejara de leerlo, incluso a la hora de la comida, y eso que en general era un niño dócil.
He aquí una elección muy precoz, muy espontánea, que me parece sintomática: la literatura de anticipación más que la literatura histórica. En vez del pasado, el futuro. En la Biblioteca Verde estaban también los clásicos de la literatura mundial, aunque sean también libros para niños. Estaba Charles Dickens y Hans Christian Andersen. Y eso, seguramente, jugó un papel importante en mi vocación de escritor. Me acuerdo de la conmoción nerviosa que experimenté al leer La pequeña vendedora de cerillas: fue un deslumbramiento de tristeza y de belleza. Nunca más he vuelto a sentir una emoción estética tan intensa. Bien pensado, es realmente una locura hacer que un niño lea un libro tan atrozmente triste como Las grandes esperanzas, de Dickens. Oliver Twist, sí: hacer eso tiene algo de simple y de primario; y Las aventuras del señor Pickwick: cada aventura era para soltar carcajadas, aunque también casi siempre asoma en esas páginas una cierta amargura. En cambio, Las grandes esperanzas es un libro fantasmagórico, de una negrura alucinante.
Sin hablar de Graziella, de Lamartine, que aniquiló por completo mi porvenir erótico. Lo digo en serio: hay muy pocas posibilidades de que alguien que haya leído Graziella a los diez años tenga una vida amorosa equilibrada. La única ventaja que tendrá será que resistirá a las rubias. Bueno, de todas formas, en mis tiempos no existían aún las chicas estilo Madonna o Britney Spears, pero aunque hubiesen existido, no me habrían impresionado en lo más mínimo. En cambio las italianas... Ahí, claramente, el lector demasiado precoz de Graziella no tiene la menor posibilidad de salvarse. Así que todos estos clásicos de la literatura mundial estaban disponibles, accesibles, al niño que yo era.
Hubo otra cosa. También en ese caso encontré cajas de libros que en un principio probablemente habían pertenecido a mi madre, tal vez a su hermano, acaso a mi abuelo materno, y ahí realmente tuve mucha suerte, porque ese hallazgo me permitió tener desde muy joven lecturas absolutamente anormales respecto al medio social en el que fui educado (es decir, el de los proletarios puros y duros).
Había sobre todo una colección de libros pequeños con la tapa color verde bronce; exactamente el equivalente de la Biblioteca Verde, pero para las generaciones anteriores. Y la posibilidad de elección era aun mayor. Estaban Victor Hugo, Georges Sand, Alphonse Daudet (todavía me acuerdo de la horrible tristeza que experimenté al leer Le petit chose), Cinq-Mars de Alfred de Vigny. Había muchos títulos de Stevenson, mientras que en la época de la Biblioteca Verde ya se habían vuelto más prudentes y se limitaban a La isla del tesoro. Había incluso libros de Saint-Simon, cosa que a la distancia me parece muy sorprendente, pero no me cabe la menor duda: me acuerdo del volumen.
Descubrí también varias cajas de «pequeños clásicos». Estaban destinados a la enseñanza escolar, pero yo los descubrí fuera de todo contexto escolar, así que, para mí, no existía ninguna diferencia: eran simplemente libros.
Así, a los trece años ya había leído una gran parte del teatro de Corneille, de Molière y de Racine. Sin entender nada, según creo. Sin embargo, algo me queda de todo eso. Algunos críticos de poesía se sorprenden de que de vez en cuando me exprese en alejandrinos. Les sorprende el esfuerzo y el artificio. Pero para mí no se trata de ningún esfuerzo, y tampoco de ningún artificio. Algo debió ocurrir en mi cabeza de tanto leer esos alejandrinos de Racine o de Corneille (aunque, lo repito, seguramente no entendía el sentido); el ritmo se implantó sin ningún esfuerzo de mi parte y lo reproduzco ahora voluntariamente, de forma automática.
Además del teatro, estaban prácticamente todos los clásicos de la literatura francesa (Voltaire, Rousseau, La Bruyère, La Rochefoucauld. Montaigne, personas menos conocidas como Boileau, Malherbe, Féneleon, Fontenelle...) presentados bajo la forma de «fragmentos escogidos». Verdaderos tesoros, una riqueza absolutamente prodigiosa al alcance del niño que yo era, y sin la mediación de ningún maestro, sin ninguna explicación de texto. Todos esos clásicos, en toda su extrañeza.
No hace mucho intenté mirar lo que hoy está disponible, en Francia, en términos de literatura infantil, y confieso que me pareció en extremo preocupante, puesto que ya sólo hay autores recientes, contemporáneos. No digo que éstos sean malos; por ejemplo, Thierry Jonquet ha escrito algunos libros para la infancia y yo lo conozco como un muy buen autor de novela policíaca. Pero es simplemente imposible, absolutamente imposible, que los autores franceses contemporáneos sean tan buenos como los autores de la literatura mundial durante varios siglos. Y aunque fuera el caso, se perdería uno de los grandes encantos de la literatura novelesca: la capacidad de transportarse a voluntad hacia otros países, a otras épocas, a otros mundos.
Entonces, ¿por qué se presenta mucho menos a los clásicos de la literatura mundial en las colecciones para niños? Confieso que no tengo idea; la única explicación que me viene a la mente es que hoy en día, mucho más que hace unas décadas, existe la religión del texto integral. Se considera muy difícilmente, aún en el caso de una edición para niños, publicar un libro bajo la forma de fragmentos elegidos o de edición expurgada. Creo que es un error absolutamente dramático. Porque está claro que cuando yo era niño no leí todos esos clásicos en una edición integral. Antes que nada, supongo que cortaban las escenas demasiado violentas o demasiado sexuales. Pero sobre todo se acostumbraba reducir el texto; se cortaban las descripciones demasiado largas o los párrafos teóricos demasiado largos. Las personas que hacían eso, por ejemplo para la Biblioteca Verde, permanecieron en el anonimato; pero me gustaría rendir un homenaje a su talento. Porque en general lo hacían con mucha delicadeza y una gran sensibilidad artística. A veces, incluso, el texto resumido me parece superior al texto original. Por ejemplo en Victor Hugo: cuando leí Los miserables Nuestra Señora de Parísen edición integral me sentí más bien decepcionado; me dije que exageraba, que hubiera podido aligerar un poco su texto.
A Verne también le da por lanzarse a hacer el recuento de las velocidades máximas que alcanzan todos los animales de la creación y así durante tres páginas. Hay incluso un pasaje muy largo en Veinte mil leguas de viaje submarino en el que enumera todas las especies de peces que los personajes no podrán observar durante su viaje.
Creo —en fin, es mi convicción— que un muy buen libro en edición expurgada, incluso en donde los cortes estuviesen mal hechos, sigue siendo superior a un libro regular en edición integral. La gente se dice: los niños ya tendrán tiempo más tarde de leer libros muy buenos. No estoy de acuerdo: con ese tipo de cosas, más vale empezar pronto.
De forma más general, todo esto me llevó a pensar en mi infancia y me dije que había tenido una suerte extraordinaria. Imaginé la vida de un niño de esta época. Hijo o hija única en una gran capital europea, viviendo solo con sus padres o, en la mayoría de los casos, con su madre divorciada, y lo encontré más bien siniestro. Primero, él o ella es la única alegría en la vida de su madre, de modo que forzosamente estará consentido al punto de volverse insoportable. Después, una gran ciudad no está hecha para los niños, no se les puede dejar salir solos, es demasiado peligroso, así que se convierten prácticamente en prisioneros. La relación con los padres (o simplemente con la madre) está impregnada de una carga emotiva mucho más fuerte. Por supuesto no es lo que uno ve en las series de televisión francesas: ahí se ven unas especies de tribus alegres, familias reconstituidas. Pero en la realidad lo que existe más a menudo es una descomposición a la que no sigue ninguna reconstitución; una puerta condenada que, la mayoría de las veces, se vuelve asfixiante y atroz.
En mi caso, mis padres estaban divorciados, pero me educaron personas que sí venían de una familia numerosa, que a su vez habían tenido familias numerosas y estaban acostumbradas a vivir así, con toda la libertad que esto implica, porque en una familia numerosa no se sabe exactamente lo que están haciendo los hijos. Y también, fui educado en el campo. Así que los días en que no había escuela nunca se sabía dónde me encontraba. Podía estar en el desván leyendo o trabajando con herramientas, podía haber salido en bicicleta, solo o en banda, realmente no había ningún control. Mis únicas obligaciones eran negativas: llegar a tiempo a la comida, evitar las malas notas y, de forma más general, evitar el conflicto con la autoridad. Bien pensado, en realidad era fabulosamente libre.
Claro que no podía ir al cine, al museo, al teatro, no podía hacer karate ni cerámica, no tenía acceso a ninguna actividad para despertar los sentidos. Podía dispararle a unas botellas vacías con la carabina en un basurero público. Mi único contacto con el universo cultural durante mi infancia fueron los libros.
Y también los cómic, pero ésa es una historia distinta; nunca busqué en el cómic lo que buscaba en los libros; en realidad, siempre busqué mucho menos en ellos, siempre hice una distinción muy clara. Más tarde, durante la adolescencia, estuvieron los discos y también la televisión. Pero en esos años, los más esenciales y lo más misteriosos de la infancia, para mí, la naturaleza y los libros fueron lo primordial.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Visitantes

Datos personales